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El autor en una imagen del 11 de agosto. Foto: Especial

El 2017 fue año del cuento. La expectativa creada por el Premio García Márquez; el Premio Ribera del Duero concedido a Antonio Ortuño; el Premio al Mérito Editorial que otorga la FIL a Páginas de Espuma; el Premio Nobel a Kazuo Ishiguro, quien debutó en la literatura con un cuentario, Nocturnos (Anagrama, 2010), pero sobre todo la cantidad de libros de cuentos publicados son prueba irrefutable del buen momento por el que atraviesa el género.

Es innegable que se ha presentado un cambio. Por ejemplo, en el plano editorial, las transnacionales, que tenían al género desterrado, retomaron la publicación de libros de cuentos. Esto se produjo gracias al interés que mostraron las editoriales independientes como Sexto Piso y Almadía, por mencionar un par, que arroparon al género. Ante el éxito de algunos libros de cuentos, las editoriales comerciales se vieron impelidas a reconsiderar su política con respecto al género. Otra muestra del interés que despertó fue que las transnacionales comenzaron a fichar autores con un libro de cuentos, como es el caso de Luis Jorge Boone, que llegó a una transnacional con un volumen de cuentos,
Figuras humanas (Alfaguara, 2017), cuando antes era obligatorio presentar una novela si deseabas publicar en una editorial comercial.

En el ámbito literario, el fenómeno se puede observar en autores que comenzaron como novelistas y luego dieron el salto al cuento, cuando siempre ocurría a la inversa, como es el caso de Brenda Lozano, Cómo piensan las piedras (Alfaguara, 2017). O en escritores que ante el éxito avasallador como novelistas no olvidaron el género y regresaron a sus orígenes, como Emiliano Monge, La superficie más honda (Penguin Random House, 2017) y José Ovejero, Mundo extraño (Páginas de Espuma, 2017), ganadores del Poniatowska y el Alfaguara, respectivamente. Ocurría que una vez que el autor se consolidaba en el campo de la novela despreciaba el cuento.

La prueba más contundente del cambio es que el género ha conseguido sacudirse la mala fama que pesaba sobre él en cuanto a su impopularidad. Es decir: que no vende.

Escritores, editores, editoriales y lectores han coincidido en revalorizar el género. No hay duda de que se ha experimentado un renacimiento en la materia.

LA ERA OSCURA

Sería irresponsable declarar que  el cuento había sido desterrado del panorama. Durante los años que el mundo editorial le dio la espalda, el género continuó practicándose. Y su supervivencia en el terreno editorial se aseguró gracias al Estado. En cuanto a México. En España, la editorial Páginas de Espuma ha apostado por él desde hace veinte años. Tanto en el extranjero como en nuestro país el cuento se dedicó a resistir. Por supuesto que existían ediciones. La línea de Cuentos Completos de Alfaguara ha sido un referente. Con autores como Rubem Fonseca, Elena Garro, Dahl o Faulkner. Pero aunque la labor de esta colección es importantísima no daba reporte de lo que sucedía al momento.

Por otro lado, existían cuentistas comprometidos que continuaban su ejercicio a contracorriente. Guillermo Samperio, Eusebio Ruvalcaba, etcétera, quienes ante el desinterés de los grandes sellos recurrieron a otros para mantener vivo el cuento en las mesas de novedades y librerías.

Si existe un periodo en donde el cuento se desdibujó, sobre todo en parte de los años ochenta y noventa, se debió a que antes hubo una época de esplendor. Durante los setentas el género era bien visto en el medio. Las colecciones Serie del Volador y Nueva Narrativa Hispánica de la editorial Joaquín Mortíz se convirtieron en todo un referente. Libros como Inventando que sueño de José Agustín y La noche navegable de Juan Villoro hablaban de nuestro país como una tierra de cuentistas de vanguardia y experimentales, con una preocupación por revitalizar el género.

 

“En la década de los noventas era común, entre la gente que se dedicaba a la literatura, que las compilaciones de cuentos gozaran de una pésima reputación.”

 

El abandono editorial no fue rotundo. Existieron intentos en las dos décadas siguientes por no dejar morir el género. Pero fracasaron. Entonces las editoriales comprendieron que mientras tuvieran los cuentos completos de Julio Cortázar no se necesitaba nada más. Pero en el Estado las cosas operaron de distinta forma. Dentro de sus distintas colecciones publicaban títulos de autores emergentes. Los Cincuentas, serie de autores nacidos durante esa década, se consagró casi en su totalidad al cuento. Aparecieron antologías de narradores como Francisco Amparán y Emiliano Pérez Cruz, entre otros. Y en su Fondo Editorial Tierra Adentro se editaban volúmenes de cuento de escritores noveles. Y con los premios que año con año lanza, como el Comala, antes Torri.

 

LA PERNICIOSA INFLUENCIA LATINOAMERICANA

Uno de los motivos que también propició el estancamiento del género en México fue la poca circulación de libros de autores posteriores al boom. Mientras en Argentina los post-borgeanos ya habían trascendido lo canónico del boom, con libros de relatos como Matando enanos a garrotazos de Alberto Laiseca o Mis muertos punk de Fogwill, que daban la espalda al realismo mágico, en nuestro país los modelos narrativos a imitar estéticamente eran Cortázar, Fuentes y Onetti.

Lo mismo ocurrió con la genealogía gringa. La concepción del cuento de Poe no había podido trascenderse. Esto no era necesariamente negativo. Pero ya había autores que habían actualizado la estructura que planteara en La filosofía de la composición. John Cheever fue uno de ellos. Pero en México no circularon sus libros con fluidez hasta años después. Lo más modernista era Hemingway. Lo cual tampoco era reprobable como influencia. Sin embargo, el cuento ya había sufrido una experimentación con La pesca de la trucha en Norteamérica de Richard Brautigan. Una obra que tradujo Federico Campbell pero que tuvo poca repercusión en la formación de los cuentistas. La pesca de la trucha en Norteamérica era un volumen en el que el tema principal de todos los relatos era la pesca de trucha. Fue una de las obras más importantes en hacer hincapié en el sentido de unidad en un libro de relatos.

Pero lo que ocurría en tiempo real con el cuento gringo era un misterio. Faltarían años para que se presentara la renovación del género en el gabacho, con los autores que sucedieron a la Generación X o algunos que son contemporáneos pero no pertenecieron al movimiento. Con libros como La niña del pelo raro (Debolsillo, 2003) de David Foster Wallace, Jóvenes hombres lobo de Michael Chabon (Debolsillo, 2006), o con los autores de Generación quemada (Siruela, 2005), reunidos por editor italiano Marco Cancini en la antología del mismo nombre.

El cuento en México había terminado un ciclo. No tendía puentes con otras tradiciones. Su único alimento era el boom. Lo que fue degradándolo hasta que se consideró, si no un producto menor, sí prescindible.

 

UNA LENTA RECUPERACIÓN

Lo anterior produjo un efecto negativo. En la década de los noventas era común, entre la gente que se dedicaba a la literatura, que las compilaciones de cuentos gozaran de una pésima reputación. Incluso se presumía que tal o cual título tenía un buen texto y los demás eran de relleno. Se concebía el volumen con la conciencia de que el libro como una totalidad no importaba.

Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, refiere que su sello no está interesado en publicar libros con cuentos sino libros de cuentos. Concebidos como tales, proyectados y con un cuentista detrás. Para Casamayor el libro de cuentos es un objeto que debe ser valorado en su totalidad. Que se divide en distintos momentos, va en varias direcciones, pero que debe tener un orden y un equilibrio. Algo que los una aunque sea invisible. Puede ser un tema o estilo, pero que haga que las historias convivan.

Esta manera de observar al género se perdió en México durante el tiempo en que el cuento estuvo arrumbado. Sin embargo, se presentó un texto que no sólo recuperaba esta visión e iba más allá, además de respetar el género a cabalidad. El Gran Preténder (Tierra Adentro, 1992) de Luis Humberto Crosthwithe obedecía a las leyes enunciadas por Casamayor. A menudo considerado como novela, se trata de un libro de cuentos dividido en tres historias. Uno que se aleja del modelo cuentístico gringo y latinoamericano y comienza a introducir una nueva manera de narrar en nuestro país. De ahí que sea el libro sea etiquetado como novela. Crosthwhite es uno de los primeros que empieza a cabalgar entre géneros. Pero El Gran Preténder crea ese efecto al que alude Casamayor. Plantear un universo. Esa convivencia entre las historias era algo que no se advertía en nuestras letras desde hacía tiempo.

 

“A la forma tradicional heredada de Poe la partieron en dos. Borges la llevó hacia el relato en ‘El Inmortal’ y Cortázar hacia la novela corta en ‘El Perseguidor’. Lo que supuso una libertad inédita para el género.”

 

En 1998 se produjo un acontecimiento que sería beneficioso para el género. La publicación en Tierra Adentro de Gente del mundo de Alberto Chimal. Desde que incursionó en la literatura, Chimal se convirtió en incansable promotor del cuento. Amén de practicante. Sostiene un sitio web, Las historias, dedicado al género. Además de ser su publicista número uno, Chimal se ha dedicado con devoción a mantener el género en activo a través de talleres tanto en la Ciudad de México como en el interior de la República. Su aportación como alentador es incalculable. Gracias a su insistencia el género ha podido recobrarse con mayor rapidez del bache que atravesó en el pasado.

Como escritor, Chimal ha cultivado el género por más de dos décadas. Y lo ha ensayado desde distintos modelos, hasta incursionar en la microhistoria. Pero a pesar de su amor por el género, como autor es multitask. Novelista, ensayista, articulista. Es una máquina imparable al servicio de la literatura. Cuando el género estuvo moribundo, Chimal fue uno de los que no dejó de aplicarle el desfibrilador. Es el responsable de que haya resucitado. Como mencioné, no es que el cuento estuviera en una tumba, pero comparándolo con su situación actual es evidente que regresó del mundo de los muertos.

    

LOS TEÓRICOS DEL GÉNERO

Desde Poe, los cuentistas comprometidos se han sentido en la obligación de arrojar una teoría que explique los mecanismos que atañen al género. La filosofía de la composición es la primera tentativa. Los grandes maestros replicaron este ejercicio, Chéjov, Quiroga. Sin embargo, conforme esta práctica ganó prestigio en los circuitos académicos, muchos escritores desarrollaron su teoría gratuitamente.

Dos de los cuentistas más sobrevalorados de los últimos años, Ricardo Piglia y Roberto Bolaño, francamente pésimos, no tardaron en manifestarse en este campo. Para mala fortuna de ellos, lo que decretan en sus credos está ausente en sus volúmenes de cuento. Más que una reflexión es un acto de arrogancia, por parte de ambos. En un momento en que el cuento no urgía de una revalorización académica, manifestaron su punto de vista como una manera de maquillar sus deficiencias como cuentistas. Un efecto que han replicado los malos cuentistas hasta nuestros días. Cómo saber qué autor es un pésimo cuentista. Sencillo, es aquel que se desvive por demostrar lo contrario.

Si existe un verdadero revolucionario en cuanto a una concepción teórica del cuento moderno es Rodrigo Fresán. Pero su teoría está contenida dentro de los cuentos mismos. En las historias de La velocidad de las cosas (Mondadori, 1998) Fresán escenifica sus ideas sobre el género en el interior de las tramas. Y va más allá. Se burla de los teóricos. El cuento “Apuntes de una teoría del cuento” habla de esa hiper conciencia que tiene el cuentista de sí mismo como animal creativo. Antes de Fresán, los dinamitadores más radicales del género habían sido Borges y Cortázar. A la forma tradicional heredada de Poe la partieron en dos. Borges la llevó hacia el relato en “El Inmortal” y Cortázar hacia la novela corta en “El Perseguidor”. Lo que supuso una libertad inédita para el género. La estructura planteada por Poe, planteamiento-clímax-desenlace ya no era el único método para contar un cuento. Fresán abreva de ambos. En Historia argentina tiene historias que apelan a la redondez del relato propuesta por Borges y en La velocidad de las cosas las que apelan a la novela corta. 

Con Borges, Cortázar y Fresán quedó claro que un cuento no podría determinarse por su extensión. Fresán tiene cuentos de sesenta páginas.

La velocidad de las cosas es el mejor libro del género en los últimos cincuenta años.

 

EL SENTIDO DE UNIDAD

El sentido de unidad conseguido por La velocidad de las cosas tiene un precedente, Vidas de santos del mismo Fresán. Pero como producto literario, La velocidad de las cosas está a años luz. Cómo concibió Fresán que debería escribir libros de cuentos con unidad temática es un misterio para mí, puesto que nunca he tenido oportunidad de preguntárselo. Podemos intuir que leyó La pesca de truchas en Norteamérica. Sin embargo, esa voluntad por el libro de cuentos como un todo, se replicó en México tres años después. Y qué propició esto es una incógnita aún más incontestable. Que autores en distintos continentes coincidieran en esta manera de abordar el género. 

Broadway Express (Cal y arena, 2011) de Iván Ríos Gascón es uno de los libros, desde El Gran Preténder, que han conseguido consolidar el sentido de unidad con gran fortuna en la narrativa mexicana del siglo XXI. Y además puso de relieve un discurso sobre el cual hacía tiempo no se reflexionaba. La extensión de los libros de cuentos. Es algo que está en Fresán, La velocidad de las cosas tiene quinientas páginas. Pero en México los volúmenes de cuentos tienden a no rebasar las ciento cincuenta páginas. Broadway Express tiene 279. Por supuesto el número de páginas no determina la calidad. Pero Broadway Express comenzó a socavar ese tabú que existía sobre la extensión del libro de cuentos. Un libro del género con más de doscientas páginas ya no resulta antiestético.       

 

LA RENOVACIÓN EN CURSO

Durante la primera década del 2000 la renovación del género se puso en marcha, principalmente, como ya se mencionó, por el riesgo que se atrevieron a correr las editoriales independientes. Y porque el género tenía una cuenta pendiente con el mundo editorial comercial. Así como la crónica tuvo su auge, las transnacionales se dieron cuenta de que también podrían vender libros de cuentos. 

En México los que abonaron a este despertar fueron los escritores nacidos en los setentas. Que más que derecho de piso para luego saltar a la novela, nacieron con la vocación de cuentistas. Autores como Antonio Ramos o Alberto Chimal, por mencionar a dos, y la publicación de libros como Lontananza de David Toscana le inyectaron vitalidad al género. Las generaciones previas practicaron el cuento, en algunos casos con mucho éxito, pero fueron los nacidos en los setentas los que no se conformaron con libros con cuentos de relleno y comenzaron a meditar sobre los alcances que el género proponía.

Pero en algo parecen estar de acuerdo las generaciones de nacidos en los cincuenta, sesenta y setenta, una de las grandes obras de la literatura mexicana es un libro de cuentos, El llano en llamas. México es una tierra de cuentistas. Y era cuestión de tiempo para que el género fuera retomado con la seriedad que amerita. Y esta seriedad no tiene nada que ver con otra cosa sino con su práctica y su constante avance y transformación, la exploración del género. 

En el plano netamente escritural abundan ejemplos de la transformación en curso. Desde Jesús Gardea los autores no se asumían como cuentistas con tanta convicción. Pero lo mejor que le ha ocurrido al género es que ha conseguido reposicionarse en el gusto del lector. Ya existe un público que busca específicamente libros de cuentos y relatos. La creación de un mercado no es determinante para la sobrevivencia del género pero sí habla de la diversidad de la que se compone nuestra literatura.

 

EL DESTACAMENTO FEMENINO

El cuento siempre ha tenido en las mujeres una de sus fortalezas. En México existe una sólida tradición de mujeres cuentistas. Elena Garro, Amparo Dávila, Beatriz Espejo, por mencionar algunas, son ejemplo de cómo las mujeres han profundizado en el género. Y en Estados Unidos también existen figuras que lo han realzado, como Carson McCullers, cuyo centenario ha vuelto a poner su obra en circulación, entre la que destaca La balada del café triste (Seix Barral, 2017), un libro que es ya un clásico, con portentos como “Wunderkind”. O la recién descubierta Lucia Berlin, cuyo Manual para las mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) cosechó un éxito de público y de crítica instantáneo y la reveló como el secreto mejor guardado de la narrativa gringa de este milenio. 

 

“Manual para las mujeres de la limpieza cosechó un éxito de público y de crítica instantáneo y reveló a lucia Berlincomo el secreto mejor guardado de la narrativa gringa de este milenio.”

 

En este segundo aire, o tercero o cuarto, que acontece en el cuento se ha desatado una avalancha de mujeres cuentistas en México y el continente. Brenda Lozano cuyo libro mencioné anteriormente, Paulina Flores, Qué vergüenza (Seix Barral, 2017), Guadalupe Nettel, El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, 2013), Samanta Schweblin, Pájaros en la boca (Almadía, 2010), Alejandra Costamanga, Imposible salir de la tierra (Almadía, 2017), Legna Rodríguez, Mi novia preferida fue un bulldog francés (Alfaguara, 2017), Sara Mesa, Mala letra (Anagrama, 2016), Mariana Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), Liliana Colanzi, Nuestro mundo muerto (Almadía, 2017), Claudina Domingo, Las enemigas (Sexto Piso, 2017), Gabriela Torres, Enfermario (Tierra Adentro, 2010), Romina Reyes, Reinos (Montacerdos, 2014), son algunas de las que se han puesto al servicio del género y con gran calidad, además. En generaciones anteriores la mayoría de los autores tenían desconocimiento unos de otros. Es decir, Vargas Llosa y Fuentes se carteaban, pero fuera de los escritores de primera línea lo que ocurría debajo no trascendía o no salía del país. Hoy, con la aportación de internet, conocen en tiempo real lo que está ocurriendo en distintos países. Esto conforma un bloque, no es que ellas sean un grupo o una generación, pero son un conjunto de cuentistas que se acompañan y tienen noticia y se leen entre sí. Lo cual otorga un panorama comprobable, no sólo la idea de qué es lo que se escribe en la actualidad.

 

UN NUEVO DIAGNÓSTICO

Sería demasiado entusiasta afirmar que el género está del otro lado. Alejandro Morellón, El estado natural de las cosas (Caballo de Troya, 2017), ganador del Premio García Márquez de este año, dotado con cien mil dólares, declaró lo complicado que había sido publicar su libro. Los volúmenes de cuentos no abren las puertas como una novela. Pero el criterio editorial de los grandes sellos se ha modificado. Esto no es determinante para la sobrevivencia, pero es un hecho positivo que cada vez haya más títulos del género en las mesas de novedades. 

En su teoría, Hemingway afirmaba que el cuento era como un iceberg. Que debía contar dos historias. Una visible y otras subterránea. Cortázar equiparaba al cuento con el nocaut del box. Para mí el cuento es como un penalti. Sólo tienes una oportunidad. Y no lo puedes fallar. El penalti se puede meter de diversas formas. De rabona, al ángulo o al centro. Pero todas las formas deben atender al final sorpresivo. Lo que hace al cuento único. Y cuyo nivel de exigencia es un reto.

Existen relatos redondeados impecablemente. Pero nunca serán superiores a un cuento escrito bajo las leyes de Chéjov o Poe. El cuentista debe ser un orfebre. No es lo mismo escribir un relato que meterse en el programa de estructurar un cuento. En crear un tejido semántico que domine el modelo planteamiento-nudo-desenlace y final sorpresivo. El cuentista no debe ser perezoso, su deber es perfeccionar la técnica, dominar la forma.

Algunos narradores se han manifestado en contra de este corsé. Pero hay una diferencia entre el relato y el cuento. Y quien pise los terrenos del cuento debe respetar las leyes como un futbolista atiende a las reglas en la cancha. A menos, claro, que metas un gol con la mano, pero eso sólo lo ha podido hacer Borges.

 

 

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