La llegada de Denis Villeneuve

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El encuentro entre dos mundos implica siempre una serie de incógnitas pero sin duda la más elemental es: cómo comunicarse. Usualmente tras la sorpresa del descubrimiento viene el temor a las intenciones del extraño, del aparecido, del recién llegado; así como la proyección de los miedos e inseguridades, y obviamente, la ambición de los bienes y conocimientos del otro.

Buena parte de la ciencia ficción trata acerca de las relaciones entre mundos distintos: guerras planetarias o bien esfuerzos de buena voluntad entre extraños. Sin embargo, pocas veces alguien se ha enfocado con tanta inteligencia y detalle al problema de la comunicación como el escritor estadounidense Ted Chiang en su espectacular relato “La historia de tu vida (The Story of Your Life). La llegada, séptimo largometraje del director canadiense Denis Villeneuve (Incendies, Prisioneros y Sicario entre otras) es una magistral adaptación de ese cuento que tiene un formato epistolar y arranca con la carta que escribe una madre, Louise Banks (Amy Adams) a su hija Hannah.

Banks, quien es una profesora de lingüística comparativa, describe las alegrías y tristezas de la maternidad en una serie de flashbacks (o flashforwards) que culminan de manera devastadora y la presentan como una persona solitaria, ensimismada y melancólica que un día al entrar a su salón de clases en la universidad, lo encuentra semivacío. Debido a su indiferencia por lo que sucede a su alrededor no sabe que doce naves espaciales han llegado a la Tierra y flotan de manera inquietante en varios países, un poco al estilo del monolito de 2001 Odisea del espacio (Kubrick, 1968). Las naves parecerían gigantescos guijarros cóncavos de río, sin ventanas ni tecnología visible, ni armas ni luces ni detalles.

Los encuentros cercanos se han tratado en el cine en numerosas ocasiones, por lo menos desde The Day the Earth Stood Still (Robert Wise) y Man From Planet X (Scott Derrickson), ambas de 1951, uno de los momentos más álgidos de la Guerra Fría, hasta la fallida y ambiciosa Interstellar (Christopher Nolan, 2014), pero quizá nunca antes habíamos visto una reflexión tan vital sobre cómo confrontaríamos con nuestro modo de percepción secuencial a una civilización con una conciencia simultánea. Los motivos de los visitantes, heptópodos que parecen pulpos elefantinos con siete diestras extremidades que terminan en una estrella de siete extensiones dactilares, con las que pueden escribir al disparar tinta, no son nada claros. Al contrario de los temores gubernamentales, los visitantes no parecen tener intenciones bélicas pero tampoco parecen ser comerciantes ni aventureros ni misioneros ni cazadores interplanetarios.

Banks es contactada por el coronel Weber (Forest Whitaker) para tratar de descifrar la grabación de las voces de los extraterrestres. La profesora logra convencerlo de que su presencia es indispensable para descifrar su lenguaje y es integrada a un equipo de científicos al que pertenece el físico Ian Donnelly (Jeremy Renner). Villeneuve y su guionista Eric Heisserer enriquecen la trama de Chiang al añadir una tensión política, dramática y conspiratoria alrededor de los esfuerzos lingüísticos de Banks, en particular tras la mención de la palabra arma, por parte de los heptápodos. Asimismo, eliminan las brillantes reflexiones científicas de Donnelly y las aún más reveladoras conclusiones que Banks obtiene de ellas. En el relato, dado que los heptápodos no emplean un razonamiento científico que dependa de acciones y reacciones, sino de principios variacionales (ejemplificados por el Principio de Fermat), Banks confirma que no tienen una percepción secuencial del mundo. Como esto es omitido en el filme, se emplea una narración en off que describe cómo se va descifrando el complejo lenguaje de los visitantes y su poder. La inclusión del vértigo de un atentado y una posible guerra planetaria parecen distracciones forzadas en una historia elegante y extraña, sin embargo Villeneuve las utiliza con inteligencia e incluso discreción para no robar importancia a la historia e imprimir un ritmo impetuoso a la mitad de la película. Uno de los principales aciertos del filme es la manera en que experimentamos la llegada y la relación con los heptápodos a través de los ojos y expresiones de Banks, quien es interpretada con dolor, fortaleza e ingenio por una actriz de un talento extraordinario como Adams.

La revelación de Banks tiene lugar al expresarse por escrito con los visitantes y hacerlos “escribir” a su vez. Así descubre que los heptápodos tienen un sistema de comunicación semasiográfico, en el cual el significado es transmitido por signos (dibujos circulares con numerosos trazos que funcionan como frases y parecen manchas de una taza de café), que no es una representación del lenguaje hablado, es decir que no es glotográfico. Esto es importante ya que al aprender heptápodo escrito, Louise comienza a pensar como ellos y de esa manera comienza a ver el futuro.

Las imágenes del cinematógrafo Bradford Young, icónicas, con pocos efectos especiales y mucho énfasis en cielos, nubes y paisajes espectaculares, así como la música de Jóhann Jóhannsson, que se vale de coros en un lenguaje sin significado, sonidos sintetizados espectrales y una combinación de estructuras clásicas y vanguardistas, son de una belleza austera y melancólica digna del mejor Terrence Malick. Pero independientemente de su buen ojo, Villeneuve es un extraordinario contador de historias que sabe dosificar la información al minimizarla. El filme comienza cuando Banks dice en off, mientras juega con Hannah recién nacida: “Yo solía pensar que este era el comienzo de tu historia…” A partir de ahí se construye un relato circular que llega a su verdadero principio hacia el final, aunque el orden de los acontecimientos pierda importancia. Al poder ver el futuro, Banks no se convierte en un superhéroe sino que encarna un dilema humano irresoluble:
“¿si pudieras ver de antemano el desarrollo de toda tu vida cambiarías algo?” Chiang y Villeneuve hacen que Louise se pregunte si conocer el futuro vuelve irrelevante el libre albedrío y esto se pone en evidencia cuando ella elige tener a Hannah (cuyo nombre es un palíndromo en honor a la simetría radial y existencial de los heptápodos) a pesar de las inevitables consecuencias. La llegada puede parecer confusa, redundante y por momentos complaciente con los cánones de Hollywood, sin embargo

es una obra intensamente emocional, de una inteligencia deslumbrante
y de una belleza asombrosa, pero sobre todo se trata de gran cinematografía que va más allá de géneros y convenciones para reflexionar al respecto de lo que nos hace humanos.

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