La masacre de Orlando y nosotros

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La madrugada del domingo 12 de junio de 2016 tuvo lugar uno de las peores asesinatos colectivos cometido con arma de fuego en la historia de Estados Unidos. Es un día que no debe olvidarse. Un día en que un hombre, presuntamente indignado por la visión de dos hombres besándose, exterminó a 50 personas en un club gay de Orlando, Florida. El asesino, Omar Mateen, un varón de 29 años de ascendencia afgana, a lo largo de tres horas, asesinó a parejas, padres e hijos que habían acudido al bar Pulse a divertirse.

Las víctimas, en su mayoría jóvenes, disfrutaban de una salida sabatina normal. Fueron masacrados a sangre fría en razón de su sexualidad. Quizás uno de los aspectos más dolorosos de la tragedia es que tuvo lugar en un espacio donde los asistentes se sentían seguros, sin temor a la censura social. El ataque hace recordar que, ante los ojos de muchos, los integrantes de la comunidad LGBTI son ciudadanos de segunda clase. Los hechos en Orlando no son los primeros actos de violencia cometidos en lugares de reunión de este colectivo. En agosto de 2009, en Tel Aviv, un desconocido ingresó armado a la sede de un centro social de la comunidad LGBTI. Abrió fuego en contra de una reunión de jóvenes, asesinando a dos personas e hiriendo a 15 más. El año pasado, un fundamentalista apuñaló de muerte a una joven durante la marcha del orgullo gay en Jerusalén. Según la investigación en curso, la homofobia de Omar Mateen pudo tener su origen en sus propios deseos homosexuales. Esto significa que, a pesar de los avances que en términos del reconocimiento a la diversidad sexual se han dado en Estados Unidos, la sociedad en la que se desarrolló el asesino le enseñó a odiar sus propios deseos. Es probable que la masacre fuera una expresión externalizada del odio que sentía por sí mismo, al constatar su deseo por otros hombres.

¿Pueden estos actos de odio convertirse en algo positivo? Creo que sí. Podemos empezar por considerar que los derechos del colectivo de la diversidad sexual deben pensarse con un “antes” y un “después” de Orlando.
Lo que sucedió en el bar Pulse hace patente que la homofobia existe, que es una discriminación expresada cotidianamente y que, llevada a sus últimas consecuencias, significa la muerte de personas. Tengamos en mente que en la actualidad existen 73 países que criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo y, en diez de ellos, la sanción por expresar sus deseos es la pena de muerte.

Espero que las víctimas de Orlando, latinos en su mayoría y, entre ellos, un par de mexicanos, esté presente durante el debate legislativo de la iniciativa presidencial sobre matrimonio igualitario. También espero que en el próximo partido de la selección mexicana, la afición, en lugar de expresar su deseo de victoria gritando “puto”, recuerde que la homofobia mata.

mauricio.ibarra@razon.com.mx
Twitter:
@mauiibarra

Mauricio Ibarra

Mauricio Ibarra

Abogado (UAM) y maestro en Economía y Política Internacional (CIDE).
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