El rock es una religión de neón. Y milagrosamente, el once de octubre incitó a la rebelión. En un acto de desobediencia, la Universidad Iberoamericana de Puebla celebró el Día de la Comunidad con una misa musical, pero en vez del coro de la iglesia tocaron las canciones del grupo británico de pop rock Coldplay. Días antes lanzaron la invitación en las redes, un cartel musical con un mandala muy nice. Entonces, la Arquidiócesis de Puebla puso el grito en el cielo y de inmediato desaprobó la ceremonia. Se armó la de Dios es Cristo, la música era la manzana de la discordia y, al final, la Ibero hizo su misa pop.

Prácticamente todas las religiones del mundo son musicales, porque la oración, el canto y la música son el lenguaje espiritual que los mortales creamos para comunicarnos con los dioses y los muertos. Resulta que las canciones de Coldplay elegidas, “A Head Full of Dreams”, “Fix You”, “Every Teardrop Is a Waterfall”, “Up and Up” y “Viva la Vida”, tienen el perfil relimocho e incluso referencias cristianas textuales en sus letras. Sin embargo, la Agencia Católica de Informaciones emitió un comunicado de rechazo que por lo visto a la Ibero le valió corneta con toda la orquesta y de paso le dedicaron unos bellísimos violines a la Arqui.

La música era la manzana de la discordia y, al final, la Ibero hizo su misa pop.

El episodio me recordó al Padre López en los ochenta. Permitió las tocadas en el sótano de la Parroquia de San Felipe de Jesús, en el corazón de Ciudad Satélite, si la mitad de la taquilla era para la construcción del templo. El sábado en la noche llegabas a la iglesia de Circuito Economistas y arriba, cerca del cielo, se hacían las bodas; abajo, cerca del infierno, se armaban las tocadas. Al Padre Lopitoz no le importaba que los muchachos tocaran a Black Sabbath y AC/DC mientras se tomaban sus cervecitas, porque todo era parte de un plan superior: La Misión, construir una iglesia, ladrillo por ladrillo y alma por alma. Eso incluía atraer al rebaño a las ovejas desbalagadas. Lopitoz estaba dispuesto a descender al infierno rockero a por ellas. Es algo que el rector de la Ibero Puebla, Fernando Fernández Font, tiene claro: “Hacemos algo o nuestras iglesias se quedarán vacías”.

Parece que soy seminarista con los jesuitas y que voy tocando con mi guitarra las canciones de Coldplay. Debo confesar que nunca les había puesto atención, salvo por aquel mega hit de “Clocks” que tocan hasta en la marimba de la esquina. Llama la atención que en esta fábula bíblica-musical, las ovejas negras mandaron a la chingada al pastor, un cavernario intransigente de triple moral que, diría mi abuelita, sólo espanta al divino tesoro. Rockearon al Señor con pop buena ondita y argumentos a favor de su causa. Moraleja: la música nunca le ha hecho daño a nadie; las religiones como la católica, sí. Sobre todo a sí misma.

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