La muerte en vida

QUEBRADERO

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Del no nos vayamos a acostumbrar a ver y vivir con la muerte violenta como forma de vida, hemos pasado a verla en nuestra cotidianidad. No sólo es lo que vemos; también es la actitud que asumimos ante nuestro entorno.

La pregunta colectiva sigue vigente: ¿qué más tendría que pasar para que como sociedad tuviéramos una sacudida brutal para cambiar nuestra actitud?

Si bien la vida es muerte y la muerte es parte de la vida, lo que como país hemos enfrentado, al menos durante los últimos 10 años, nos ha cambiado el esquema de ver las cosas.

La preocupante agudización de la muerte violenta, no soslayamos que de siempre ha estado presente, ha cambiado en algún sentido nuestras miradas por la vida misma. Empezamos a ver lo anormal como “normal” en nuestras vidas.

Se nos van pasando de largo hechos que, bajo cualquier escenario, deberían romper los equilibrios en una sociedad. Vamos viendo nuestras vidas como un todo en el que ya se incluye a la violencia.

Han cambiado nuestros hábitos y formas de vida. Hemos entrado en una etapa en la que lo importante es saber actuar para defenderse y para ello hemos cambiado la forma en que hacíamos las cosas.

No es sólo el hecho de que enfrentemos a la gran delincuencia —léase narcotraficantes, bandas de secuestradores, huachicoleros—, sino también el robo en nuestras casas, en el transporte público; el que un automovilista que está esperando la luz verde del semáforo sea, en pocos minutos, asaltado.

Lo más grave de lo que vivimos es que no necesariamente es la delincuencia organizada la que provoca nuestros grandes temores, intranquilidad e inseguridad. La violencia en la que estamos pasa por nuestra cotidianidad; está en la esquina de donde vivimos o en nuestros propios hogares.

Buena parte de lo nos pasa se remite a tres variables que son piezas centrales en el desgaste brutal de país en que estamos desde hace muchos años: corrupción, impunidad y educación.

La muerte ha dejado de estar entre nosotros como parte del proceso de la vida, para convertirse en la pérdida del sentido y principios de la vida misma. Lo que importa es atacar la vida de los demás, sin importar el costo de ello, lo que incluye la eventual pérdida de la vida de los perpetradores de la violencia.

¿Podemos, como sociedad, ver pasar de largo la desaparición de 43 estudiantes; el ataque por Fuerzas Armadas a un grupo de delincuentes que ya se habían rendido?

¿Es “normal” que un grupo de sicarios vestidos de charros entren con sus motocicletas a Garibaldi y, sin ton ni son, disparen en contra de quien, se presume son sus “enemigos”?

Como estos hechos, bien sabemos hay muchos; cada uno de nosotros probablemente tengamos una historia que contar. No sólo están quienes son asaltados o asesinados, también tenemos una gravísima afrenta que nos rebasa: los desaparecidos y las innumerables fosas clandestinas.

Por si fuera poco, la semana pasada un grupo de ciudadanos de una pequeña población de Jalisco detectó un olor fétido. No sabían a qué se debía; pensaron, nos decía una señora del lugar, que era algo que podía estar pasando en el propio pueblo.

Al ver un tráiler estacionado en un terreno cercano a sus viviendas, se dieron cuenta de que era de ese lugar desde dónde venía un olor “inaguantable”; el tráiler contenía cadáveres en descomposición. Lo que se ha venido después ha sido cercano a lo kafkiano.

Un médico forense renunciado, con una hija secuestrada desde junio, y una larga fila de personas tratando de saber si alguno de sus parientes o amigos estaba en el tráiler.

Citaba ayer, en un imprescindible artículo sobre la muerte en El Universal, el gran Arnoldo Krauz a Francesco Petrarca: “Una muerte bella honra toda una vida”.

RESQUICIOS.

“Fuimos el Festival de Oposición con el viejo Auditorio lleno de gente, los poemas en volantes y muros, fuimos “la vida te empuja como un aullido interminable”, Tomado del Verso que aún no acabo. Cincuentenario 1968. Mariángeles Comesaña.

Javier Solórzano Zinser
Javier Solórzano Zinser

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