• Tamaño de fuente: A  A  A  A  
Foto: Especial

A Demián Flores

Traiciona su naturaleza al permanecer enfundado el puñal. Quién se atreve, quién camina al filo de la navaja sin cortar su paso funambulesco, sin caer dividido en dos. Victimizada la cebolla, cuchillo en mano, lloramos con ella. El cuchillo hiere por partida doble. Lastima al que con su mano blande y al cuerpo en que se hunde. El cuchillo es príncipe en el circo de la sangre.

Varias parejas bailan en una fiesta de pueblo. Es un galerón sin paredes. Atiborrada la pista de baile, Antonio Cristóbal lleva cadenciosamente a Emilia Rojas. En esta escena, donde sólo puede verse que se aman, tintinea invisible el filo de una daga. Si fuese una toma frontal e indiscreta, se le vería reposando, asesina; apuntando al sexo de Antonio. Se abre la toma y sólo podemos ver que Emilia y Antonio se aman.

Emilia viste una blusa color rosa que brilla como la plata; como si fuesen carrilleras, atravesando pecho y espalda, un rebozo rojo le enmarca el plexo solar. Al centro de la pista de baile, Julián todavía recuerda cómo, esa misma mañana, tomó por la fuerza a la Juana, tiernita chamaca que aún no sabía de hombre. La ira de don Tomás, su padre, se hizo muda, y fue en silencio esa misma tarde, con un fajo de billetes en la mano, estoicamente, a casa de Emilia Rojas y Antonio Cristóbal. Depositando el fajo de billetes en la mano de Antonio, sólo se rompió el silencio cuando musitó tres palabras ¡Mátalo, Toño, mátalo! A esas alturas ya se sabía quién era el agraviante y la agraviada.

 

“En un baile de pueblo, donde nunca hay nada, la música suena a gloria y los cuerpos se desbaratan. Se repegan y arrejuntan. Todos con todas, todas con todos. Se rompen geografías.”

 

En la pista de baile todo es alharaca. El grupo musical desafina una chunchaca. Julián, embriagado por el placer prohibido, baila embelesado con su prometida, recuerda aún el llanto de Juana y de su lucha inútil ante su saliva y su sexo y sus ganas. Ella se llama Ana. En esta escena sólo parece que se aman. En un baile de pueblo, donde nunca hay nada, la música suena a gloria y los cuerpos se desbaratan. Se repegan y arrejuntan. Todos con todas, todas con todos. Se rompen geografías. Y el sudor se hace un río que se esparce a cada golpe de cadera. No hay fronteras en el mapa. Así se acerca Antonio Cristóbal a Julián, que en esta toma besa a Ana. Saca con su mano derecha la daga cuyo filo —en la escena anterior— apuntaba hacia su sexo, y de un golpe se la incrusta a Julián, sin piedad, por el lado izquierdo de la espalda. La hoja se abre paso hacia el corazón.

En la confusión de los cuerpos que se contonean, nadie se da cuenta cuando la mano de Emilia lleva la mano hasta su rebozo rojo. Close up. La mano de Emilia lleva la daga. Se abre la toma y la confusión. Cae el cuerpo de Julián; Emilia y Toño bailan. En esta escena sólo puede verse que se aman. Gritos.

Traiciona su naturaleza al permanecer enfundado el puñal. Quién se atreve, quién camina al filo de la navaja sin cortar su paso funambulesco, sin caer dividido en dos. Victimizada la cebolla, cuchillo en mano, lloramos con ella. El cuchillo hiere por partida doble. Lastima al que con su mano blande y al cuerpo en que se hunde. El cuchillo es príncipe en el circo de la sangre.

Latest posts by Mardonio Carballo (see all)

Compartir