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Sergio Pitol. Foto: Especial

Hace cerca de dos años fui a Jalapa con Mario Bellatin a visitar a Sergio Pitol. Fue la última vez que lo vimos. Escribo este texto mientras oigo un magnífico Magnificat de Vivaldi, cantado por una extraordinaria soprano y lo dedico con gran emoción y tristeza a mi queridísimo amigo.

Cuando llegamos estaba sentado en un sillón de la enorme sala de su bella casa, con el enorme escritorio antiguo que había comprado en la Unión Soviética durante sus años de diplomático allí, en el techo una también hermosa y enorme lámpara art nouveau y en los libreros sus libros preferidos y objetos de arte, entre los que destacaba, por lo menos para mí, una porcelana que representaba una cacatúa blanca. Al vernos se levantó, me tomó de la mano y me condujo a la pared donde tenía colgados los retratos de varios de sus escritores preferidos: James Joyce, Jorge Luis Borges, Marcel Proust, Henry James, Joseph Conrad, Chéjov, Gogol, Nabokov, Monsiváis, Leon Tolstoi (quien le atraía más que Dostoievski), Thomas Mann, quizá Schnitzler y muchos otros más, muy pocas mujeres, Virginia Woolf, tal vez o seguramente María Zambrano a quien adoraba y a quien conoció en su exilio en Roma, Ivy Compton-Burnett, a quien tradujo y dio a conocer y de quien se burlaba diciendo que su boca parecía un culo de gallina. También estaba yo: un montaje que mi hija Alina había hecho cuando cumplí ochenta años, con mi rostro y el cuerpo en traje de baño de una artista de cine de los años cincuenta. Señaló mi retrato, me abrazó con mucho cariño y sólo pudo pronunciar sonidos inarticulados. Pasamos con él tres días entrañables, fuimos a sus restoranes favoritos, caminamos por las calles de la ciudad, reímos, nos abrazamos, y cuando nos fuimos supimos que nos habíamos dicho adiós para siempre.

Extrañamente, él que amaba tanto a los perros, que veneraba a Sacho al que le habían regalado todavía cachorro en Praga y al que conocí allí, y al que caracteriza en El arte de la fuga con estas palabras: “Me encantaría que Sacho, un perro al que venero, fuera mi fetiche, por desgracia no es así. Cuando se me acerca veo en sus ojos que yo sí soy el suyo, el único, el poderoso y absoluto fetiche que ha conocido en su vida”, se mostraba indiferente con ellos y aún los rechazaba, como sucedió con los dos xoloescuintles, Bataclán y Amargo, que Mario llevó expresamente para que Sergio los conociera, pensando que le iba a dar mucho gusto: “La herida del tiempo”, una herida exacta a la que él describió en uno de los textos del Arte de la fuga: “Revisar el pasado significa, entre otras tristezas contemplar un mundo que es, y al mismo tiempo ha dejado de ser, el mismo”.

Sí, revisar el pasado significa revisar esos maravillosos tiempos en que Sergio y yo paseábamos por el mundo, por las calles del centro de Praga en las noches, a las que nos trasladábamos en metro, o cuando visitábamos el increíble cementerio de lápidas encaramadas unas sobre las otras y el reloj que Borges describiera en su poema El Golem, cuyas manecillas señalaban el tiempo al revés, o las innumerables cervecerías que a menudo visitaba e hizo famosas Bojumil Hrabal (el gran escritor checo que leí gracias a Sergio, así como a Bulgakov, Pilniak y Tzvestaieva), o cuando oíamos fados en Lisboa interpretados por un viejo que usaba un peluquín que al cantar se movía y dejaba asomar su calva, o en Nueva York yendo al Metropolitan a escuchar una ópera, La Fanciulla del West de Puccini cantada por una soprano obesa, o en Lanzarote mientras escribía Domar a la divina garza y donde fui su invitada con Luz del Amo, otra gran amiga recientemente fallecida y con quien nos entreteníamos inventando historias —o más bien él las inventaba— en donde los protagonistas eran algunos de los parroquianos del hotel donde nos alojábamos y que por alguna razón sólo él entendía y que se convertirían en posibles personajes de una próxima novela o quizá lo fueron en los esbozos que dejó apuntados en esa obra maestra que tantas veces he mencionado en este escrito, El arte de la fuga, esa fuga perpetua que no fue sólo una fuga de Bach, sino la fuga interior a la que Sergio se sometía y que reconoció en un capítulo del mismo libro intitulado “La vindicación de la hipnosis”.

¿Qué pensaría Sergio si leyera ahora las noticias que diariamente leemos y que se nos presentan como simples estadísticas? ¿Cómo reaccionaría, qué escribiría, vuelvo a preguntarme, ante la reiterada violencia que se documenta en los medios y que acaba manejándose como simple estadística, como una aterradora numerología?: 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinanpa hace dos años. ¡Tres estudiantes asesinados hace un mes y disueltos en ácido! ¿No había escrito ya en el capítulo final de El arte de la fuga unas palabras que parecen dar cuenta de lo que está pasando hoy y que sucedieron sin embargo hace más de 15 años?: “Crímenes cometidos por gobernantes y altos funcionarios, juzgados y probados quedan sin castigo. La corrupción de la cúpula durante el sexenio anterior [de Carlos Salinas]… Su relación con el narcotráfico y el crimen organizado se han hecho públicas. De ese desmoronamiento, de esa merma de una moral social se nutre la fortaleza de la incipiente sociedad civil”.

  • Margo Glantz (Ciudad de México, 1930) es escritora y crítica literaria. Algunos de sus libros son: Sor Juana Inés de la Cruz (1996), Zona de derrumbe (2001), El rastro (2002), La desnudez como naufragio: Borrones y borradores (2005), Saña (2007) y  Por breve herida (2016).

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