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Con la autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, publicamos un fragmento del nuevo libro del historiador y ensayista Rafael Rojas: La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría (Taurus, 2018). Ensayo que aborda cómo América Latina enfrentó la Guerra Fría en las coordenadas culturales de aquellos años. La Revolución cubana, la aparición del boom de la novela latinoamericana y sus principales protagonistas: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Guillermo Cabrera Infante… Libro que presenta nuevos matices de los desafíos intelectuales y sociales desde la exégesis de una literatura que proporcionó nuevas configuraciones a la noción de lo latinoamericano.

Para quienes vivíamos en La Habana a mediados de los 80 fue, primero, una sorpresa y luego algo rutinario, leer crónicas de Gabriel García Márquez en Juventud Rebelde y ver al escritor, junto a los gobernantes del país, en cuanto acto público tuviese lugar. Todas las novelas del Nobel colombiano estaban a la venta en librerías y los lanzamientos de algunas de ellas, como El amor en los tiempos del cólera (1985), eran ceremonias de Estado, a las que asistían vicepresidentes, ministros y embajadores. Algo rutinario que, sin embargo, no dejaba de ser extraño si se recuerda que buena parte de la literatura latinoamericana dé entonces era inaccesible o estaba vetada en la isla y que los propios escritores cubanos de mayor reconocimiento oficial (Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, por ejemplo), jamás llegaron a tener una relación tan íntima con el poder.

El trato privilegiado que recibió García Márquez, en La Habana, durante los años posteriores a la concesión del Premio Nobel en 1982, fue un asunto de Estado, racionalmente diseñado y conducido por Fidel Castro. Lo que los gobernantes cubanos buscaban era un célebre testigo de las hazañas de David, que contara al mundo la resistencia de la isla contra el imperio. Lo que Gabo buscaba, más allá de la autenticidad de sus afectos, era ayudar a Cuba a reintegrarse a Iberoamérica, en un momento de transición a la democracia y derrumbe del campo socialista. Entre mediados de los 80 y mediados de los 90, García Márquez se involucró intensamente en una negociación diplomática, que incluyó a la España de Felipe González, la Venezuela de Carlos Andrés Pérez, el México de Carlos Salinas de Gortari, la Colombia de César Gaviria y los Estados Unidos de Bill Clinton, encaminada a facilitar, junto con dicha reintegración, un entendimiento con Washington.

El proyecto, como hoy sabemos, fue rechazado por Fidel Castro y Cuba entró, en 1996, en un largo periodo aislacionista y regresivo del que comienza a salir, lenta y tortuosamente, en los últimos años. El clímax de aquella empresa fue la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela Internacional de San Antonio de los Baños, dos instituciones que Gabo creó y defendió, como parte del regreso de Cuba a la comunidad iberoamericana, en la coyuntura del desplome del socialismo real en Europa del Este. El punto más bajo de la amistad llegó en 2003, cuando el gobierno cubano fusiló a tres emigrantes y arrestó a 75 opositores pacíficos, a los que condenó a largas penas de presidio. Entonces García Márquez intentó mantenerse al margen, pero fue obligado a hablar, tras una declaración de Susan Sontag en la Feria del Libro de Bogotá, que cuestionaba su silencio.

En mensaje al periódico colombiano El Tiempo, Gabo respondió a Sontag, no con una defensa de las acciones del gobierno cubano, sino con una exculpación de sí mismo: “no podría calcular la cantidad de presos, disidentes y conspiradores que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar” y, en cuanto a la pena de muerte, “estoy en contra de ella en cualquier lugar, motivo o circunstancia”.  Las declaraciones no gustaron en La Habana y, ante la presión oficial, el autor de El general en su laberinto (1989) se limitó a enviar una escueta nota al diario mexicano, La Jornada, en la que aseguraba que sus amigos cubanos estaban convencidos de que la reacción internacional contra los fusilamientos y los arrestos, sería utilizada para justificar una invasión de Estados Unidos contra la isla. Luego de aquel episodio, se hizo perceptible una distancia entre García Márquez y Cuba.

El socialismo de Gabo. Desde principios de los 90, mucho antes de que le fuera diagnosticado el cáncer linfático, Gabriel García Márquez proyectó escribir sus memorias, en tres volúmenes. El primero contaría su infancia, adolescencia y juventud, entre Aracataca, Barranquilla y Bogotá, su temprana entrega al periodismo y la literatura, hasta la escritura de La hojarasca (1955) y la propuesta de matrimonio a Mercedes Barcha. El segundo narraría la vida de García Márquez y su familia en los años del boom de la novela latinoamericana y la Revolución cubana, sus residencias en Nueva York, París, Barcelona y la Ciudad de México, hasta la aparición de Cien años de soledad (1967). El tercero relataría la historia de su amistad con varios presidentes y estadistas de Occidente (Omar Torrijos, Fidel Castro, Felipe González, César Gaviria, Bill Clinton…), con los que había establecido una relación que, más allá del afecto o el embrujo, consideraba políticamente útil.

De los tres volúmenes, García Márquez llegó a terminar y publicar sólo el primero, Vivir para contarla (2002). Alguna vez, en una visita que le hice a su casa del Pedregal con nuestro entrañable amigo Lichi Diego, le pregunté por qué el tercero de aquellos volúmenes estaría exclusivamente dedicado a sus amistades políticas. Aquella manera de proyectar sus memorias daba la impresión de colocar en el centro de su vida, después de las grandes novelas de los 60 y 70 y, sobre todo, después del Premio Nobel en 1982, una relación privilegiada con el poder. No recuerdo, textualmente, la respuesta de Gabo, pero la idea que me trasmitió era la misma que le había leído en entrevistas y declaraciones, desde los 80: la fama era, según él, una responsabilidad política que se ponía a prueba en la mediación de diversos conflictos. Uno de esos conflictos era, a su entender, el que enfrentaba a Estados Unidos y Cuba y apartaba a la isla de la comunidad iberoamericana.

El escritor cubano Norberto Fuentes narró la intervención de García Márquez como emisario de Fidel Castro ante el presidente Bill Clinton, en casa de William Styron, durante la crisis de los balseros de 1994. Luego, estudiosos de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, como William M. Leo Grande y Peter Kornbluh, confirmaron aquella transacción, que involucró al gobierno mexicano de Carlos Salinas de Gortari. Gabriel García Márquez jugó un papel no siempre reconocido en la historia secreta de una negociación, siempre interferida y vacilante, que buscó otorgarle a la Guerra Fría un cauce diplomático. Su intervención no sólo era consecuencia de la amistad con Fidel Castro y los encargos que éste le hacía sino de una lectura precisa del peso del diferendo cubano-americano en la vida del hemisferio y en la estabilidad de América Latina.

El autor de Crónica de una muerte anunciada (1981) estaba dispuesto a desempeñar esa responsabilidad, no a la manera de un intelectual comprometido a lo Sartre o de un intelectual orgánico a lo Gramsci —dos opciones hacia las que siempre gravitaron otros grandes escritores del boom, como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes—, sino como el único que sabía hacerlo, que era por medio de un diálogo íntimo con los titulares del poder. El tema ha sido explorado por algunos autores, como Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli en Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad (2006), Gerald Martin en su biografía Gabriel García Márquez: A Life(2010), Gene H. Bell-Villada en la suya y Enrique Krauze en el ensayo “A la sombra del patriarca” (2009). Estos textos nos persuaden de que el vínculo con Fidel Castro formaba parte de un patrón que lo rebasaba, y que tenía que ver con una manera de entender la realidad latinoamericana y practicar las amistades políticas.

 

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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