La Posesión de Verónica, el buen terror de los 80

La imprudencia de una joven abre la puerta a un ser sobrenatural; se trata de una trama con alguna que otra metáfora musical

  • Tamaño de fuente: A  A  A  A  
La imprudencia de Verónica, una adolescente, deja entrar a un ser sobrenatural (Foto: @paco_plaza)

Por si alguien dudaba que seguimos sumergidos en la tendencia del cine de autoreferencia – representado por producciones que van de Súper 8 a Pixeles-, desde España llega esta película para confirmarlo. Y es que Paco Plaza -responsable de esa refrescante reinterpretación zombie llamada Rec– decide entrar en el juego y entrega una película de terror con aire ochentero – aunque la trama se ubica en 1991- en donde las posesiones vuelven a ser el meollo de todo el asunto. Acompañada del consabido slogan “Basada en hechos reales” -en este caso documentados por el detective a cargo de la investigación en un barrio Madrileño-, La Posesión de Verónica nos cuenta cómo una chica de secundaria, en un intento de contactar con su padre muerto y mientras un eclipse capta la atención de todos en la ciudad, utiliza una ouija. Tal imprudencia abrirá la puerta a un ser sobrenatural que le aterrorizará a ella y a su familia.

Si, el punto de partida es muy poco original y el agregado de dicho fenómeno astronómico resulta algo rebuscado, amén de que en el camino se quedan algunos cabos sueltos -como la relación de la protagonista con sus amigas- y que uno de los personajes más interesantes, dígase el de la monja ciega –Consuelo Trujillo– a pesar de que encaja dentro la trama y sirve para redondear la propuesta, no deja de sentirse desperdiciado. Las deficiencias son evidentes, sin embargo y sorprendentemente, el asunto funciona gracias a la interpretación medida y matizada de Sandra Escacena -a quien habrá que seguirle la pista-, y a que desde un principio el director plantea las reglas con claridad y las respeta hasta el final. Apostando por todo el oficio adquirido con su experiencia al frente de la franquicia arriba mencionada, acomoda cada una de las piezas en su lugar, incluyendo los apuntes a lo tormentoso que puede ser la adolescencia y las implicaciones de formar parte de una familia disfuncional -dos elementos recurrentes en el cine de los 80-, concentrándose en el desarrollo de atmósferas inquietantes sobre situaciones cotidianas. Son estás las que dan forma a una trama que se viste con alguna que otra metáfora musical, con referencias a ese mundo juvenil de fascículos coleccionables y juegos prohibidos, que se reserva algunos sobresaltos bien trabajados y que para su tercio final logra encarrerarse lo suficiente para enganchar al espectador ofreciéndole una conclusión convincente. Se trata pues de una decorosa pieza de género, interesante como ejercicio de referencia y efectiva como entretenimiento.

srv