La semana de colores

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El alacrán sisea arisco desde su nido en lo alto del muro, pero hasta allá lo despierta la alharaca por el bochornoso plagio académico del joven estudiante de Atlacomulco. El arácnido se sonroja con pena ajena cuando reconoce haber “plagiado” el título de esta nota del magnífico cuento de Elena Garro, escritora impar de quien celebramos este mes el centenario de su natalicio. Vida conflictiva (donde las haya), la de Elena es también ejemplar, rebelde, delirante; la de una artista hasta las cachas, dramaturga, cuentista y novelista. Sus misóginos pares: escritores artistas, amantes, biógrafos, relatadores y conocidos, apenas empiezan a barruntar los alcances artísticos y estéticos sin parangón de la literatura de esta hermosa artista y escritora.

Antes de su fallecimiento, Octavio Paz escribió con premeditación su versión precisa (irrefutable) de la historia vivida con su esposa Elena y su hija. A esta narrativa ventajosa se atienen por inercia y herencia (sin salirse un ápice, no se vaya a levantar de la tumba el maestro) sus adocenados súbditos, biógrafos y cronistas oficiales. Pero son más las sanas dudas y las otras versiones. Las de la misma Elena y su hija, las de amigos artistas, biógrafos aguzados e investigadores irreductibles, como la incansable investigadora Patricia Rosas Lopátegui (criticada y denostada hasta la patología por el rebaño de seguidores del Nobel).

Esta cromática semana el escorpión se había prometido evitar la mala saña y dejar por la paz a la Secretaría de Cultura y a sus lastimosos Godínez. Pero se ponen de pechito. Mire el lector la bonita nota donde se informa sobre los 88 millones de pesos pagados entre 2010 y 2012 por doña Consuelo Sáizar, entonces titular de Conaculta, para comprar las bibliotecas de José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis. De todo ese librerío, 18 mil 500 ejemplares estaban repetidos más del 20 por ciento del total. ¡Ay, pero cómo! ¡Ay, pero no es nada! ¡Ay, pero la cultura! ¡Ay, pero los lectores! Hay, pero conflicto de interés, porque la doña benefició a dos o tres de sus cuates ¡Que me lo prueben, que me lo prueben!

El rastrero ya siente culpa por insistirles a los funcionarios culturales sobre la obligatoriedad de la rendición de cuentas. ¿O por ser cultos y ornamentales se van a gastar el dinero público como les dé la gana? Entonces miran raro al escorpión, como diciendo: “Eres un amotinado”. Y sí.

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