La Suicida del Taj Mahal

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I

Era como si el corazón fuera a estallarle en el pecho. O como si se le hubiera transformado en un pulpo y quisiera salírsele por la boca. Dolía. Le punzaba con un dolor físico. Y las voces. Sandra había empezado a escuchar voces. Le decían: ¿Por qué no terminas con todo? Nada vale la pena. Hagas lo que hagas no te salvarás. Sería tan fácil cerrar los ojos y saltar. Pensó: No puedo más. No puedo más. En medio de aquella angustia, esa marea oscura que amenazaba con tragarla, surgió una lucecilla: No puedo morirme sin conocer el Taj Mahal.

Tenía unos ahorros en el banco y se fue a la agencia más cercana con tanta premura como si en aquello le fuera la vida. Consiguió un vuelo con escala en París para el fin de semana siguiente. Pero tendría que permanecer un par de días ahí para aprovechar una tarifa económica en Air India que le incluía un hotel razonable en Agra, la ciudad donde se asentaba el palacio de sus sueños. Sonrió después de quién sabe cuánto tiempo sólo de pensar en el castigo de tener que caminar a la vera del Sena, entre las bouquineries y los álamos liquidámbares que lo cercaban. Era cierto lo de la sonrisa. Lo percibió en los músculos pesados y el esfuerzo para que su rostro se aligerara como si en vez de piel tuviera una rígida máscara de cerámica. Pero ahí estaba por fin de nueva cuenta asomándose al extremo del túnel: un halo de luz que a la distancia era apenas un resplandor saltimbanqui. La ilusión. Se aferró a ella como si fuera el último tren y de verdad no tuviera adonde más ir.

II

No recordaba en dónde había leído la carta de un suicida que agradecía a todos las bondades que le habían prodigado en la buena época de su vida. Entre aquella innumerable lista de gestos amistosos y virtudes solidarias, de pronto surgían los dejos de rencor, aguijonazos lanzados de golpe y porrazo. “A mi madre por ser la mejor mamá del mundo, con sus aciertos magníficos y sus errores catastróficos…” Por eso resultaba tan extravagante la mención del gato en aquella larga carta, precisamente en un discurso que buscaba remediar el vacío sin que interviniera ya razonamiento válido. “A Tudi, por ser tan gato…” Una suerte de complacencia magnánima que terminaba por colmar y engullir a quien profería ese legado en una enorme oleada de amor y narcisismo fundidos en uno solo.

Pero Sandra no había pensado dejar nota alguna. Estaba demasiado ocupada con la desesperación y la idea del suicidio había surgido como un salvavidas inesperado en medio del hundimiento. No sufrir más. Que todo se fuera al diablo… incluida ella. Y cuando estaba a punto de arrojarse a las vías del metro, cuando miró las luces del tren que titilaban en la oscuridad del túnel, entonces se le ocurrió que no podía irse sin conocer el Taj Mahal y retrocedió en el andén hasta repegarse a la pared, y pensó también en Tudi, ese gato tan gato que ella no había conocido, y se echó a llorar.

(Alguien de vigilancia la vio en los monitores de seguridad y percibió su movimiento. ¿Por qué les gusta tanto a los suicidas esta estación para lanzarse?, se preguntaba el hombre al precipitarse hacia el andén. Quería ver a la mujer, identificarla, verificar en su rostro alguna señal que le dijera si en otro momento volvería a intentarlo y si al final conseguiría su objetivo. Pero para cuando llegó al lugar donde la había visto desde su sitio de vigilancia, ella había desaparecido. El hombre levantó un brazo y saludó a la cámara en un gesto que parecía inútil.)

III

Llegó a París una tarde soleada. Sin darse cuenta comenzó a caminar al ritmo apresurado de la gente con que se cruzaba en el metro, en las calles. Recordó que por el rumbo de Place d’Italie vivía la hermana de un ex novio suyo de la época en que había trabajado en Bellas Artes. Pero no se le ocurrió buscarla. Todavía se sentía atolondrada por el viaje pero sobre todo por la experiencia de la que había surgido el deseo de ver el Taj Mahal. Como si a partir de entonces su vida hubiera adquirido la luminosidad incierta de los sueños, una suerte de irrealidad que le llegaba de forma amplificada a través de la piel y los otros sentidos. Diríase que estaba drogada, o que tomaba medicamentos para la depresión. Pero no era así: la posibilidad de la muerte había abierto las compuertas de una percepción más intensa pero también distorsionada para acercarse al mundo y a sus seres.

Tal vez por eso cuando vio a la muchacha de la sonrisa asomada en un aparador, no le dio importancia al hecho de que el gesto proviniera de una máscara de cerámica neutra, sin pintar. Era común que las vitrinas en París fueran verdaderos altares a la belleza y al diseño, auténticas instalaciones artísticas que si no se encontraban en la sala de un museo de arte contemporáneo, era porque a veces de manera sutil, otras de forma manifiesta, subyacía en ellas una intención comercial. Sólo eso, porque frecuentemente echaban mano de recursos
fotográficos, plásticos, multimedia de la más alta factura y calidad conceptual. Así era el escaparate de la muchacha de la sonrisa. Máscaras con su rostro dulce y tenue emergían aquí y allá entre pliegues de aguas azules y mercuriales. Y en cada rostro inmóvil de ojos cerrados y labios apenas curveados, sin gota alguna de color, de manera intempestiva la proyección de una joven que despertaba con los colores de la aurora, sombras tornasoladas para los párpados, polvos afrutados para las mejillas, pinturas encarnadas para el dibujo leve de las bocas. Y los rostros ya maquillados y en movimiento, guiñaban un ojo, acentuaban la sonrisa, prodigaban besos volátiles, y de nueva cuenta regresaban a la neutralidad inicial para recomenzar unos segundos más tarde el proceso de la vida.

Pero poco a poco se dio cuenta que la muchacha la seguía. Hacía varias calles que la tienda de maquillajes y productos de belleza femenina había quedado atrás en el barrio del Marais. Caminaba muy cerca del río, a un costado de Notre Dame, y ahí en los puestos ambulantes de una librería volvió a encontrarse con ella. Era sin duda la misma muchacha de la sonrisa tenue. Su rostro sosegado aparecía ahora en la portada de un libro, acompañado de un título: L’inconnue de la Seine.

Hojeó maravillada algunas páginas. Por lo que pudo entender, la “Desconocida del Sena” había sido una ahogada cuyo cuerpo apareció en el Quai du Louvre a fines del xix, sin huellas de violencia, lo que hizo suponer que se había suicidado. Era una ahogada joven que en vez de un gesto de amargura o dolor, poseía una sonrisa dulce y enigmática. La habían puesto en exhibición en la morgue para que sus deudos la reconocieran, hecho que no sucedió. Un asistente del médico forense, fascinado por el rostro de la joven, le tomó un molde de yeso. Al poco tiempo la máscara apareció a la venta en varios establecimientos y la Desconocida se convirtió en musa de artistas y legos.

Sandra decidió comprar el libro en el que se sucedían imágenes inspiradas en la máscara original y varios relatos fantásticos. En breves segundos se había acostumbrado a la tersura de esa sonrisa de tal modo que cuando levantó la mirada para pagar, le pareció natural que la cajera se hubiera contagiado de la magia de la Desconocida y le sonriera de manera sutil y cómplice. Al salir del establecimiento, la tarde caía dorada sobre las aguas del río. Siguió su curso hasta atisbar el Quai du Muséum, en otro tiempo conocido como Quai du Louvre. Al parecer, sus pasos la llevaban hacia el muelle donde habían encontrado el cuerpo de la Desconocida. Recargada en un parapeto del Pont Neuf se sumergió en la magia de su voz que le llegaba desde las páginas del libro que traía consigo: “Creía que una se quedaba en el fondo del río, pero ya veo que vuelve a subir —pensaba confusamente esta ahogada de diecinueve años que avanzaba entre dos aguas…” Se asomó al río y a pesar de los metros de distancia que la separaban de la superficie pudo ver el rostro de la joven, sonriente y con los ojos cerrados, como si se hubiera detenido en la arcada para saludarla antes de seguir su camino al mar. Porque en realidad era una sirena y quería llegar al mar. Sandra sonrió y devolvió el saludo. Y entonces se dio cuenta. Fue como una revelación que al mismo tiempo no la sorprendía por más que supiera que aquello no era posible. Tal vez todo era un espejismo. Quizá el tiempo se había expandido a partir de que viera la lucecilla en el túnel del metro y se le ocurriera pensar que no podía irse sin ver el Taj Mahal. Tal vez sí había saltado y ahora vivía en la dimensión de los sueños, adonde quizá podría poseer un gato Tudi propio con manchas negras y blancas. O tal vez mañana abriría los ojos y se encontraría con el palacio de su anhelo ante ella, reflejándose vibrátil y gozoso en el espejo de agua como lo eternizaban las fotografías y postales. Pero una cosa era enteramente cierta: reconoció en el rostro de la Desconocida del Sena su propio rostro. Y en vez de sorprenderse por ello, se preguntó en una lógica salvaje cuánto tiempo le llevaría llegar en flotación libre, a mar abierto, hasta las costas de la India y de ahí remontar, entre ríos y afluentes en contrasentido imposible, hasta el estanque en el que el Taj Mahal se contemplaba a sí mismo con la fascinación de una mujer hermosa ante un espejo de agua. ¿Así de inconmensurables eran los deseos y su lámpara maravillosa que ardía por dentro negándose a morir del todo?

IV

A diferencia de la Desconocida, que navegaba “ignorando que sobre su rostro brillaba una sonrisa, si bien trémula más resistente que la sonrisa de un vivo, siempre a merced de cualquiera cosa”, Sandra sonreía sólo de pensar que viajaría con el goce de una identidad en préstamo. Saberse ligera sin el peso de un pasado propio la hizo preguntarse cuántos músculos eran necesarios para sonreír. De haber estado en su departamento en la Ciudad de México y frente a su computadora habría podido averiguar que en ese acto nimio y espontáneo están involucrados al menos seis pares de músculos. Y habría repetido sus nombres como parte de un conjuro iniciático: el músculo elevador del ángulo de la boca, el elevador del labio superior, el orbicular de los ojos, el risorio, el cigomático mayor y el cigomático menor, todos ellos en la misma pócima. Pero del movimiento del alma para que pueda emerger la flor de una sonrisa habría tenido que hacer
uso de una aritmética sutil, de una anatomía de las pasiones que la habría obligado a transitar por los territorios volátiles de las caprichosas relaciones humanas. Ella, que antes se había sentido como papalote suelto sin nada que la sostuviera, había visto pasar una
geografía de cuerpos y una colección de personalidades que no habían conseguido sino acentuar ese vacío que cada vez se le agrandaba más por dentro. Por eso cuando se enteró por una diseñadora de familia japonesa que trabajaba en su oficina sobre la leyenda del hilo rojo del destino no pudo menos que sorprenderse. Que dos personas se buscaran por el mundo a pesar de la distancia, del tiempo o de las circunstancias porque en realidad estaban atadas por un hilo rojo invisible que conectaba a través de sus meñiques la fina arteria ulnar que desembocaba en el corazón de cada uno, la hizo pensar que —al menos en su caso— ese hilo no parecía estar atado a nadie más. Que en el mito el hilo se pudiera estirar o contraer, pero nunca romper, la llevó a considerar de un modo grave e infantil, como suelen ser la mayoría de las reflexiones terribles o gloriosas que urdimos en torno a nuestra vida, sobre la fatalidad de un destino solitario. Así, sin aspavientos ni lamentaciones que pudiera escuchar la joven japonesa que le había contado la historia, permaneció en un silencio obcecado. Tan sólo una pesadez de piedra en la mirada y en el rostro, cada vez más lejos el fuego tenue de la más leve sonrisa.

Hay un momento en que el proceso de la tristeza y la desolación, cuando no se origina en causas exteriores a nuestra voluntad, resulta reversible. Pero hay un punto en el que la pesadumbre se acumula y se vuelve cada vez más difícil de remontar. En cambio, nunca sabremos qué tan leve es el peso de una sonrisa porque es capaz de hacernos volar. No en balde, según un proverbio antiguo, el tiempo que pasa uno riendo es tiempo que pasa con los dioses. Tal vez porque nos volvemos un poco como ellos: inmortales pues la risa nos coloca en un lugar fuera del tiempo, como también sucede en el éxtasis amoroso. Sandra lo había escuchado en un programa de radio, un par de años antes, mientras manejaba camino a su trabajo; lo mismo que una frase atribuida a un dramaturgo argentino: “La risa es el orgasmo del rostro”. Entonces el comentario le había provocado una sonrisa cómplice pues reconoció que si bien no todas las sonrisas tienen un carácter erótico, sí nos hablan de la capacidad de goce de quien las esboza. Entonces no pensaba que la melancolía en creciente y acumulada podía desbordarse al punto de lanzarla a las vías del metro, como tampoco que un acto tan sencillo como sonreír quedara anulado en el olvido.

En cambio la Desconocida sonreía hasta en defensa propia. Según el libro que aún sostenía Sandra en sus manos, por sus labios tenues el filósofo Albert Camus se refirió a ella como la “Mona Lisa ahogada”. El escritor Nabokov le dedicó un poema, el poeta Rilke la cita en sus Cuadernos de Malte Laurids Brigge. A la lista de escritores se sumaban Maurice Blanchot, Céline, Anaïs Nin, Louis Aragon, Jules Supervielle y el fotógrafo Man Ray. Sin duda, en su leyenda aleteaban resabios de las ondinas, sirenas, ninfas; de Isolda y la dama de Shalott, de la Ofelia de Shakespeare. Y es que eso de morir ahogada y aun así conservar la sonrisa… El rostro de un ahogado usualmente se hincha, se deforma, había dicho el jefe de la brigada fluvial de la policía parisina, entrevistado para la ocasión. Por su parte el director de la fábrica de máscaras más prestigiada en Francia, negaba que la joven estuviera muerta cuando se tomó el molde de la máscara afamada. Debido a que es difícil mantener una sonrisa mientras se hace uno, deducía que en realidad se trataba de una modelo profesional que había posado para ese fin. Se había dicho tanto sobre la Desconocida. Además del destino literario que le había inventado varios orígenes —entre ellos el de actriz húngara en un blog de nuestros días—, la suerte de la muchacha parecía haber cambiado de rumbo.

La noche había caído desde que Sandra regresara a leer las páginas del libro. Tuvo que colocarse bajo la luz ámbar de un arbotante para seguir a la Desconocida. Así descubrió que en 1955 un fabricante de equipo médico llamado Asmund Laerdal diseñó un maniquí con el que los aprendices de la técnica de reanimación cardiovascular pudieran practicar. Laerdal deseaba que su maniquí tuviera una apariencia natural, así que se decidió por el rostro de la joven ahogada, llamándola Resusci Anne. Sandra se pasó la mano por sus propios labios, como si un ala de paloma o la cola de un pez le hubieran rozado la boca. Pero también porque fue un golpe de conciencia: pensó que era como si la leyenda reclamara salvar a la muchacha de las aguas de la muerte, pero en los hechos, con la práctica de miles de personas entrenadas en la respiración de boca a boca, la dulce joven, cuya historia seguía siendo un misterio, prodigaba dócilmente el beso de la vida. Sutil ironía la de la suicida que terminó rescatando a otros a consecuencia de su propia leyenda. Así que era eso, reconoció Sandra. El golpe de conciencia había sido en su boca. Una sonrisa como beso de la vida.

Y ahora ¿qué haría ella con su existencia? Por lo pronto permanecer un par de días más en París y luego emprender el viaje hasta la India. Se había salvado por el momento pero una vez llegada al palacio de sus sueños, se preguntó, ¿tendría razones para mantenerse en esta orilla? Buscó de nuevo el rostro de la Desconocida en las aguas del río. Sólo descubrió ondas oscuras y brillos líquidos que no le permitieron encontrarse en ningún reflejo. Entonces cerró los ojos y trató de escuchar el suave oleaje en su interior. No le importó que un automovilista sonara el claxon en ese preciso momento. Porque le pareció escuchar una voz sin palabras que le decía: Llévame contigo. Seremos la Desconocida del Taj Mahal. Y una sonrisa volvió a sus labios como si por fin alguien la hubiera invitado a jugar, y ella no esperara otra cosa
en el mundo.

VI

¿Cuándo empieza a resquebrajarse un corazón? Melancolía habrían dicho los antiguos; depresión dicen los psiquiatras de hoy en día. Nostalgia, abatimiento, tristeza, morriña, spleen, somnolencia, lasitud, saudade son otros tantos de sus nombres y facetas. Y al parecer, ningún hombre se libra de ella en algún momento de su vida: Robert Burton en su célebre tratado Anatomía de la melancolía de 1621 señala que es “una característica inherente al hecho de ser criaturas mortales”. Si alguien le hubiera preguntado a Sandra si era de temperamento melancólico desde pequeña ella hubiera respondido que no más que cualquiera. Cierto que a veces se abismaba sobre sí misma como si en su interior pudiera guarecerse, como si ahí la esperara un laberinto recóndito
que la aislara de cualquier amenaza exterior. Pero ignoraba que cada uno de sus pequeños actos —lo mismo las alegrías que las desilusiones— estuvieran preparando un gesto radical y funambulesco desde el silencio de su corazón.
Por eso, porque los movimientos del músculo cardiaco no sólo se miden en latidos y pulsos, se levantó a la siguiente mañana con la intención de hacerse de una máscara de la Desconocida. Le encantaba el café fuerte y las tostadas con mantequilla de los bares parisinos, así que hizo una pausa previa para disfrutar de ambos en el café tabac más próximo a su hotel. Una llovizna y un cielo encapotado le dieron la bienvenida. Apenas se sentó en una de las mesas que se hallaban junto a los ventanales, le pareció que en realidad estaba en el interior de
una pecera. No sabía si era cuestión
de la luz difractada por la mañana acuosa, o si se trataba sólo de su propia percepción, pero el ambiente en el interior del café algo tenía de estar fuera de registro, una cierta distorsión en las líneas y los colores, de movimientos pausados y diferidos de las personas, que la hizo pensar cuán poco les faltaba al resto de parroquianos, a la muchacha del perrito pomerania sentada a su lado, al mozo que servía con una pinta de bailarín de tango, para que de la comisura de sus bocas silentes comenzaran a brotar burbujas. A su mente acudió la idea de que así debió de sentirse la Desconocida cuando descubrió a los seres que habitaban el lecho del río en el relato que había leído la noche anterior. Ordenó su exprés al camarero y cuando éste lo puso frente a ella, le pareció que de su brazo brotaban unas fosforescencias como algas vibrátiles. Aquello era fascinante pero también la atemorizó. Se preguntaba si acaso no estaba perdiendo completamente la cordura.
Entonces apuró el café y se lanzó a la calle. Pero ¿dónde comprar una máscara de la Desconocida del Sena? En la tienda de productos de belleza del día anterior había varias en exhibición pero no estaban a la venta. Tal vez podría preguntar ahí dónde conseguir una. Se dirigía ya al barrio del Marais, donde había visto el aparador aquel de las proyecciones de maquillaje sobre el rostro tenue de la joven, cuando recordó que en un viaje previo había visitado el mercado de pulgas de Saint-Ouen con sus objetos cargados con la magia del tiempo, y hacia allá encaminó sus pasos.

No tuvo que recorrer muchas accesorias antes de dar con lo que quería. De hecho, le había llevado más tiempo trasladarse al Marché aux Puces pues tuvo que transbordar en el metro hasta la estación Garibaldi y de ahí atravesar medio distrito 18, que entrar en una tienda cuyo nombre la había atraído de inmediato: “Présents Passés”. Y ahí la estaba esperando. En una vitrina lateral descubrió el rostro de la Desconocida, sonriéndole como sólo ella podía hacerlo.

Era una máscara de resina retocada de cerámica con los rasgos tenues de la
muchacha. Acordó un precio con el dependiente, un hombre mayor que la conminó a probársela y la ayudó a ajustarse la cinta elástica. Ella había pensado adquirirla pero no usarla y de pronto la tenía sobre su propio rostro. Sandra se miró en uno de los espejos de gastado marco que colgaban en las paredes con un gesto de curiosidad divertida. Antes se había reconocido en las aguas móviles del Sena, pero ahora la superficie bruñida le confería una irrealidad asombrosa a su imagen fusionada con la de la joven —o más bien al contrario: la de la Desconocida cobrando vida en su propia imagen—. “Très belle”, le dijo el dependiente. Y ella sonrió detrás del rostro de la Desconocida.

La máscara era ligera así que muy pronto olvidó que la llevaba puesta cuando salió del mercadillo. Los parisinos acostumbran aparentar que nada puede sorprenderlos, así que cuando más sonreían discretamente al verla. Sólo un muchacho de tez argelina se animó a decirle en viva voz: “Eh, toi, Carnaval de Venice!” Y entonces ella volvió a sonreír y decidió llevarla un rato más de regreso al Sena. La lluvia había terminado por manifestarse y le dio la impresión de que las calles mojadas eran brazos del río y la gente enfundada en sus impermeables navegaba en una colonia submarina. Le gustó formar parte de una ciudad acuática y avanzó entre sus aguas como una sonámbula enfebrecida.

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