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Algunas de las cabañas construidas para la filmación de la película Cabeza de Vaca de Nicolás Echevarría Foto: Especial

La Tovara (o La Tobara): germen acuífero emplazado en el municipio de San Blas, Nayarit, el cual da origen a un marjal natural de agua dulce en medio de un delta en el pedestal de una montaña. Área muy extensa (5 mil 733 hectáreas) custodiada por canalones naturales entre el boscaje, que desaguan en la bahía de Matanchén, Océano Pacífico. Flora boscosa abundante en plantas tropicales que van de los helechos gigantes a los manglares: albergue de una fauna diversa: cocodrilos, tortugas, jaguares, ocelotes, iguanas, armadillos; una gran diversidad de aves (garza blanca, garza rosada ‘pico de espátula’, garza canela ‘pico de bote’, garza tigre, flamingos, Luisvienteveos…) y peces.

Opulencia natural donde el hombre es un intruso. El fundador de San Blas, Don Nuño de Guzmán (1490– 1559), y su compañero de aventura, Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1490–1559), zozobraron en La Tovara durante su marcha de asedio por nuevas tierras, tuvieron que sortear los trances del exceso floral en una incertidumbre que aparece relatada en Naufragios, crónicas de Cabeza de Vaca: “Fueron seis años el tiempo que yo estuve en esa tierra solo entre ellos y desnudo…”. El hombre es un inoportuno. Entorno que no se deja someter. La naturaleza aquí es dueña de todas las encrucijadas.

  • El Dato: La película Cabeza de Vaca,de Nicolás Echeverría, se rodó en La Tovara en 1991. Todavía se puede apreciar el set de la producción.

La Tovara: agua que nace entre guijarros calizos. El canal tiene una extensión de 6 kilómetros. La lancha se alquila en el boquete de la entrada: los mosquitos asedian al visitante. Se entra a una espátula de verde exuberancia. Mangle dueño. Helecho que teje una techumbre y da sombra a la garza rosada. Mangle. Remolino. Humedad. Fangal que se extiende hasta la aproximación con el océano. Y el bote abre el resquicio. La naturaleza agrieta sus zancas de follajes y el hombre entra a una sobreabundancia de relentes milenarios. Los raigones de los mangles sostienen el barandal del pomposo arroyo, interminable en su cordial acogida.

Visitar La Tovara es entrar a un delirio de luces inmaculadas donde el verde es un cántico y el torbellino del agua, una advertencia de rabias inmóviles en los recelos del tigre. Decir que este lugar es paradisiaco es adulterar los índices del viaje. Señalar a los cocodrilos y lanzarle el flash de la cámara: una alevosía. Mirar al cielo que se derrama en la claridad del agua: una devoción dudosa. Atender el paso de los posibles ocelotes: la búsqueda de un simulado acertijo. Entrar a La Tovara es penetrar en los sigilos de Dios.

La canoa se abre paso en la espesura acuosa. Allá una iguana se confunde con una rama. El cocodrilo se sabe dueño del guijarro. El jaguar otea entre los bejucos. Pasa por encima una garza tigre: sobrevuela en la tregua del retumbo. El hombre es un inoportuno: no entiende que una beatitud como ésta no reclama los guarismos de la cámara fotográfica ni del video turístico. Silencio: estamos en la morada primigenia, en el “antes, antes, muy antes” del poeta. Amorosa raíz de las marismas florecientes y del rumor de un viento azulenco por ternuras indecibles. Cantemos adentro la romanza de la solemne oratoria de la perfección. Dios pide una tregua; pero, el hombre quiere llevarse el dibujo santificado en la videocámara. Desdeña la posibilidad de la evocación de este sol hambriento extendido en la pausa bendecida.

En 2008, La Tovara fue declarado espacio de la Convención Relativa a los Humedades de Importancia Internacional (Ramsar: tratado intergubernamental para la conservación y el uso racional de los humedades y sus recursos, firmado en la ciudad de Ramsar, Irán, en 1971). Se realizan acciones locales, estatales y federales para la conservación de una plaza de profusa belleza que atrae a miles de turistas que visitan San Blas, el ancladero donde Rebeca Méndez esperó, envuelta en su vestido blanco de novia, a Laus, el pescador enamorado que nunca regresó del mar.

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró

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