La última página

–No lo entiendo.- dijo mientras sacaba y estiraba la pierna desnuda en la cual había estado sentada.

Observó, o valdría decir que se regodeó en el movimiento perfecto del cuerpo que tenía enfrente, era delicada y sus movimientos eran lentos, rayando en la pereza, casi como los de un felino que guarda sus fuerzas para luego sacarlas en una explosión.

— Es un cuento, tampoco debe de ser la argumentación inapelable de un ensayo docto.-

— Sí, lo sé, pero hasta un cuento debe ser entendible y tú lo complicas demasiado, te enredas en descripciones inútiles que me aburren y me hacen perder el hilo de la historia.–

— Tú eres un personaje de cuento.–

Su risa deliciosa cual campanas de bronce tintineo y sus ojos brillaron como cada vez que su humor era alegre.

— ¡Fui! Fui un personaje de uno de tus enredados, obtusos y aburridos cuentos pero yo soy única. Aún sigo preguntándome qué hubiera pasado si hubieras hecho un cuento entretenido y lindo, quizá no hubiera sentido la necesidad de otra cosa y seguiría ahí pero, era tan, tan, tan aburrido que tenía que salir aunque fuera para reclamarle al que quería condenarme a pasar la eternidad metida en algo tan soso.-

Su tono era de duro pero, no serio, era un juego jugado por años, uno que empezó con el sobresalto recibido al despertar y verla enfundada en una camisa suya, tendida sobre su vientre, apoyando la cabeza entre sus manos mientras lo observaba en una mezcla entre admiración, calibración, análisis y reclamo. Él sabía quién era, la había, imaginado, soñado y la había descrito en palabras desde el pelo lacio negro con destellos azulados casi al rape en la nuca y largo en el flequillo, los ojos verdes con destellos dorados que brillaban más o menos dependiendo de sus emociones, la piel blanca ligeramente traslúcida y el lunar en forma de corazón en el tobillo izquierdo que lo tenía hipnotizado con su danza mientras movía las perfectas piernas de adelante hacia atrás intermitentemente. Sabía quién era y por eso se sorprendió más al verla sobre su cama.

— No era aburrido el cuento. De hecho, fue de mis mejores cuentos.–

— ¡Dios! Si ese fue de los mejores, ahora entiendo, porque no entiendo, los galimatías que me das a leer. En serio ¿no puedes ser directo y simple?–

— Una mujer hablándome de simpleza, hablándome de ser directo. ¡Ahora si ya lo escuché todo!-

— ¡Oye!- el mohín de sus labios vino acompañada de una pequeña palmada en el brazo que lo hizo estremecerse y nada tenía que ver, la fuerza con la que fue dada.

— Ok. Entrégamelo, lo escribiré otra vez.–

Su sonrisa al salirse con la suya aunque fuera en estos pequeños altercados que parecían berrinches infantiles, hacía que valiera la pena la discusión. Era extraño sentirse como lo hacía ahora, cuando empezó a escribir buscaba llenar un vacío, los libros le daban entrada a universos fantásticos pero era como estar de turista en ellos, como ver la vida a través de una ventana, le permitían escaparse pero el regreso a su realidad siempre terminaba de manera abrupta y lo dejaba sumido en una depresión severa así que, una tarde tomó la pluma del local de comida rápida y en el papel de estraza que suplía a las servilletas empezó a narrar una historia, una pequeña, una suya, una de sus tantas decepciones en sus interacciones sociales, en especial con el género femenino en el que nunca encontraba que decir no porque no tuviera nada sino porque todas las palabras habidas y por haber se le atoraban en el gaznate construyendo un dique que sólo dejaba salir un lastimoso quejido. No obstante, en el papel podía escribirlo todo, decirlo todo, desmenuzar cada emoción y lo mejor de todo es que nadie excepto él, emitiría un juicio.

— Otra vez te quedaste papando moscas, toma el condenado cuento y si puedes inclúyele unos dragones morados y unos unicornios rojos.-

— Vamos nena, ni unicornios ni dragones sirven en esta historia… Mucho menos dragones verdes y unicornios rojos.-

— ¿Lo ves? Sigues formulismos absurdos, en donde dice que los dragones deban ser rojos o negros y los unicornios blancos. Si son fantásticos mínimo podrías ponerles un poco de colorido a tus fantasías.-

— Tú eres mi mayor fantasía.–

Se le tiró a los brazos y le plantó un sonoro beso en la frente mientras iluminaba la habitación con una sonrisa de dientes perfectos y su fleco le provocaba cosquillas en la nariz.

— No te distraigas, escribe acerca de mis dragones morados y mis unicornios rojos que yo voy a prepararte un café negro como tu consciencia y amargo como tus besos.- Dijo mientras se encaminaba a la cocina entre pequeños brincos de niña con juguete nuevo.

No tenía caso luchar, siempre se salía con la suya, lo manejaba como quería y él se dejaba manejar, ella era lo mejor de su vida, lo mejor que le había pasado, no tenía caso pensar en cómo llegó a su vida, lo importante es que lo hizo y revolucionó su existencia, las mañanas eran juguetonas, las tardes de ternura melancólica y las noches de ardorosa pasión. Siempre supo que escribir le cambiaría la vida pero nunca, ni en sus cuentos más fantasiosos pudo una que brincara de sus mundos inventados en los cuales se refugiaba a una realidad de la cual ya no deseaba salir y si regresaba a la escritura o la lectura era sólo porque ella lo empujaba, porque ella quería que eventualmente creara un universo perfecto en el cual los dos podrían pasar su eternidad con las manos enlazadas danzando entre estrellas y por qué no, también montados en unicornios rojos y dragones morados…

— ¿Quién es el tipo de las hojas en blanco?- Preguntó el nuevo enfermero.

— Ese es el que escribió “La última página”.–

— ¿La película con esa sexy heroína de pelo cortado de manera rara?-

— Ándale.–

— ¿Cómo terminó aquí? ¿No aguantó la fama?-

— Ni siquiera supo que era famoso, ves a la anciana de allá, ella es la mamá del director que la realizó, antes ambos estaban en un psiquiátrico de gobierno y en una de las visitas del ahora famoso director que para esas fechas también era un pobre diablo lo encontró así como lo ves, sosteniendo las páginas pero no estaban en blanco, contenían la historia que ahora es tan famosa, el director que discutía con su madre en cada ocasión, en un manoteo las tiró y mientras la recogía empezó a leerla. Bueno, el resto sólo nosotros lo sabemos y eso porque la anciana en sus momentos de lucidez lo repite hasta el cansancio. El director no devolvió las páginas, las cambió por unas en blanco y fue a venderla. El caso es que quizá por remordimiento o por un retorcido sentido de justicia, cuando trajo a su mamá se trajo al escritor.-

— ¡Pero eso no es justo! ¿Nadie lo ha denunciado?–

— ¿Para qué? Ve el rostro del escritor.–

El nuevo enfermero se acercó al escritor, su cara estaba relajada, sus ojos se movían ligeramente y sus labios se curvaban en una sonrisa, en otras circunstancias, en otro lugar, ese rostro en alguien cuerdo, sería el epítome de la felicidad.

— ¿Lo ves? Está fuera de esta realidad pero es feliz.–

— ¿Pero le robaron?–

— ¿Eso crees? Quizá si no hubiera pasado lo que pasó, se seguiría pudriendo en un psiquiátrico estatal, en cambio aquí, lo cuidamos, le damos de comer, lo bañamos. En otras palabras, lo atendemos para que el siga en ese mundo donde es feliz. Quién sabe, quizá en ese mundo lo acompañe la belleza que describió tan bien en “La Última Página” y si así fuera ¿No estarías feliz tú también?–

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