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1. Tradición laica de las ciencias sociales. Las ciencias sociales han estudiado, clasificado y también han discutido a la religión, con enfoques seculares. La distancia analítica que han ejercido los estudiosos de los fenómenos religiosos y los enfoques empleados para entender el papel social de la religión han sido por lo general desacralizadores. A la religión se le ha descrito, desde las ciencias sociales, como expresión del comportamiento humano. Ese abordamiento laico se aprecia desde los acercamientos a la religión que emprendieron los padres y padrinos de la sociología. Para Comte el desarrollo del espíritu humano tendría que llegar al estadio positivo. Marx subraya las capacidades de alienación y le adjudica a la religión la conocida frase sobre el opio del pueblo. Durkheim entendió las diferencias entre el mundo de lo sagrado y el mundo de lo profano. Weber sub-rayó la relación entre la ética protestante y el desarrollo del capitalismo pero cuestionaba la inhibición del esfuerzo colectivo que según ese autor propician otras religiones.

Desde la sociología, a la religión se la entiende como un fenómeno social y no como expresión dealguna voluntad divina. Pero además, desde Comte se ve a la religión como un dique para el desarrollo del pensamiento científico. La tradición sociológica ha mantenido una distancia y un talante crítico respecto de las religiones. Ha sido una tradición esencialmente laica, tanto en el método para aproximarse al estudio de lo religioso como en la crítica a la influencia de las religiones.

2. El laicismo no es una creencia. Compartimos el acercamiento que hace Pedro Salazar a la explicación de este concepto:

La laicidad constituye un proyecto intelectual que incorpora y promueve un determinado acervo de principios que dan carta de identidad a la diversidad y la pluralidad. Desde esa perspectiva el pensamiento laico constituye una “visión del mundo” en la que, en una aparente paradoja, hay espacio para múltiples “visiones del mundo”, en ocasiones encontradas. 1

Así entendido el laicismo es una actitud ante y para la diversidad, una postura frente al reemplazo del análisis por el principio de autoridad a ultranza (comenzando por la autoridad de orígenes divinos que la religión se asigna a sí misma) y ofrece un método para comprender la realidad pero también para discutirla.

Hay quienes afirman que el laicismo es la nueva religión. Es entendible que eso se diga con propósitos de propaganda, para descalificar la capacidad de esclarecimiento de las posiciones laicas, pero se trata de todo lo contrario. El laicismo es el reconocimiento
de que cada quien puede profesar el credo religioso que quiera, o ninguno. Es, además, la aceptación de la diversidad pero no necesariamente de las posiciones contenidas en ella.

3. Laicismo y espacio público. El reconocimiento y el desarrollo de la pluralidad requieren de un espacio público laico. Cuando la comprensión y el debate de los asuntos públicos quedan sometidos a cualquier forma de fundamentalismo, la deliberación y la democracia son imposibles. Interés público y laicismo van de la mano. El primero no puede entenderse sin la diversidad de posiciones y filiaciones de toda índole que hay en la sociedad. El laicismo admite, entiende y da cauce a esa pluralidad.

En el mundo contemporáneo, la variedad de culturas que se amalgaman pero que también se confrontan gracias a las migraciones, los intercambios de toda índole y la capacidad propagadora de los medios de comunicación, requiere del espacio público para encontrarse, reconocerse y admitirse mutuamente. Cuando tal espacio se encuentra dominado por una concepción religiosa, por una ideología o por un poder absoluto, el diálogo entre posiciones distintas es imposible. Deliberar implica reconocer al otro, o a los otros, como interlocutores, requiere de un ejercicio compartido de tolerancia y respeto. Las concepciones y actitudes excluyentes son incompatibles con la deliberación pública.

Sustentadas en la fe, a las creencias religiosas resulta imposible discutirlas con quienes las profesan. No hay razones o argumentos que valgan ante la decisión de asumir un dogma religioso.

Eso no implica que a las religiones no se las pueda examinar y debatir, al contrario. Pero ese análisis y la discusión correspondiente requieren de apertura y tolerancia. Cuando quienes profesan una creencia religiosa consideran que no debe haber espacio más que para esa fe, o cuando rechazan cualquier cuestionamiento a sus principios, símbolos o prácticas, se entrampan en el callejón sin salidas fáciles que es la intolerancia. Lo mismo ocurre cuando los fieles de un credo religioso pretenden que toda la sociedad, independientemente de sus convicciones religiosas o de la ausencia de ellas, se allane a sus creencias. Sometido entonces a concepciones fundamentalistas, el espacio público queda a expensas de un segmento de la sociedad. Se convierte en rehén
de una sola concepción; en la práctica deja de ser público.

4. Laicismo necesario en la academia. El desarrollo de la ciencia y de la reflexión requieren del contexto sin ataduras que sólo puede propiciar el laicismo. La libertad que es indispensable en la creación del conocimiento forma parte de las tradiciones del desarrollo académico y a esa condición es preciso ejercerla, revitalizarla y defenderla sin tregua. La libertad en el entorno académico se encuentra hermanada con la diversidad. Es preciso que en las universidades haya condiciones para cuestionar paradigmas científicos, definiciones académicas, marcos y contextos teóricos, sin que ningún principio de autoridad inhiba la deliberación. Se trata de que existan garantías permanentes para revisar y discutir cualquier tema. El espíritu universitario, así entendido, es esencialmente laico.

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Con razón, Michelangelo Bovero ha explicado:

La laicidad —me refiero al carácter laico de una concepción del mundo, más allá de los que sean sus supuestos ulteriores— es definida en primer lugar por su independencia de juicio respecto a las afirmaciones o creencias avaladas por una autoridad. La laicidad es ausencia de dogmas, de lo que es impuesto, aceptado y creído como irrefutable.2

Recientemente la UNAM adoptó un Código de Ética que establece a la laicidad como norma en las actividades universitarias:

La laicidad es un principio irrenunciable de la Universidad y todos sus miembros se obligan a protegerla y conservarla. El derecho a creer o a no creer en una deidad o religión determinada es un derecho fundamental protegido por dicho principio.

La laicidad se refuerza con la tolerancia y fundamenta la convivencia pacífica, respetuosa y dialogante entre personas que tienen creencias distintas y, en paralelo, exige de los universitarios una aproximación antidogmática y ajena a todo fundamentalismo en el quehacer universitario.

Esas garantías, que a la vez son exigencias para la diversidad y la tolerancia, no necesariamente se cumplen en nuestras universidades. En ellas, con frecuencia, la deliberación sólo ocurre de manera excepcional. La costumbre
de discutir posiciones encontradas, de abrir recintos académicos y oídos a los pensamientos más variados independientemente de lo heterodoxos, controvertidos o irritantes que puedan resultar, se practica poco en nuestras universidades. A la discusión con frecuencia se le rehuye, en contradicción con el talante antidogmático que debiera imperar en ellas.

Hace falta más laicismo y menos ensimismamiento en esas instituciones nuestras. En palabras, otra vez, de Michelangelo Bovero:

Laico es aquel que promueve un espíritu crítico frente a un espíritu dogmático y, por eso, reivindica el derecho a la heterodoxia en cualquier campo, para sí y para los que piensen diferente a él.3

5. Religión y religiosidad en la academia. El comportamiento laico es compatible con las convicciones religiosas. El laicismo es una actitud sustentada en el respeto a las creencias de otros pero no implica necesariamente que quienes lo sostienen no tengan creencias religiosas. La ciencia no es tal si se encuentra subordinada a dogmas. Pero los científicos, sin dejar a un lado el método de la disciplina que practican, pueden comprometer sus creencias personales con una fe religiosa.

La investigadora Elaine Howard Ecklund, de la Universidad de Rice, encabezó una investigación en ocho países para conocer la identidad religiosa de los científicos. Más de 9 mil 400 físicos y biólogos en Francia, Hong Kong, India, Italia, Taiwán, Turquía, el Reino Unido y Estados Unidos fueron encuestados. En cuatro de esos países más de la mitad de los científicos declaró tener alguna filiación religiosa. Se trata, por supuesto, de los países en donde la presencia de la religión está más imbricada con la vida social. En India el 94% de los científicos se declaró religioso, en Turquía el 84%, en Italia el 65% y en Taiwán el 58%. En Estados Unidos profesa alguna religión el 39% de esos científicos, en el Reino Unido el 37%, en Hong Kong el 31% y en Francia únicamente el 30%.4

A pesar de manifestar creencias religiosas, cuando a esos físicos y biólogos les preguntaron si están absolutamente seguros de la existencia de Dios,5 únicamente los científicos en Turquía respondieron de manera mayoritariamente afirmativa, con el 61%. La certeza en la existencia de Dios (o de varios dioses) es compartida por el 26% de los científicos en India, 20% en Taiwán y 17% en Hong Kong. En los países occidentales esa convicción es mucho menor: 10% en Estados Unidos, 9% en el Reino Unido y 5% en Francia.

Los autores de ese estudio apuntan que “los científicos religiosos pueden fomentar la secularización en la sociedad afirmando y manteniendo la autonomía profesional de la ciencia, separando completamente la ciencia de la autoridad religiosa”.6

6. Secularización del discurso religioso. Nuestra esfera pública es fundamentalmente laica. La tradición histórica en el caso de México, pero de manera más amplia el reconocimiento de la diversidad confesional y de la religión como un asunto privado, así como la separación entre los ámbitos público y privado, han propiciado el alejamiento del discurso religioso en el tratamiento de los asuntos públicos.

En México ha sido infrecuente —además de inadmisible— que se utilicen argumentos de carácter religioso en el tratamiento de asuntos de interés público (por ejemplo la educación, la salud, las relaciones dentro de la sociedad o las vicisitudes de la política). Parece impensable que un conductor de radio o televisión, o un articulista en la prensa escrita, propongan un argumento religioso para intervenir en una discusión sobre esos temas. Lo mismo vale para los personajes con responsabilidades políticas. Nadie, o casi nadie, defiende a un candidato o cuestiona al gobierno citando versículos de la Biblia. Nadie, por lo general, se opone al aborto o a la eutanasia apoyándose en el catecismo o en la doctrina de la Iglesia católica —aunque los argumentos de unos y otra coincidan punto por punto.

Los medios suelen ser conducidos por profesionales de la comunicación que tienen convicciones laicas y que difícilmente emplearían un argumento de autoridad religiosa. Incluso los ministros religiosos, cuando participan en la discusión de asuntos políticos, suelen abstenerse de esgrimir alegatos de esa índole.

El investigador alemán Jens Köhrsen ha sostenido que la religión se mantiene vigente en las convicciones de muchos ciudadanos en Europa Occidental pero, al mismo tiempo, ha quedado marginada en la deliberación de los asuntos públicos. El empleo de conceptos como “Dios”, “el diablo”, “la voluntad de Dios”, “Jesucristo”, entre otros, es notoriamente escaso para apuntalar posiciones políticas.

El razonamiento y la lógica involucrados en los debates públicos —sostiene ese profesor de la Universidad de Bielefeld— son fundamentalmente seculares y ajenos al razonamiento religioso. Eso no significa que los actores religiosos no traten de involucrarse ellos mismos en la esfera pública. Obviamente, participan en debates públicos. Pero para ello no despliegan conceptos religiosos. Las organizaciones religiosas se adaptan a la secularidad de los debates públicos al comunicarse de una manera no religiosa. De esa manera aumentan sus oportunidades para ser escuchados y reconocidos en los debates públicos. De otra manera posiblemente serían ignorados o se burlarían de ellos.7

Las iglesias, y especialmente la iglesia católica, ocupan espacios de audiencias limitadas en los medios de comunicación. Aunque el régimen jurídico de nuestro país no autoriza que las iglesias o los ministros de culto tengan o administren medios de comunicación, se mantienen y emplean diversos subterfugios para que esas corporaciones tengan acceso regular a espacios en radio y televisión. La católica y otras iglesias, además, exigen que sean derogados los impedimentos legales a la posesión de televisoras y radiodifusoras.

7. Por qué los medios de comunicación tienen que ser laicos. Laicismo es reconocimiento de la libertad de todos para profesar las convicciones o creencias que quieran. En tal sentido, el laicismo reconoce que la vida pública no debe estar condicionada a ninguna postura religiosa.

En ejercicio de los principios laicos la religión tiene un ámbito distinto del ámbito de la política, la educación se desarrolla sin condicionamientos ni subordinaciones confesionales, las personas tienen derecho a profesar sus creencias, o la ausencia de ellas, sin imponérselas a los demás. La religión, en esa concepción, se encuentra acotada a convicciones y recintos privados. Las expresiones religiosas se encuentran al margen de acciones y decisiones públicas.

Es decir, laicismo implica separación entre religión y vida pública. Así sucede en el parlamento, en la escuela, incluso en los templos. Con los medios de comunicación deberían tener vigencia los mismos criterios.

Pero a menudo la separación entre posiciones y convicciones religiosas y, por otra parte, la comunicación de masas, se dificulta debido a una apreciación parcial de la libertad de expresión.

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En ocasiones se considera que si todos tenemos derecho a expresar nuestras
posiciones, y si el ámbito por excelencia para ejercer la libertad de expresión en las sociedades contemporáneas es el que constituyen los medios de comunicación de masas, entonces podría estimarse que las iglesias deben tener acceso a los medios de comunicación. De allí la insistencia frecuente de las propias iglesias para ocupar espacios en los medios e incluso para ser propietarias de empresas de comunicación.

En esa apreciación se soslaya que la libertad religiosa es una prerrogativa de las personas, no de las instituciones. Y también se olvida el hecho de que los medios de comunicación se desempeñan en el espacio público que para ser precisamente eso (abierto, accesible, en donde se construyan interlocuciones y no monólogos ensimismados) requiere estar nutrido por posiciones abiertas al intercambio. Los puntos de vista que dependen de cartabones confesionales reivindican dogmas de fe que por definición no son discutibles para quienes los sostienen.

También hay que tomar en cuenta la singularidad técnica de los medios de radiodifusión. La televisión y la radio propagan sus señales a través del espectro radioeléctrico, o más recientemente en soportes tecnológicos como el cable, que son limitados y cuya utilización ha sido concesionada por el Estado. Se trata, por ello, de recursos públicos. Recientemente, incluso, la Constitución mexicana ha reconocido a la radiodifusión y las telecomunicaciones como actividades de servicio público. Esos medios de comunicación que tienen un carácter público, ¿pueden estar al servicio de una corporación que tiene visiones fundamentalistas y por lo tanto excluyentes como las que definen a las iglesias? La libertad religiosa ¿llega al extremo de incluir el acceso de las iglesias a espacios de difusión que no se dirigen a un segmento de la sociedad sino a toda ella?

A menudo el argumento más reiterado para justificar el apartamiento de las iglesias respecto de los medios de comunicación subraya el perjuicio que puede tener para la sociedad la politización del discurso religioso —o, en otros casos o dicho de otra manera, la confesionalización del discurso político—. La agenda de los asuntos públicos no puede o no debe supeditarse a creencias religiosas. Si esas doctrinas se trasminan a los medios de comunicación demasas para encuadrar la apreciación de los asuntos públicos, no habría ganancias sino pérdidas para la deliberación ciudadana.

La pregunta fundamental en este caso podría ser la siguiente: ¿es necesaria la voz de las iglesias en la deliberación de los asuntos públicos? Una postura libertaria, que considere que en una sociedad abierta todos, absolutamente todos tienen derecho a expresarse en esos segmentos definitorios del espacio público que son los medios de comunicación, consideraría que sí. Pero no hay que olvidar que cuando surgen de convicciones confesionales, los puntos de vista sobre asuntos públicos (pensemos en temas difíciles como el aborto y la eutanasia entre muchos otros) no aportan argumentos sino intransigencias. La ausencia de la óptica de las iglesias no garantiza que tengamos una esfera pública digna de ese nombre, con interlocutores capaces de argumentar y razonar. Pero la presencia de la perspectiva confesional definitivamente tiende a descarrilar el intercambio de ideas en cualquier tema. Así que si anteponemos la pertinencia de contar con un espacio público en donde el intercambio sea tan desprovisto de fundamentalismos e incluso tan racional como sea posible, y si recordamos las ventajas del Estado laico, entonces podemos reiterar acerca del acceso de las iglesias a los medios de radiodifusión: mejor no.

8. Espacio público laico para deliberar más allá de los prejuicios. Los fundamentalismos impiden escuchar. El diálogo en el cual se realiza el espacio público sólo es posible en un contexto de tolerancia. Entendida como la visión del mundo que admite siempre la existencia de otras perspectivas, la laicidad trasciende al respeto y la ausencia de dogmatismos en asuntos religiosos. Laicidad plena y cotidiana es una postura abierta en y a la diversidad.

Es posible hablar de laicidad en un sentido incluso más amplio —explica Valentina Pazé— para referirse no a una particular teoría o visión del mundo, sino a una actitud abierta a la crítica y la autocrítica, dispuesta
a escuchar las razones de los otros, y a la revisión de las propias opiniones. 8

Laicidad es una fórmula de convivencia, de hecho la única posible. Por eso es antípoda de la uniformidad, de la intransigencia y de las concepciones excluyentes de otras. De acuerdo con la misma autora:

Lo contrario de la laicidad, así entendida, son todas las formas de dogmatismo o fundamentalismo, religioso o no; todo uso acrítico del principio de autoridad (“es la palabra de Dios” o “de Marx”); toda pretensión de poseer las verdades indiscutibles.9

9. Laicismo e intolerancia en las redes sociodigitales. El espacio público se
amplía, aunque no necesariamente se enriquece, con las redes sociodigitales. La facilidad de acceso, la ubicuidad y la libertad que definen a esos territorios de expresión e interacción, los han vuelto indispensables como parte de la conversación social. Igual que en otras zonas de Internet, en Facebook, Twitter, Instagram, YouTube y otros sistemas articulados de manera reticular hay amplitud para la circulación sin restricciones de contenidos de toda índole. Allí se practica un intercambio de inédita abundancia y apertura.

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Internet es fundamentalmente laica en su carácter incluyente y en su estructura dialoguista. La circulación de ideas y contenidos de lo más variados le dan vitalidad a ese océano de expresiones. Pero en ella también hay prejuicios, oscurantismo y autoritarismos. Todos los dogmas y las sinrazones que brotan en el mundo fuera de línea, encuentran eco en el universo digital y, con frecuencia, logran adherentes dispuestos a replicar las simplezas y las intolerancias más toscas. Seudociencia y mentiras, sensacionalismos e imposturas, pululan en las redes sociodigitales, propalados en burbujas autorreferenciales donde escasean los contrastes y a la discusión se le reemplaza con imprecaciones.

Respeto, reconocimiento del otro y tolerancia, que son pilares de la cultura laica, se difuminan o son rechazados en esos microcosmos cerrados a la diversidad en los que con frecuencia se convierten las redes sociodigitales.

Los discursos de odio, los fundamentalismos de toda índole y así, la segregación de las posiciones críticas, encuentran espacio en la versatilidad y anchura de las redes digitales.

10. Debate público contaminado por fundamentalismos. El auge de posiciones políticas excluyentes señaladas por el racismo, el temor a la diversidad y la persecución a los otros, está definiendo una inquietante involución. El proceso civilizatorio, que se ha apuntalado en el reconocimiento a la pluralidad, experimenta amenazas y retrocesos en todo el mundo. Los discursos fundamentalistas, en ocasiones entremezclados con posiciones de intolerancia religiosa, se abren paso incluso en sociedades en donde el laicismo, entendido como compromiso con el respeto a la diversidad, parecía afianzado.

Ese retroceso hacia nuevos funda-
mentalismos tiene raíces e implicaciones complejas que apenas comenzamos
a comprender. Pero entre otros rasgos está definido por una recurrente abstracción respecto de la realidad. La circulación de impresiones y convicciones en las autorreferenciales redes sociodigitales, la pérdida de confianza en los medios de comunicación convencionales, el auge de discursos autoritarios y excluyentes, así como la inhibición de la reflexión crítica en amplios segmentos del espacio público, se han conjuntado para facilitar la proliferación de versiones incompletas, o de plano falsas, acerca de asuntos del mayor interés público. A las informaciones que lo cuestionan, el actual presidente de Estados Unidos las califica como
fake news. Al ensimismamiento autocomplaciente con versiones falaces, maquiladas con el propósito de engañar y que son creídas por decenas de millones de personas simplemente porque se ajustan a sus preferencias y prejuicios, se ha dado en denominarle posverdad.

A las falsedades en línea que cobran verosimilitud para quienes buscan una realidad construida a modo, es preciso enfrentarles hechos verificables. A la intolerancia que se manifiesta en prejuicios tan extendidos que ocasionan drásticos cambios políticos hay que debatirla en todos los espacios. Al fundamentalismo de las concepciones únicas es preciso contrastarlo con la realidad de una sociedad que se enriquece en su heterogeneidad. La posverdad a la que se ha debido, al menos en parte, el poder político y el respaldo social de personajes como Donald Trump, es antítesis de la diversidad, la tolerancia, el respeto y el talante dialoguista que definen a la laicidad. Esos atributos son más necesarios que nunca.



Notas

1 Pedro Salazar Ugarte, “Un archipiélago de laicidades”, en Pedro Salazar Ugarte y Pauline Cap-devielle (coordinadores), Para entender y pensar la laicidad, tomo I, UNAM y Miguel Ángel
Porrúa, 2013, p. 49.

2 Michelangelo Bovero, “Laicidad. Un concepto para la teoría moral, jurídica y política”, en Salazar y Capdevielle, op. cit., p. 263.

3 Bovero, ibid., p. 264.

4 Elaine Howard Ecklund, David R. Johnson,
Christopher P. Scheitle, Kirstein R. W. Matthews y Steven W. Lewis, “Religion among Scientists in International Context: A New Study of Scientists in Eight Regions”.
Socius. Sociological Research in a Dynamic World, American Sociology Association, Sage, Volume 2, 2016.

5 La frase ante la que les pidieron definirse fue “I know God exists, no doubts”.

6 Ecklund et al., op. cit., p. 6.

7 Jens Köhrsen, “How Religious is the Public Sphere? A Critical Stance on the Debate about Public Religion and Post-Secularity”. Acta Sociológica, No. 55-3, Sage, 2012, p. 282.

8 Valentina Pazé, “Educación para la laicidad, entre el Estado y la sociedad civil”, en Salazar y Capdevielle (coords.), Para entender y pensar la laicidad, tomo II, p. 470.

9 Ibid.

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