Langosta
El nuevo lenguaje del amor
en Yorgos Lanthimos

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Para nadie es una sorpresa descubrir que estamos viviendo una luna de miel con nuestros dispositivos portátiles. Pasamos una cantidad alarmante de nuestro tiempo mirando pantallas e interactuando remotamente con gente, apps e inteligencias artificiales en línea, con lo que nos creamos una extraña ilusión de compañía. Paradójicamente, de manera semejante a como buscamos refugio del entorno real en nuestros interfaces también usamos esos recursos en un desesperado afán de reconectar con nuestros semejantes y en particular de buscar compañía y amor. En un tiempo en que nos hemos convertido en cyborgs, permanentemente conectados a nuestros smartphones, distanciados de la gente que nos rodea y adictos a los estímulos constantes y permanentes que nos proveen nuestras extensiones de comunicación, información y entretenimiento, el cineasta griego Yorgos Lanthimos (Dogtooth, 2010, Alpes, 2012) presenta un futuro distópico inmediato o un presente alternativo fantástico en el que la sociedad no tolera el celibato, por tanto todo aquel que no tenga pareja se convierte en un paria y es enviado a un hotel, una especie de retiro, donde tiene cuarenta y cinco días para encontrar pareja o de lo contrario ser transformado en el animal de su elección para ser luego liberado en la naturaleza. Así la vida sin pareja es imaginada como una condición animal e incivilizada.

David (Colin Farrell) es un arquitecto depresivo al que su mujer ha abandonado, por lo que llega al hotel
acompañado de su hermano, quien ha sido transformado en perro. Ahí seguimos a David en sus torpes intentos por socializar al lado de otros dos personajes emocionalmente ineptos: el Hombre que cojea (Ben Whishaw)
y el Hombre que cecea (John C. Reilly). David escoge ser convertido en la langosta del título si no logra conseguir una pareja, ya que “viven muchos años, permanecen fértiles durante casi toda su vida y siempre les ha gustado el mar”.

El cine de Lanthimos se caracteriza por su destreza para construir universos que se rigen por valores absurdos y extraños, mundos herméticos en los que reinventa los códigos y normas sociales. En sus anteriores filmes exploró la mecánica de las relaciones familiares y los protocolos de la muerte, aquí se trata de desmontar el funcionamiento de la estructura de la pareja monogámica. La sociedad anti célibe aparece representada por una monótona comunidad suburbana con centros comerciales hipervigilados que hacen pensar en sociedades modernas y socialmente primitivas como la saudita. Langosta es su primera película en inglés con un reparto de estrellas internacionales y en ella se siente a un autor más completo y diestro en el manejo del humor negro, por momentos aproximándose a un tono entre Ionesco y Buñuel, así como a una atmósfera que evoca a Fahrenheit 451 (François Truffaut, 66) y a Ciudad Zero, (Karen Shakhnazarov, 89), aunque él ha declarado que sus influencias principales fueron Robert Bresson y John Cassavetes. Lanthimos y su director de fotografía Thimios Bakatakis se valen de una muy adecuada paleta de colores ocres, terrenales y deslavados; mientras la pista sonora está cargada de melancolía y evocaciones lastimeras reconocibles, que van desde Dmitri Shostakovich hasta Nick Cave.

Aquí la seducción y enamoramiento son materia de supervivencia y los parámetros de juicio con que determinan la honestidad de los sentimientos dependen de las autoridades, quienes tienen la función de evaluar si las relaciones son legítimas. La contraparte de esta sociedad totalitaria son los rebeldes, quienes optan por vivir en el bosque, al margen de la civilización y de la dictadura del emparejamiento. Pero ellos a su vez tampoco se
conforman con escapar de las reglas asfixiantes sino que se oponen
dogmáticamente a cualquier tipo de relación amorosa, castigando con
fanatismo a los infractores con rebanarles los labios por besar o con la muerte. La alegoría de Lanthimos de un mundo feliz a través de la imposición de un régimen donde la familia nuclear debe ser protegida, resulta una hilarante caricatura de las obsesiones conservadoras, pero los liberadores no parecen menos grotescos. La vida no es fácil para estos rebeldes ya que aparte de tener que sobrevivir al margen de la civilización deben escapar de los huéspedes del hotel, quienes tienen salidas de cacería regulares pues se les ofrece la oportunidad de extender su estancia en el hotel (y por tanto en su condición humana) si logran cazar disidentes.

Después de mentir y fracasar al tratar de establecer una relación con una mujer extraordinariamente cruel y fría (Aggeliki Papoulis, quien aparece en Dogtooth y Alpes), David se ve obligado a escapar con los solitarios, con tan mala suerte que se enamora de una de las mujeres de ese grupo y sus sentimientos son correspondidos, y así la historia se vuelve triplemente absurda. De tal manera el recuento de amores impuestos e institucionales se convierte en una historia de amor prohibido. El tono cambia completamente y el crudo humor negro se vuelve una oscura sátira social. Al presentar estas comunidades con valores antagónicos Lanthimos explora y desmonta los lenguajes no verbales de la atracción y el amor, las señales sutiles, los gestos, los códigos silenciosos y pone en evidencia lo inadecuadas que son las palabras.

Los ingenuos métodos que emplean los célibes para tratar de conquistar personas del sexo opuesto en cierta forma hacen eco de las personalidades que nos inventamos en línea, de las características superficiales que enfatizamos al rediseñar nuestra persona con el fin de complacer instantáneamente. La atracción en este mundo no está sostenida en relaciones profundas, ni siquiera en el placer estético mutuo, sino en “características definitorias” compartidas, ya sea que dos personas sangren de la nariz o que les gusten las galletas. Este es un universo en el que la vida interna parece haber sido abolida y en el que la masturbación está prohibida y es severamente sancionada ya que es un acto de individualismo. Es un mundo hiperinformado donde reina la ignorancia del sexo opuesto. Es una sátira de la era de Tinder, como han dicho varios, y con todo su desternillante ridículo es una inquietante radiografía de la esquizofrenia contemporánea.

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