Las Claves

Antonio Gamoneda (Oviedo, España, 1931) cierra los ojos y de sus párpados brotan pasiones añadidas a los prontuarios de todas las apetencias que se agolpan en las confidencias. Estaciones que son puertos: dársenas que son tranqueras: aldabas que punzan el jugo de la madera: cerrojos de bronce para proteger la cordialidad de la elipsis. “La claridad hablada, tiene la boca en la tumba de los sonidos”. Los versos de Gamoneda se columpian en la amanecida perplejidad de lo inocente: llegar a su alborada, inscribirse habitante de explanadas desvestidas.

La prisión transparente (Vaso Roto, 2016), de Antonio Gamoneda: poemario que irrumpe acuoso en las hondonadas del castellano. Extravío de verbos insinuantes y también liviandades apiñadas en los eventos del dudoso olvido.
Instantes que se abrevian en la memoria para que la designación sea la posibilidad de borrar los excesos del hombre: “Me pregunto si en este instante nada es cierto o incierto, si al menos en este instante, / es posible fingir / hasta creer. / No / sé. / Apenas / es posible / olvidar.” Escasamente es viable decir ahora por qué estamos pendiente de la pausa y no de la eterna trascendencia del sueño.

Mudanzas en las sediciones de Georg Trakl (Es sombrío el otoño en su frutal plenitud…), Nezahualcóyotl (Levantad vuestro corazón sabiendo / que nadie vivirá para siempre), Stéphane Mallarmé (Mi incertidumbre, mi viejo cúmulo de sombras, se agota / en el sutil ramaje que aún es materia de los bosques), Herberto Helder (Somos estrellas que cantan; cantamos con nuestra luz), Plinio (Sierpe pequeña, de ojos encendidos y encono mayor), Dioscórides (Humores: licores vagabundos en los cuerpos vivientes) / Expediciones a un catálogo de supuestos, trenzado a postraciones bordeadas desde alterada geometría verbal: acasos empapados en un agua amordazada. “Hasta aquí, mi primer extravío. En adelante, voy a decir o no de mis circunstancias, de mi soledad en mí.”

Habla extraviada en los descensos que sedimentan el abandono. Voz que se multiplica: tonos que se involucran en acentos forasteros para reconstruirse en el delirio. (Trakl era un perturbado por los encantos de su hermana:
transgresión de íntima conjuración. El incesto es un lenguaje que nunca encuentra su consuelo). Mallarmé se ensimisma en la música de Debussy: el mar envuelve su prosodia de violas desafinadas que escaldan la armonía de su yo. Nezahualcóyotl se mira en los espejos donde Gamoneda busca el resplandor de Texcoco. / ¿Sigue la palabra en su desnudez provocativa abjurando el tiempo?: todo poema es una traición al lenguaje, parece decir Gamoneda. Vaguedades que se erigen como atribuciones. “Yo soy el poeta // Como el ave del agua, permanezco en la celebración y sobrevuelo / la celebración. Yo soy el que canta sobre el temblor del agua”, advierte el autor de Canción errónea. / La prisión transparente: abraso en inferencia de amor, dolencia, franqueza, soledad. Un desamparo ronda estas coplas de redundado aticismo quevediano.

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró