Las Posibilidades Del Viaje

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Cuartópolis

I

Cuando el viaje se avecina y asoma y nada excepto la muerte o una enfermedad repentina puede evitarlo, comienzo a sentirme muy amedrentado. Los compromisos que deben cumplirse resultan letales a cierta edad en que uno ha alcanzado la sabiduría de los perros. Apenas me introduzco a un aeropuerto la atmósfera se torna enrarecida y el solo hecho de imaginarme sentado dentro de un avión al lado de un ejecutivo dispuesto a “hacer amigos” o a entablar una “amena charla” me pone irritable y nervioso. Sus computadoras, su arrogancia impostada, su vestimenta uniformada, su burda amabilidad, todo en ellos me parece enojoso, despreciable. Como he escrito, Thomas de Quincey, en sus viajes por las afueras de Londres, solía conversar con toda suerte de personas. Hablar con un desconocido abría para su causa la veta de un material extraño. El mundo se encuentra contenido en la experiencia de quien no conocemos, un
solo extraño basta para ampliar el mundo
un infinito número de veces. O para cerrarlo definitivamente. Y, sin embargo, hoy, como en la época en que el malhumorado Nietzsche vivió,
los humanos se asemejan cada vez más entre sí y resulta sencillo predecir su comportamiento y anticiparse a sus reacciones.

El viaje continúa siendo para algunos experiencia de liberación y, por tanto, un equipaje voluminoso es similar a grilletes o a jorobas que vuelven más penoso el transitar por tierras extrañas. ¿Existen hoy las famosas tierras extrañas? ¿Hay una América perdida en el océano? Lo dudo mucho. A la hora de aliñar el equipaje, es bueno dar por sentado que las maletas se extraviarán en el camino: de ese modo no llevará uno consigo más que la osamenta original y un par de trapos para cubrirse y no provocar conmiseración. Las mujeres, en general, siempre en general, hacen caso omiso de tan selecto principio y son escasas las que viajan con un equipaje discreto. Van como mulas colgando bultos en ambos costados. Si lo hicieran, si ahorraran equipaje, el misterio que las rodea aumentaría y con ello también su belleza. La ligereza en la carga es señal de inteligencia y dominio. Una digresión más: he llegado a la conclusión de que la más profunda diferencia entre los hombres y las mujeres es que mientras ellas continúan siendo un misterio para los hombres, nosotros no lo somos en absoluto para ellas: somos niños a los que se soporta o se educa, a los que se quiere o se engaña, pero jamás encarnaremos un verdadero misterio a sus ojos. Es probable que nuestro misterio se pierda al nacer, al realizar el primer viaje a la vida. Qué sé yo.

Cuando fui joven, y nunca apuesto, conocí mujeres sorprendentes en las tierras donde planté mi humanidad, pero el asombro que emitía su personalidad se esfumaba apenas decidíamos emprender un viaje juntos. ¿Por qué se obstina uno en viajar acompañado? Me pregunto. El ritmo de los pasos es distinto, la curiosidad transita por los más variados senderos y uno debe ceder cada día un poco de su independencia. La democracia del ritmo y de los pasos es una contrariedad y es injusta y torpe. Viajar acompañado me niega el gusto de tomar malas decisiones, incluso suicidas, pues la amabilidad te exige que preguntes a tu acompañante acerca del destino que habrá de tomarse. Y además culminas la desastrosa faena cargando maletas que no son tuyas. Ningún amor es suficiente para soportar el exceso de peso: no se debe cargar un ataúd a destiempo. He visto a viejos dentro de un avión mirar a su pareja a través de una mirada agobiada que parece exclamar: “Llevo esperando tu infarto cerca de treinta años”. “Si te mueres volveré a nacer.” Y cosas por el estilo.

En Cool Memories, Jean Baudrillard ha hecho notar lo excitante que resulta el momento en que una mujer se descalza y empequeñece de manera repentina. Se hace maravillosamente minúscula y su rostro cambia: “Inaugura la intimidad en lo que tiene de más seductor”. Lo dicho: un par de maletas menos torna a una mujer mucho más seductora y versátil, le ahorra bestialidad y se convierte ella misma en un perfume. Eso no sucederá: en la vigente opinión de una mujer las maletas y la belleza se encuentran íntimamente ligadas y resulta imposible divorciarlas.

Los viajes se aproximan y mi joroba crece, los pies se bañan de plomo y la mirada entristece sólo de pensar en las horas de vuelo y en la carga que supone el encontrarse con extraños que no lo son porque son como las piedras o las verrugas que todos conocemos.

Y aquí una irregular apostilla en pos de la nada reducida: como si fuera un castigo ejemplar impuesto a mi vanidad ya casi no me es posible viajar a solas: no tengo fuerzas y me he vuelto medroso: en caso de insistir en cultivar el movimiento viajaré acompañado el resto de mis días: sea por mi mujer, una enfermera, una cajera de banco o una gimnasta, cualquiera de ellas me permitirá mantenerme lo más posible alejado de la “gente interesante”. Benditas sean.

Insistir y continuar avanzando a pesar de que se camina en círculos, seguir a un instinto que no sabe acertar (sus aciertos son los tropiezos), o responder a un nombre y apellido que no siempre corresponden al humor de una misma persona, son todas ellas acciones humanas, en el sentido más íntimo y arraigado de la palabra humanidad: ser y encarnar en una pregunta en vez de hacerlo en una respuesta. Si fuera posible decidir sobre las alteraciones del mundo físico no me perdería la oportunidad de ser una piedra, me partiría en cien fragmentos que mantendrían su consistencia: un meteorito o un basalto; una montaña o un planeta; piedras que poseen tamaño porque el hombre las mide a su conveniencia, pero que dan la impresión de ser esencialmente tan similares, serenas y pacientes. En cambio, el yo se transforma a cada golpe de viento, el hombre que toma una decisión no es la misma persona que sufrirá las consecuencias. Lavamos la ropa que usaron otros. E insisto en ello porque a lo largo de una vida disipada en las canaletas urbanas, no he hecho mayor descubrimiento que el siguiente: el ser que nace no es el ser que muere. No el Ser en su sentido trascendental (no soy filósofo), sino el ser vuelto existencia y gravedad: el ser que está. A lo largo de la vida este yo se dispersa y se transforma en otros yoes que ni siquiera se reconocen entre sí. “El yo cambia tanto como el cuerpo. Lo que tememos de la muerte, el fin de la estabilidad, sucede ya en gran parte de la vida.” (Ernst Mach).

II

Se cumplirán casi tres décadas desde que, encerrado en un minúsculo departamento de la calle Miramar, cerca del metro Ermita y a una cuadra de Calzada de Tlalpan escribiera yo cierta novela que nunca fue publicada y a la que puse por título Cuartópolis. Es indudable lo ridículo y ordinario de este nombre, mas sólo quiero llamar la atención en el hecho de que, siendo muy joven, relaté la historia de un personaje que circunscribía el mundo entero a su habitación, un hombre cuyas aventuras sucedían entre las paredes de su modesta vivienda. Como escritor en ciernes y aprendiz de borracho sabía desde entonces mentirme a mí mismo, y si bien creo haber sido sincero a la hora de escribir aquella novela y anhelar habitar un mundo reducido a las dimensiones de una modesta pieza, apenas amueblada por la cama y el buró, también poseía la fortaleza suficiente para abandonar esa habitación y viajar, como si mis pasos fueran palabras y tuviera yo un derecho legítimo a balbucear mi persona en cualquier parte de la Tierra. Ahora sé que existe la libertad para viajar, pero que sólo unos cuantos tienen derecho a hacerlo. Y yo no soy uno de ellos, porque mi alegría al viajar es siempre seca y limitada.

Un miércoles del año 2012 me encontraba en Montevideo y el deseo de no haber zarpado nunca de aquella habitación en la calle Miramar volvió a hacerse vigente (la maldita rumia acobardada a la que no logro acostumbrarme). Aquel miércoles, el puerto fue cerrado debido a que vientos temibles abatieron la ciudad y la embarcación que me llevaría de vuelta a Buenos Aires condenó su partida a un futuro incierto. Los árboles forzados a salir de la tierra y a romper la loseta, las arrugas del presidente Mujica, la lluvia de vidrios sobre el piso y las miles de sombrillas destartaladas que sus propietarios lanzaron al piso al darse cuenta de que el viento las hacía inútiles, fueron constantes a lo largo de aquel caminar a la intemperie. A la hora de cruzar cualquier bocacalle de la Plaza Independencia uno debía formar cadena con otras personas tomadas del brazo para que el viento no las izara en la punta de un árbol o de un edificio. La peripecia me llevó a recordar a la secta sansimoniana, cuyos cofrades vestían un hábito que se abotonaba por la espalda para de ese modo hacer evidente la dependencia que cada uno tenía de los demás. Sádico aprendizaje. Como era de esperarse en un aprendiz de misántropo, preferí rodear la plaza que verme entrelazado con desconocidos que en otra clase de situación me rebanarían las venas del cuello. Y el sonido del viento parecido al de una espada en busca de mil cabezas.

Allí, en Montevideo, atormentado por el habla de la ventolera a punto de trastornar la tranquilidad de la razón, me di cuenta de que era yo otro, uno que asoma el ojo cada cuatro o cinco años a la ventana de mi cuarto para decirme: “No seas bárbaro, quédate allí dentro, y no muevas un músculo”, el yo más cobarde y taciturno, encallado como un trasto viejo en una rambla macerada por los estrepitosos golpes venidos desde Río de la Plata, agua de un río que dos días después del ciclón parecía no haber roto un plato, mustio y melancólico, y gris como el lodo que ha descubierto el sol.

Es posible que durante los más de cuarenta días que se prolongó el confinamiento en su casa, ya en el ocaso del
siglo dieciocho, Xavier de Maistre, autor de Viaje alrededor de mi habitación, haya experimentado más olas y vientos que un antiguo almirante genovés, pero de lo que puedo estar seguro es de que, aun enclaustrado, De Maistre se desdobló en muchos otros desconocidos que lo hostigaban y lo conminaban a continuar, a insistir, a subir a una montaña a la que simplemente le habían robado la cima. Quién pudiera encarnar en la dura piel de una piedra.

La melena
de Ibsen

Rüdiger Safranski recuerda en el libro Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía que el padre del filósofo deseaba para su hijo una vida sedentaria, renuente a los placeres del viaje, una vida de estudio y preparación, una carrera comercial que Arthur aborrecía. Aquel que se comprometa a viajar alrededor de su mente tiene que dejar el cuerpo en casa y debe ser capaz de renunciar a la seducción de los vientos y al
tentativo llamado de las tierras lejanas, suponía el padre de Schopenhauer. En su opinión la equitación y el baile ayudarían a su hijo a desterrar de su cabeza ambiciones filosóficas o ánimos trotamundos. Para la fortuna de sus lectores y en beneficio de la libertad elemental, Schopenhauer no le hizo mayor caso a su padre y además de viajar constantemente abominó de los
negocios y escribió varios libros de filosofía esenciales y controvertidos. ¡Qué consejos tan necios y bellacos son capaces de ofrecernos nuestros propios padres! Hay que mantenerse alerta para mandarlos al infierno cuando se empeñen en confundir su vida con la nuestra.

Mi padre, tan autoritario como el padre de Schopenhauer, no me dio ninguna clase de consejo respecto a los viajes. Éramos tan pobres que ni siquiera imaginó que su hijo fuera capaz de cruzar frontera alguna. Hasta cierto punto él podía ser considerado un hombre razonable y se conformó con el milagro de que no fuera yo un holgazán o un repartidor de pizza (una de las profesiones que yo más respeto, no está de más ponerlo muy en claro). Cuando llego a una ciudad cualquiera mis primeros pasos apuntan a visitar sus cementerios, sus mercados y sus zoológicos, esto en caso de que la ciudad sea tan grande como para contar con un parque de animales.
¡Cuántas bestias humanas solazándose y haciendo mal en las calles y tantos animales inofensivos y amables recluidos en cautiverio! Después pregunto y averiguo dónde se ubica el monumento o el sitio más alto de la ciudad: tomo aire suficiente, me lleno los pulmones de viento y comienzo la escalada sin importar a qué distancia o a qué altura se encuentre la cúspide. Tan sencillo que sería morir y descender un metro bajo tierra, pero a diferencia del padre de Schopenhauer, creo que la persona que desea viajar con la cabeza debe poner su cuerpo, axilas y zapatos también en movimiento.

En la recurrida y minúscula ciudad de Sintra, en Portugal, tardé, por ejemplo, tres horas escalando la sierra en busca del Palacio de Pena. Alarde innecesario pues de Sintra partía, rumbo a la cima, un autobús colmado de turistas que husmeaban curiosos por las ventanillas. Y no conforme con el agobiante ascenso al Palacio, inicié al día siguiente una caminata de veinte kilómetros desde Sintra hasta Cabo de Roca, conocido como el lugar más occidental del continente europeo. “Tú no quieres viajar, lo que en realidad te emociona es sufrir”, me espetó Yolanda, mi compañera de viaje quien, en esa ocasión, se negó a seguirme hasta Cabo de Roca. “No es así —dije—, tengo la teoría de que las neuronas más desarrolladas están asentadas en las rodillas y hay que ejercitarlas.” En El buscador de almas, la novela de Georg Groddeck —novela publicada por Freud—, el personaje de doble personalidad August Müller-Thomas Weltlein, afirma en contra de los científicos de su época: “Se puede inferir que la melena erizada de Ibsen es un síntoma de esa ambigüedad entre la mentira vital y la verdad de la vida.” Y también dice: “Cuando el cerebro piensa, también lo hacen las puntas del bigote al igual que las uñas y las mucosas intestinales.” La descripción o la idea de que el cerebro se extiende por todo nuestro cuerpo e incluso más allá la encontré nuevamente en el libro más famoso de Gilbert Ryle, El concepto de lo mental, pero no entraré en ello porque de teorías sé poco: ya el sobrevivir día con día forma en sí una mala teoría que se comprueba con la muerte. Yo lo único que sé es que las rodillas me duelen cuando pienso, y viceversa. He comprobado esta dolencia en cualquier ciudad en la que me encuentro y así he ascendido a la Alhambra en Granada, al Cerro de la Bufa en Zacatecas, o al Castillo de San Jorge en Lisboa. Subir cientos de metros antes de ser enterrado un metro bajo tierra. Aclaro que no habita en mí ninguna clase de impulso místico y que abomino la metáfora de la ascensión divina. Sin embargo, encuentro saludable martillar las rodillas y despertar a las neuronas meniscos. Por ello insisto en trepar por un cerro hasta el cementerio inglés en Real del Monte, Hidalgo. Un cementerio en las alturas, eso sí que representa una belleza inmerecida. Subir para bajar, ascender y ser enterrado, echar a andar camino al cielo y terminar batiéndose en el lodo. Asciendo, agotado y encorvado. No tieso, como el padre de Schopenhauer, sugería. Qué miedo tenía ese hombre a que su hijo se encorvara: “Una posición erguida —le decía— es tan necesaria en el escritorio como en la vida común, pues cuando la gente ve a alguien en los salones tan encorvado, lo toman por un zapatero o un sastre disfrazado”. Mi padre, testigo también de mi espalda juvenil algo curvada, no perdió su tiempo en sugerencias y me envió directamente a una escuela militarizada. Y de allí, como es de suponer, salí más chueco y más zapatero. Sí, pero no dejé de andar y de subir —que no escalar— cerros, y de escribir libros.

Berlín

“Debemos aceptar las cosas tal como son, aceptarse uno mismo y no darle demasiada importancia al destino, los berlineses somos enemigos de la fatalidad, no somos griegos”, son éstas las palabras que Alfred Döblin hace pronunciar a uno de los personajes de su novela Berlín Alexanderplatz. La escena se desarrolla en una vieja taberna en la Rosenthaler Platz en cuyo vientre los hombres se dedican a jugar billar y a charlar con desconocidos.
Cuando leí esta novela tenía poco menos de un año viviendo en Berlín y podía ubicar más o menos los barrios a los que aludía
Döblin en ella durante el periodo de entreguerras (la obra apareció en 1929 y con ella nació, en muchos sentidos, la novela moderna alemana). De hecho se volvió un pasatiempo para mí reconocer en un mapa las rutas de los tranvías que atravesaban la ciudad en los años veinte; y cuando paseaba por ciertas calles gustaba decirle a mi acompañante: “Sé que no te interesa, pero justo por esta calle, en Münzstrasse, paseaba Franz Biberkopf, el personaje central de Berlín Alexanderplatz, sin rumbo determinado antes de visitar la casa de sus amigos judíos”. Y armado de la misma paciente ociosidad me aprendí de memoria el itinerario del tranvía número 68 desde la Rosenthaler Platz hasta el manicomio de Herzberge, de modo que cuando deseaba poner de mal humor a mi mujer le recitaba con mala pronunciación cada una de las estaciones en las que se detenía el tranvía. Es una tragedia que la vida de un lector se desmorone de esa manera (viviendo mundos que no le pertenecen), pero siempre ha sido así y dudo mucho que, en mi caso, esta situación cambie.

Es cierto que los berlineses son enemigos de la fatalidad, aunque no podría decir que carecen de espíritu griego, lo cual es bastante sencillo de comprobar después de dar una vuelta por la ciudad. Es como si desearan borrar de su mente la posibilidad de una tragedia próxima o si hubieran decidido no perder su tiempo en dramas que de todas maneras sucederán. Les debe parecer redundante hacer nacer el arte de la tragedia y vivir al mismo tiempo bajo la carga de una fatalidad cotidiana: parecen estar preocupados. He tenido la impresión de que la cita que tomé de Berlín Alexanderplatz atrapa bastante bien mi experiencia con los alemanes que traté durante más de un año en Berlín y que casi nunca me hicieron sentir como a un extranjero. Comprendo que los berlineses no son precisamente alemanes, pero lo pasaré por alto. La ciudad es extendida y los dos ríos que la bañan, Spree y Havel, son pacíficos y transitables. Las bicicletas no cesan de moverse en todas direcciones, como electrones cuyo rostro no puede reconocerse, y durante el verano los lagos atraen a sus aguas a toda clase de
visitantes: no podría contar el buen número de botellas de vino que en comidas de campo a orillas del Krumme Lanke bebí en compañía de mis amigos (yo, en realidad casi no comía, excepto una sopa, pero el vino y los vodkas son también “sagrados alimentos”). Es éste un relato trivial, pero cuando uno vive en una ciudad extraña son las experiencias más modestas las que sumadas le dan a uno la imagen que más tarde habrá de guardar en la memoria. El que durante el verano las jóvenes se desnudaran para tomar el sol en el Rudolph Wilde Park a sólo una cuadra de donde yo vivía, o el que decenas de conejos aguardaran la noche para salir de sus madrigueras y reunirse en pequeñas pandillas apenas iluminadas por una lámpara lejana, me vuelven a situar en medio de un Berlín que de tan real se ha vuelto imaginario.

Es comprensible que siendo escritor haya dedicado buena parte de mi tiempo a la vagancia; a causa de ello me percaté de que la presencia de arte callejero en Berlín provoca que el paseo se vuelva una constante en el vivir urbano de los alemanes. No solamente los restos del muro que dividió la ciudad se convirtieron en superficie ideal para la pintura o el estarcido, sino que barrios como Kreuzberg o Prenslauerberg han tomado parte de su sangre de las imágenes anónimas que tapizan sus paredes. El impulso primitivo tan propio del romanticismo alemán más la necesidad de colmar el vacío de una ciudad arrasada por las bombas y dividida durante casi tres décadas por un muro absurdo, dan a Berlín un aire de ciudad nueva y sabia a la vez (incluso dos de las construcciones que más sufrieron estragos durante la guerra, el
Reichstag y la Iglesia del Kaiser Guillermo, se han mantenido en su sitio como metáforas de una vida que continúa sobre las ruinas y no se detiene). Y así como encontré a cada paso tabernas, bares o espacios para el arte sin mayor pretensión que el manifestarse o el poblar los andamios subterráneos de la ciudad, también visité complejos tecnológicos o fortalezas posmodernas como la estación de trenes (Berlin Hauptbahnhof) o el conjunto arquitectónico de la Post-damer Platz: vanidades de la tecnología.

Las noches de noviembre son extensas y negras como una cueva de montaña y la melancolía o los sueños suicidas aparecieron por primera vez durante mi estancia en el barrio de Schöneberg. El cielo toma una coloración extraña durante los días, y el frío comienza a volver inhóspita una ciudad que normalmente es demasiado gentil. Justo en un noviembre de hace casi dos siglos se suicidaba en Potsdam un escritor extraordinario y poco conocido, Heinrich von Kleist, cuyos relatos leí durante un periodo de mi estancia en Berlín (el azar provocó que Michael Gaeb, mi amigo y agente literario, me obsequiara el libro Narraciones justo el día exacto en que muchos años atrás Kleist eligiera para suicidarse junto con su amada Henriette). Aludo a este pasaje sólo con el fin de acentuar que en situaciones extremas el invierno hace que las razones se conviertan en sospechas tenebrosas, sospechas que en mi caso logré paliar sólo a través de la escritura o con una buena garrafa de Jägermeister.

En el andar nocturno me encontré con tantos lugares en los que escuchar música, beber y gastar las horas en parloteos que se dan sólo porque la atmósfera lo permite, desde sótanos hasta bares luminosos en los que un pinchadiscos ensimismado y escondido tras una barra apenas si levanta la mirada para echar un ojo a la clientela. Y pese a que nunca nos quitaremos de encima la triste pedantería que encarnan los bares de moda, éstos no dominan el horizonte nocturno de Berlín: aquí cada antro debe ganar su espacio en la aldea, echar raíces y vivir con plenitud su decadencia. Ejemplos vivos fueron entonces el Ball Haus, en Mitte, el cccp en Torstrasse o el White Trash, en Schönhauser Alle. Termino esta mirada oblicua con una observación totalmente imparcial ya sugerida antes: Berlín no es precisamente Alemania, aunque de algún modo la contiene, y parece marchar en otra dirección. Durante una visita que en 1950 hizo Hannah Arendt a Berlín remarcó el hecho de que la población berlinesa odiaba profundamente a
Hitler y que una vez derrotado el ejército alemán esta población no hizo más que respirar aliviada y comenzar la construcción de su ciudad en escombros. Todavía hoy se pueden advertir aquí las consecuencias de ese desahogo histórico del que nos habla Hannah Arendt, además de que el placer que causa haber echado a tierra un muro dota a la ciudad de un humanismo mundano, saludable en una época en la que domina la barbarie tecnológica y las ciudades occidentales comienzan a parecerse cada vez más unas a otras.

Un número oneroso de ciudadanos berlineses se desnuda para tomar el sol en verano, lo hacen regados en los jardines como víctimas del invierno, sobre la banca de un parque, alrededor de los lagos, a orillas del río e incluso sobre los toldos de los automóviles. La costumbre que tienen de desnudarse no oculta la algarabía demencial con que reciben el calor después de siete meses de soportar y sufrir los aires helados. Es un renacimiento anual que se vive como una fiesta a la vez íntima y colectiva. Este placer es muy contagioso, pero no tanto como para hacer que un hombre pudibundo como yo, proceda a encuerarse en cuanto una manada alemana lo hace. Si me avergüenzo de mi mente, con más razón lo hago de mi cuerpo y de sus formas poco equilibradas, tiradas al azar, toscas.

Cuando finalmente me acomodé en Berlín acudí en varias ocasiones a Strand-
bad Wansee, la extensa playa que se encuentra en un ensanchamiento del río Havel. En este lugar se hallaba un centro nudista limitado apenas por una escuálida verja, y los cuerpos desnudos de los berlineses hacían más silenciosas las aguas tranquilas y tibias del balneario. Fiel a mis costumbres de ocultamiento buscaba el lugar más apartado de la playa, me desvestía hasta quedar en bermudas y me zambullía en el agua durante dos o tres horas. Después con los pies de nuevo en la tierra, compraba un litro de cerveza, un par de salchichas humeantes y leía un libro cobijado en alguna sombra antes de volver a mi departamento al atardecer. Nada digno de contarse o leerse. Todavía encuentro arena entre las páginas de los libros que llevaba conmigo.

Confieso que el mar o los ríos ejercen sobre mí un efecto que impide mi concentración en la lectura. El movimiento de las aguas impone su ritmo y las letras se desvanecen ante un horizonte de sensaciones marítimas que todo lo cubren. En cambio, puedo leer durante varias horas a las orillas de un lago de aguas estancadas. No podría imaginarme a Berlín sin esos dos lagos en el bosque de Grunewald que casi se tocan, pero que llevan nombres diferentes, Schlachtensee y Krumme Lanke. Yo paseaba en sus alrededores principalmente en el final de otoño cuando los árboles parecen manos cadavéricas emergidas de una tierra helada y húmeda. Cuánta belleza encontraba en los atardeceres sentado sobre una piedra en Schlachtensee; y a diferencia de los berlineses que anhelaban la visita del sol y de los cielos claros, yo perfeccionaba mi amistad con el invierno. La rata que he sido siempre probó los dulces de la felicidad romántica, idiota, pastoril y corrosiva. No me retracto.

Como nadie es dueño de sus actos, quiero decir de sus pasiones, que en sí son actos en potencia, una tarde me encaminé, acompañado de varios amigos, hacia Wandlitz, Brandenburgo, al noreste de Berlín, donde se hallaba Liepnitzsee, un modesto lago que a diferencia de los que yo conocí contaba con dos islotes en medio de sus aguas. Luego de beber una botella entera de vino blanco me sentí embriagado y no pude resistir la tentación de zambullirme en el lago con el propósito de nadar cerca de doscientos metros hasta tocar la tierra de la isla más grande. A mitad del camino estuve a punto de sucumbir, mis brazadas amainaron, mis piernas se pusieron tensas y el miedo hizo presa de mí. Estuve a punto de morir ahogado y, ahora que recuerdo el incidente, sé que ese hermoso lago habría sido una magnífica e inmerecida tumba para mí. Cuánto extraño el fondo letárgico que la suerte me quitó de las manos. Si al menos uno de mis pulmones hubiera reventado ésta crónica tendría un sentido único y exaltable.

Suiza,
Walser
y un piano

Los recuerdos que se tienen de una persona a quien se conoce sólo por sus libros son extraordinarios. Nos hacemos de este escritor una imagen tan personal que, seguramente, no coincidirá con la idea que del mismo escritor posee otra persona. Y, sin embargo, la imagen que muchos de sus lectores nos hemos formado del escritor suizo, Robert Walser, posee un punto en común: el hecho de que se haya internado en un hospital siquiátrico por voluntad propia durante casi tres décadas y que le fuera permitido pasear por los alrededores de la región cuando él lo deseara. Esos paseos tuvieron lugar en los alrededores de Herisau, en la Suiza alemana, y muchos de ellos los realizó junto a su albacea y amigo Carl Seelig, quien escribió la memoria de esos viajes en su libro Paseos con Robert Walser. En 1956, durante una de las largas y solitarias caminatas sobre la nieve, Walser se desploma muerto y desde entonces el mito de su libertad y encierro comienza a hilvanarse en la conciencia artística de nuestro tiempo.

Cuando visité Suiza por primera vez era yo aún demasiado joven y mis lecturas de escritores suizos se reducían a Jean-Jaques Rousseau y a Denis de Rougemont. Aún no encontraba en mi camino a Cendrars, Ramuz, Max Frisch, ni mucho menos a Robert Walser. Estuve durante el invierno en Fribourg, una pequeña ciudad rodeada de paisajes bucólicos y pastoriles. Y cuando uno siente ser una vaca, entonces es una vaca. Me habían prestado un departamento por varias semanas y me sentía tan contento de haber encontrado en ese pueblo un atenuante al escándalo urbano que la primera noche comencé a aporrear el piano como un atorrante iluminado. No tardó una vecina de avanzada edad y mueca amarga en tocar a mi puerta e insultarme. ¿A mí? ¿Al instantáneo Sid Vicious que pateaba el culo de las ovejas? A los ojos de esta vecina, una morcilla en pie, no era yo más que un bárbaro sin virtudes y un enemigo del silencio nocturno: el más hermoso de todos los silencios puesto que precede y anuncia la paz del mausoleo. Qué idiota contradicción la mía: escapar del ruido urbano y llevarlo al mismo tiempo dentro de la maleta. El primitivo feliz, el hombre natural de Rousseau reprendido por el bulto arrugado, la vieja, la otra parte de Rousseau, la de El contrato social.

Si lees a Walser reconoces que el pudor es una virtud que puede aprenderse con el tiempo, así como el cultivo de la desaparición y el silencio, el retiro como una forma del buen vivir, la mesura y sobre todo el disfrute de los más humildes sucesos cotidianos. Termino ahora citando una observación del escritor suizo que viene al caso: “Se viaja demasiado. La gente parte en bandadas hacia tierras extrañas, sin temor, como si fueran sus legítimos propietarios”.

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