Liberales contra el racismo

Nuestras sociedades no han encontrado aún el equilibrio necesario entre uno y otro paradigma. Los derechos de las minorías tienen que estar garantizados en una república, pero no a costa de que la plataforma jurídica universal acabe fragmentada.

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El importante pensador norteamericano Mark Lilla observó atentamente la campaña presidencial de Hillary Clinton y su derrota frente a Donald Trump y concluyó que algo andaba mal con el liberalismo norteamericano. Lilla, que conoce perfectamente las diferencias entre el significado de “liberalismo” en Europa y América Latina, por un lado, y en Estados Unidos, por otro, es un intelectual interesado en tender puentes entre los dos conceptos y en reconciliar el “american liberalism” con la tradición occidental del pluralismo, la libertad y la democracia.

En su libro más reciente, The Once and Future Liberalism. After Identity Politics (2017), Lilla concluye que el triunfo del conservadurismo, de la mano de un político que ni siquiera es político ni conservador como Trump, se debió a que el magnate vendió promesas nacionalistas a un electorado racial y culturalmente identificado como homogéneo. El discurso de la identidad se había apoderado de los dos grandes partidos, el republicano y el demócrata, sólo que el primero articulaba el viejo tópico de la identidad nacional mientras el segundo le apostaba todo al multiculturalismo.

Lilla en Estados Unidos, Jullien en Francia y José María Lasalle en España, en su muy ágil ensayo Contra el populismo. Cartografía de un totalitarismo postmoderno (2017), proponen combatir el populismo con más liberalismo y más democracia

 

Para Lilla lo que ha sucedido en Estados Unidos es más o menos lo mismo que ha sucedido en Europa, de acuerdo con el filósofo francés François Jullien, en su ensayo La identidad cultural no existe (2017). Lo común va disipándose bajo la sombra de lo uniforme, lo universal se confunde con lo singular más poderoso. De ahí que la propuesta de Lilla y Jullien sea regresar a la base común, originaria, de los derechos universales y reclamar la ciudadanía como sujeto político. Lilla se dice liberal y Jullien demócrata, pero escriben como republicanos: sus ciudadanos no tienen color, no son ricos ni pobres, no son católicos ni protestantes, occidentales ni orientales.

Donald Trump al abordar el Air Force One, ayer

El problema con propuestas tan bien pensadas y argumentadas como las de Lilla y Jullien es que tienen que lidiar con un ascenso del racismo, la xenofobia y el nacionalismo en Europa y Estados Unidos, que no permite hacer política sin identidad. Cuando Viktor Orbán y otros líderes de Europa del Este desafían a Bruselas y levantan muros contra inmigrantes del Medio Oriente y alientan una ideología islamófoba, supuestamente basada en las especificidades culturales centroeuropeas, la respuesta universalista se queda corta. Cuando Trump llama “shitholes” a países africanos y latinoamericanos que producen migración hacia Estados Unidos, el efecto natural es que cada quien se reconozca y se afirme en su comarca.

Lilla en Estados Unidos, Jullien en Francia y José María Lasalle en España, en su muy ágil ensayo Contra el populismo. Cartografía de un totalitarismo postmoderno (2017), proponen combatir el populismo con más liberalismo y más democracia. Pero ¿puede articularse esa defensa sin tomar en cuenta los agravios que acumula el racismo, una vez que se instala en el lenguaje y las leyes del poder? Me temo que la idea de avanzar hacia una política sin identidades puede sonar hueca a millones de personas que son tratados como ciudadanos de segunda en el mundo.

 

Lilla concluye que el triunfo del conservadurismo, de la mano de un político que ni siquiera es político ni conservador como Trump, se debió a que el magnate vendió promesas nacionalistas a un electorado racial y culturalmente identificado como homogéneo

 

El dilema nos devuelve a la larga discusión teórica entre republicanismo y multiculturalismo, que muchos, incluso en el campo del antirracismo, prefieren ignorar. Nuestras sociedades no han encontrado aún el equilibrio necesario entre uno y otro paradigma. Los derechos de las minorías tienen que estar garantizados en una república, pero no a costa de que la plataforma jurídica universal acabe fragmentada o agujereada como si viviéramos en una nueva Edad Media.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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