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La noche del primero de julio en el Zócalo. Foto: Cuartoscuro

Se ha planteado un falso dilema entre gobierno fuerte y gobierno plural. El 53 por ciento de los votos que recibió Andrés Manuel López Obrador, las mayorías que tendrá Morena en el Congreso federal y la arrasadora adhesión que los benefició en casi todos los estados harán del próximo presidente un gobernante con enormes capacidades de maniobra política. En la opinión publicada se ha dicho, acaso en busca de encontrar el ángulo favorable a la contundente votación del primero de julio, que es mejor un presidente fuerte y con amplias posibilidades de tomar decisiones, a un mandatario que tenga que pactar porque no tiene mayoría suficiente.

Ese había sido el signo de los años recientes en México, y de manera más amplia en casi todo el mundo: la diversidad que fue extendiéndose en la sociedad se tradujo en varios partidos que alcanzaban porcentajes de las votaciones, y bancadas en el Congreso, que les obligaban a negociar unos con otros. A la democracia la pudimos identificar como el sistema de gobierno que permite la representación de todos los intereses legítimos, y a la política la reconocimos como el ejercicio de propiciar y mantener acuerdos. La gobernabilidad y el sistema de representación se han construido a fuerza de pactos en donde todos ganan algo y nadie se queda con todo. La negociación ha sido reconocida como atributo indispensable en las democracias.

Mientras más avanzó la democracia mexicana, más plurales se volvieron el Congreso y los gobiernos locales. Los partidos se equilibraron unos a otros. El Le-
gislativo comenzaba a moderar posibles excesos de un Ejecutivo cada vez menos arbitrario porque muchas de sus decisiones cardinales tenía que acordarlas con otras fuerzas políticas.

LA POLÍTICA, DESPRESTIGIADA E IREEMPLAZABLE

La pluralidad nunca fue impedimento para el ejercicio del gobierno. Cuando desde el Ejecutivo hubo talante y talento para propiciar acuerdos, el país se benefició de reformas importantes. El momento de mayor impulso reformador en los años recientes, aunque no el único, fue el Pacto por México en el primer año de la gestión de Enrique Peña Nieto. El presidente encontró en los partidos interlocutores perspicaces y ellos, a su vez, pudieron promover reformas que iban más allá de las propuestas iniciales del gobierno.

El Pacto por México, y de esa manera el ejercicio de avenimiento que es indispensable cuando en una democracia hay varias fuerzas políticas y ninguna del todo preponderante, corrieron con mala fama. Las apreciaciones maniqueas y rústicas acerca de ese proceso de acuerdos esparcieron la idea de que el Pacto no era más que un negocio de las cúpulas políticas y económicas. No era así: las reformas aprobadas a partir de ese acuerdo son más complejas de lo que sus inopinados antagonistas dijeron. Pero el hecho de que a la conciliación se le confundiera con atropello fue parte de la extendida suspicacia propiciada por abusos notorios de no pocos gobernantes.

El desprestigio de los políticos se convirtió en descrédito de la política. A los acuerdos se les condenó como si fuesen, inevitablemente, sinónimo de engaño. A la transacción se le equiparó con la trampa. Pero la política sigue siendo la vía indispensable para tomar acuerdos y decisiones, en una sociedad que independientemente de las proporciones de sus mayorías y minorías nunca se comporta de manera unánime.

La votación del primero de julio le da un descomunal e inusitado poder a López Obrador, pero también representa una exigencia muy enfática. Sus electores quieren cambios. Han logrado el primero de ellos.

FRAGILIDAD DE LA CONFIANZA

La pluralidad nunca ha debilitado a un gobierno. Lo que le afecta es el descrédito forjado con motivos reales o aparentes, la falta de claridad sobre lo que quiere y puede hacer, la inhabilidad para tomar decisiones y para enmendar errores cuando hace falta, la
insensibilidad y el aislamiento respecto de la sociedad, pero también en relación con la política, entre otras causas. No es casualidad que ese parezca el retrato hablado de algunos gobiernos recientes. No ha sido la diversidad de posiciones e ideas, y de esa manera de caminos para enfrentar los problemas nacionales, lo que ha impedido decisiones venturosas (o eficaces) desde el gobierno.

En una sociedad abierta y diversa, la fuerza de un gobierno nunca abreva en la capacidad para decidirlo todo sin tomar en cuenta a nadie. Un gobierno es fuerte cuando reconoce la pluralidad y actúa en consecuencia con ella. O, en términos llanos, cuando escucha y sabe hacerse escuchar. Con frecuencia los gobernantes que consideran la interlocución como un fastidio o un trámite que deben cumplir, se limitan a hacer como que escuchan y a propalar sus dichos de manera tan formal y fastidiosa que los ciudadanos, entonces, solamente oyen pero no escuchan.

La fortaleza de un gobierno surge de las urnas, por supuesto. Pero sus afluentes no terminan allí. Cada voto ha sido una expresión de confianza. Y la confianza, como es bien sabido, es un patrimonio que se construye con mucho trabajo y que puede desvanecerse en un santiamén.

NEGOCIAR CON SUS ELECTORES

La votación del primero de julio le da un descomunal e inusitado poder a López Obrador, pero también representa una exigencia muy enfática. Sus electores quieren cambios. Han logrado el primero de ellos, desplazando de la cúpula del poder a los partidos que la habían acaparado. Tales votantes no se conformarán sólo con ese relevo.

López Obrador en la casilla electoral. Foto: Cuartoscuro

López Obrador también tendrá que mantener una negociación, simbólica pero muy práctica, con el amplio segmento de votantes que lo ha respaldado con la convicción de que su gobierno significará un cambio ante la corrupción y las impericias de las administraciones recientes. La mayoría de quienes votaron por Morena considera que, ahora sí, habrá un gobierno al servicio de las personas y no de intereses corporativos y políticos. La confianza pétrea que le tienen esos millones de ciudadanos constituye un capital político formidable que se concentra en López Obrador y solamente en él. El mayor riesgo para el país, pero también para el movimiento de AMLO, es que ese respaldo acentúe sus resortes autoritarios.

La adhesión masiva del primero de julio es una fuente de exigencias para López Obrador. Durante algún trecho sus votantes tendrán paciencia, entenderán que las primeras decisiones no sean tan drásticas como muchos de ellos quisieran, compartirán incluso las acusaciones contra la mafia del poder (ahora, en parte, sin aquel poder) que, según el discurso del ya para entonces presidente, seguirá obstaculizando sus iniciativas. Pero es posible que la fe de muchos no resista demasiado tiempo. López Obrador tendrá que convencer a sus seguidores de hoy para que lo sigan siendo mañana.

A un gobierno lo fortalecen los ciudadanos que lo respaldaron en las urnas pero muy pronto su solidez comienza a depender ya no de la adhesión de los votantes sino de sus propias capacidades y acciones. Esa ha sido la lección que recientemente han experimentado Emmanuel Macron y Angela Merkel o, en casos políticamente más catastróficos, Mariano Rajoy o Dilma Rousseff.

Gobierno fuerte o pluralidad es un falso dilema. La sociedad es plural. En nuestra elección reciente Andrés Manuel López Obrador recibió 30 millones de votos, que son muchísimos. Sus tres rivales obtuvieron casi 25 millones. Si el próximo presidente gobernara sin tomar en cuenta al 47 por ciento de los ciudadanos que no lo respaldó, actuaría de manera facciosa y profundizaría la escisión social y política que se manifestó durante las campañas y luego en las votaciones. Sería un presidente fortalecido en las urnas pero con un gobierno de consensos posiblemente decrecientes.

DESFALLECIDAS OPOSICIONES

El decaimiento de los partidos perdedores, más la inconsistencia de quienes se opusieron a López Obrador y, en vista del categórico resultado electoral, han corrido a expresarle su
adhesión, abre la posibilidad de que el próximo gobierno carezca de una oposición sólida. En los años recientes el país construyó equilibrios que han acotado como nunca antes al otrora (casi) todopoderoso presidencialismo. La pluralidad del Congreso, la capacidad del Poder Judicial —comenzando por la Suprema Corte— para señalar infracciones a la ley, la aptitud de la sociedad organizada para vigilar, discutir, cuestionar y exigirle al nuevo gobierno, fueron contrapesos eficaces ante el presidencialismo. Junto con ellos, desde la sociedad, con buenas o malas razones, los empresarios, los medios de comunicación, las universidades y las iglesias, han sido fuentes de inquietud y exigencia en variadas circunstancias.

El candidato ganador descalificó a cada uno de esos bastiones de influencia y equilibrio. Llamó a votar por un Congreso homogéneo y logró que la idea del “voto útil” quedase desplazada por la construcción de una nueva y avasalladora mayoría. López Obrador ha propuesto disminuir capacidades de la Corte creando un Tribunal paralelo o, quizá, por encima de ella. A la vez, recela de las organizaciones de la sociedad civil cuando no lo respaldan de manera incondicional.

Además de ganar en las urnas el presidente electo es vencedor, al menos según las apariencias, en la disputa ideológica que mantuvo con los empresarios más adinerados. El video que grabaron varios de ellos para elogiar al nuevo presidente no fue un mensaje de respeto y avenencia sino de sumisión. En los medios de comunicación, incluso antes de la jornada electoral, hubo un trato más deferente y extenso con el candidato de Morena que con sus competidores.

El candidato ganador Llamó a votar por un Congreso homogéneo y logró que la idea del  voto útil quedase desplazada por la construcción de una nueva y avasalladora mayoría.

DILEMAS PARA LOS PARTIDOS

La gran novedad, después del triunfo de Morena, es el desplazamiento del PRI del eje del quehacer político. Aún tiene una docena de gobernadores pero cada uno de ellos con muy limitado control, con presidentes municipales de Morena u otros partidos y obligados a una forzosa negociación con el nuevo gobierno federal. Así disminuido y sin los recursos que apuntalaban su política clientelar, el PRI será cada vez más un remedo de sí mismo. En marzo próximo, cuando ese partido cumpla noventa años, si sus dirigentes —quienes lo sean entonces— no plantean una completa reconstrucción que implique cambios de fondo y forma, se quedarán sólo con un inservible cascarón.

El dilema para Acción Nacional no es más sencillo. No pasaron ni siquiera horas después de la elección cuando se comenzaron a manifestar ambiciones y revanchas por el control de ese partido. Los reacomodos así exigidos son únicamente el reemplazo de unos dirigentes por otros. El PAN tendría que plantearse cuál es su papel en el nuevo sistema de partidos que puede haber en poco tiempo. Su histórica bandera principal, la lucha por el sufragio, ha sido cumplida y salvo excepciones los votos cuentan y son contados. Acción Nacional no se ha propuesto recuperar su tradición liberal (que lo hizo, por ejemplo, precursor del municipio libre) ante desafíos a los derechos humanos, la libertad de expresión y sobre todo contra la desigualdad social. Si el gobierno de López Obrador se encapsula en una política  de apariencia estatista (algo que aún está por verse), el PAN tendría la tentación de erigirse en abanderado del neoliberalismo económico. Un auténtico partido liberal va más allá de esos clichés.

Para el PRD la situación es tan desastrosa que ni siquiera tiene dilemas ideológicos. Las corrientes que subsisten allí se encuentran ante dos opciones prácticas. Una, subsumirse en Morena como hicieron ya muchos de sus antiguos correligionarios, ahora con la desventaja que implica llegar tarde a una fiesta que no ha sido la suya. La otra posibilidad sería empeñarse en crear un auténtico partido de izquierda con la agenda social, el compromiso con los derechos humanos, las concepciones modernas respecto de temas como la sexualidad, las drogas o la defensa del ambiente, que se difuminaron en el PRD y que no tienen cabida en Morena. El de López Obrador, más allá de las apariencias pero también debido a ellas, no es un partido de izquierda. Construir un referente político de esa índole sería una opción para algunos militantes y simpatizantes (todavía hay algunos) del PRD. Mimetizarse con el ganador o recuperar el campo de la izquierda: ambas opciones implican la clausura, real o práctica, de lo que hasta ahora ha sido el PRD.

LO QUE RESISTE, APOYA

En todo caso, México seguirá teniendo un sistema de partidos. No existe otra manera para llevar a la competencia política los variados intereses de la sociedad. No hay cómo reemplazar a esos protagonistas centrales de la democracia que son los partidos políticos.

La noche del primero de julio en el Zócalo. Foto: Cuartoscuro

En las últimas cuatro décadas hemos tenido un sistema sustentado en la reforma política de José López Portillo, cuando surgieron reglas para el registro de nuevos partidos. La idea matriz de aquella transformación fue el reconocimiento de que el PRI no podría conservar su hegemonía sin contemporizar con otras fuerzas políticas. Paulatinamente se desarrollaron reglas electorales cada vez más sofisticadas para propiciar la equidad en la competencia de partidos y asegurar el respeto al voto.

“Lo que resiste, apoya”, decía el creador de aquella reforma política, Jesús Reyes Heroles. Sin contrastes y contrapesos, el partido en el poder no sólo gobernaría en solitario sino, sobre todo, de manera cada vez más ineficaz. Los partidos de oposición no tenían ninguna utilidad si eran meras comparsas, como sucedió durante varias décadas con casi todos los partidos diferentes del PRI. En el apoyo que suscita la resistencia —es decir, en la confrontación sin demérito de la negociación— está la clave no sólo de la estabilidad sino también de la solidez de ese sistema político. 

Dicho sistema que se sustenta en la representación, la pluralidad y los acuerdos, podría estar en riesgo con el advenimiento de un nuevo partido de Estado. El modelo político que López Obrador reivindica tiene como eje un presidencialismo fuerte que puede ser discutido pero no obstruido por otros poderes. Ahora experimentará las limitaciones de ese esquema. Las capacidades del poder presidencial reforzarán la autoridad que ganó en las urnas. Morena ya era un amasijo de intereses e ideologías sin más coincidencias que el afán de  conquistar el poder. A partir de ahora ese partido tiene la necesidad de mantener su estabilidad interna más allá de la cohesión que dan los intereses en juego durante la competencia electoral.

NUEVO PARTIDO DE ESTADO

Una de las primeras dificultades de López Obrador será la transacción política dentro de sus propias filas. La fidelidad que le han mostrado personajes de los más contradictorios orígenes políticos se mantendrá sólo mientras haya posiciones que se puedan repartir. Como a pesar de su sobredimensionamiento la estructura de la administración pública es finita, en pocos meses las expectativas de muchos tropezarán con el reconocimiento de que no habrán sido llamados para ningún cargo.

A varios de sus inopinados aliados, Morena y su dirigente los premiaron con candidaturas que, en muchos casos, fueron refrendadas en la votación. Los intereses que representan algunos de esos socios del nuevo gobierno son contradictorios con cualquier propuesta de cambio económico o político. A menos que los beneficie con decisiones, concesiones o indiferencia ante los abusos que cometan, es posible que López Obrador encuentre algunas de las primeras resistencias entre quienes ahora tiene como sus más cercanos.

El problema central será la conducción del partido. El cemento que amalgama a Morena es el respaldo sin cuestionamientos a López Obrador. Para conservarlo, el presidente de la República seguirá siendo el auténtico dirigente de ese partido. Es decir, Morena dependerá del poder presidencial —y organizará la adhesión social al presidente— de manera tan piramidal y antidemocrática como en los peores (para algunos eran los mejores) tiempos del PRI.

Un cambio de régimen sería, por ejemplo, el establecimiento de un gobierno parlamentario en vez del esquema presidencial que hemos tenido. Hoy estamos más lejos de una transformación de esa índole.

ACTIVISMO Y PRAGMATISMO

En las urnas del primero de julio ganaron el hartazgo, la desilusión, el cansancio contra los partidos que han gobernado al país. Pero la victoria de López Obrador también se debió a su tenacidad personal, al pragmatismo (más allá de los principios, pero de innegable eficacia política) para sumar en torno suyo a personajes y fuerzas muy variados y es consecuencia, desde luego, del trabajo de millares de ciudadanos que hicieron crecer a Morena en unos cuantos años.

El discurso que los cohesionó y movilizó fue tan elemental como eficaz. La campaña de López Obrador fue cuidadosamente nebulosa. En cada uno de sus centenares de mítines cuestionó a los corruptos pero, más allá de impugnaciones genéricas, no hizo compromisos específicos en contra de ellos. Las medidas que tomará ya en el gobierno resultan, hoy, un enigma. Ha anunciado decisiones vistosas: no vivirá en Los Pinos, despachará en Palacio Nacional, no usará el avión presidencial, reducirá los altos sueldos. Esas acciones darán la impresión de que gobierna de manera diferente pero no significan nada en el bienestar de los mexicanos si no van acompañadas de una política económica distinta de la que hemos tenido y una auténtica política social que enfrente las causas y no sólo algunas consecuencias de la pobreza. No se sabe qué hará en ambos campos y de allí las numerosas incertidumbres que se abren a partir de hoy.

En otros temas, López Obrador ha señalado medidas reducidas o que, en otros casos, tendrá que reconsiderar cuando el discurso le resulte insuficiente para enfrentar la realidad. La descentralización de la administración pública para que secretarías y empresas federales queden desperdigadas por todo el país sería llamativa pero muy costosa. La suspensión de la reforma educativa, además de que enfrenta las disposiciones constitucionales que hasta ahora la garantizan, puede concitar el rechazo de cientos de miles de maestros que sí han aceptado ser evaluados, y de millones de padres de familia. Los problemas de seguridad pública será imposible atenderlos con las fórmulas que anunció el inminente presidente electo. El primer cártel que responda con nuevos crímenes la oferta de amor, amnistía y paz, anulará la idílica propuesta que hasta ahora han sostenido el presidente electo y sus colaboradores.

Discurso y festejo popular. Foto: Cuartoscuro

RÉGIMEN DISMINUIDO

Hay quienes consideran que estamos ante un cambio de régimen. No es así. A lo que hemos arribado es a la consolidación de los rasgos más conservadores del sistema político mexicano: el fortalecimiento del presidencialismo, el retorno del carro completo, la “cargada” que se traduce en adhesiones forzadas o interesadas lo mismo en convencionales desplegados de prensa que en videos para las redes sociodigitales, el desdibujamiento de los contrapesos.

Un cambio de régimen sería, por ejemplo, el establecimiento de un gobierno parlamentario en vez del esquema presidencial que hemos tenido. Hoy estamos más lejos de una transformación de esa índole. Si los contrapesos quedan aletargados habrá cambios en el discurso, en los protocolos, en las formas del poder político, pero entonces el reforzamiento del presidencialismo implicará el debilitamiento del régimen político.

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