Los aliados incómodos de Occidente
Turquía y Arabia Saudita

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Podríamos considerar que una nueva era del terrorismo internacional arranca al terminar la primera Guerra del Golfo, en 1991. En aquel momento los movimiento yihadistas, en particular el que comandaba Osama bin Laden, se ofrecieron para liberar Kuwait que había sido invadida por Saddam Hussein, a quien consideraban un hereje y un enemigo de su causa. Sin embargo, los sauditas declinaron la oferta y optaron por abrir las puertas del reino a la coalición liderada por Estados Unidos para que una fuerza internacional masiva destruyera al gobierno de Bagdad. Los yihadistas consideraron esto como una traición imperdonable y lanzaron una guerra contra los intereses sauditas dentro y fuera del reino, así como en contra de los países que habían asesinado musulmanes en Iraq. Es bastante evidente que de haber recibido la luz verde de Riad, esta fuerza yihadista hubiera masacrado iraquíes para acabar con el régimen de Hussein.

El primer acto de represalia de gran magnitud llevado a cabo por esta organización internacional yihadista fue el primer ataque relativamente frustrado contra el World Trade Center de Nueva York, el 26 de febrero de 1993, el cual no logró destruir las torres pero sí mató a seis personas. El movimiento yihadista pareció consolidarse al desterritorializarse (extendiendo el término de Deleuze y Guattari para describir su fluidez y su estrategia de desvincularse de los estados para volverse una entidad amorfa y
su uso estratégico del espacio virtual)
y entonces asestó su primer golpe espectacular con los ataques simultáneos el 7 de agosto de 1998 en contra de las embajadas estadunidenses en Dar es-Salam, en Tanzania y Nairobi, Kenia. Llevados a cabo aparentemente en venganza de la captura, extradición, tortura y asesinato de algunos miembros de la organización Yihad Islámico, que eventualmente se convirtió en al Qaeda. En estos actos participaron zombis religiosos y suicidas de varias nacionalidades, adoctrinados todos por los propagandistas delirantes del wahabismo. El financiamiento vino de individuos de varios emiratos de la península (Qatar, Kuwait y eau) y según algunas fuentes ciertos miembros de gobiernos y de las familias reales.

Sunitas y Chiítas

La tensión entre Arabia Saudita e Irán no comenzó el 2 de enero de 2016 con la ejecución de 47 personas acusadas de terrorismo, entre las que estaba el clérigo chiíta Nimr al Nimr; tampoco se debió a que los Estados Unidos lograron firmar el 15 de julio de 2015, después de tortuosas negociaciones, un tratado para impedir que Irán adquiriera una bomba atómica (un acuerdo que enfureció a los sauditas y hoy se tambalea bajo la presión de numerosos políticos); ni tampoco empezó con las repetidas exigencias del ahora difunto rey Abdulah hacia Washington de “cortar la cabeza de la serpiente” (como revelaron documentos publicados por Wikileaks) y lanzar una guerra fulminante, de una vez por todas, en contra de Irán.
Si bien ambos estados nunca tuvieron relaciones estrechas, sus vínculos comenzaron a deteriorarse a partir del triunfo de la revolución iraní y cuando el ayatolá Jomeini cuestionó la legitimidad de los sauditas como guardianes de la Meca y Medina. La república islámica iraní y el reino islámico saudita tienen en común que compiten por ser líderes morales de los musulmanes, así como lo hacen para vender su petróleo en el mundo. No obstante estas dos teocracias fundamentalistas difieren en su interpretación del islam, ya que la primera sigue la fe chiíta y el segundo la sunita. Alrededor del 90 por ciento de los 1.5 mil millones de musulmanes en el mundo son sunitas, término que viene de Ahi al Sunnah o bien, gente de la tradición. Los shiítas aparte de las enseñanzas de Mahoma también siguen las de su yerno Ali. Aunque chiítas y sunitas han convivido en el Medio Oriente durante siglos, el cisma que existe entre estas dos ramas del islam es profunda y radica tanto en la doctrina, teología y organización como en los rituales y leyes. Ahora bien, la leyenda de que estos dos grupos han estado en guerra desde el siglo séptimo (tras la batalla de Kerbala donde murieron los descendientes de Mahoma) es una patraña y las diferencias religiosas tan sólo han sido explotadas por oportunistas para justificar un conflicto que tiene que ver con demagogia, poder y estrategias geopolíticas.

Resulta paradójico que la visión occidental de las tensiones étnicas en el Medio Oriente es siempre la de un caos de odio e intolerancia en la que pueblos vecinos pasan su tiempo asesinándose mutuamente por pequeñas diferencias en sus prácticas religiosas. La realidad es que esta es una zona con una diversidad religiosa y étnica inmensa en la que por siglos pueblos con diferentes creencias han vivido no sólo juntos sino revueltos, de manera fundamentalmente pacífica. Sin embargo, ha servido a los intereses coloniales y postcoloniales en su interés por dividir para vencer, el enfatizar en las diferencias, en los presuntos odios milenarios, en nutrir una mitología de creencias irreconciliables y actitudes brutales hacia las minorías. Cierto, durante los últimos milenios ha habido en la región incontables guerras y exterminios guiados por la intolerancia, pero estos crímenes palidecen al compararlos con las guerras religiosas que caracterizan a la historia europea, desde la llegada del cristianismo hasta el Holocausto. Obviamente la situación ha cambiado y ahora la región es un polvorín y un catálogo de horrores cometidos en nombre de limpiezas étnicas y de la pureza religiosa.

Colisión de dogmas

Desde los años treinta del siglo pasado, los sauditas han mantenido una relación estrecha con Washington y Londres. En cambio, después del derrocamiento del Shah y la revolución islámica de 1979, Irán dejó de ser un estado cliente y se convirtió en un estado paria, debido a su antagonismo con las potencias occidentales y por otro lado por su negativa a unirse al bloque soviético. Bajo el liderazgo de Jomeini, Irán adoptó una política estatal estrechamente apegada a los preceptos religiosos chiítas que fue percibida como una amenaza por las naciones árabes con gobiernos sunitas, en las cuales los chiítas viven a menudo en condiciones de marginación. En particular, en los países de la península arábiga los chiítas son tratados como herejes y aparte de ser discriminados, sus vidas corren peligro cada vez que son señalados como chivos expiatorios de los malestares sociales. Con regularidad, algunos muftis sunitas embriagados por los petrodólares sauditas lanzan ataques en contra de los chiítas y encienden los ánimos de sus seguidores para llamar al exterminio de los herejes y apóstatas. La agenda radical y ultraconservadora chiíta, que tampoco es un credo caracterizado por su tolerancia, fue considerada antagónica a la agenda wahabita-salafista de los saudis; ambas versiones del islam eran en cualquier caso extremistas y lejanas de las prácticas tradicionales de la mayoría de los musulmanes, pero eso está cambiando con alarmante velocidad en el mundo islámico, tanto en los países predominantemente musulmanes como entre las poblaciones islámicas en Occidente.

Cada día más estados árabes y musulmanes adoptan versiones más extremistas de la sharía, en la que se aplican brutales y coloridos castigos a quienes se desvían de la “verdadera” fe y en gran medida estos cambios son el resultado de la injerencia saudita y su agresiva exportación del wahabismo. Debemos a este credo totalitario la fusión política, religiosa, apocalíptica, nihilista y
revanchista que ha aparecido en cuatro continentes y que es la versión del islam que practican al Qaeda, el Talibán, el Estado Islámico, Boko Haram, Lashkar e Taiba y al Shabaab entre otras organizaciones yihadistas. No es coincidencia que en todos los actos de terrorismo
internacional hayan participado sauditas, ya sea como financieros o como participantes suicidas, basta recordar que en los ataques del 11 de septiembre de 2001, quince de los diecinueve individuos que secuestraron los cuatro aviones eran sauditas.

La violenta era
del rey Salman

Las ejecuciones con que los sauditas recibieron el año nuevo 2016 tuvieron lugar tras un año en el que realizaron el mayor número de ejecuciones desde 1995 (151 contra 192 entonces). Estas fueron llevadas a cabo en doce ciudades del reino y sólo tres de los ejecutados fueron fusilados. Los demás fueron decapitados, pero entre éstos cuatro fueron condenados por vandalismo, que en el reino se castiga con la mutilación de un brazo y una pierna de lados alternos y después con la decapitación. De acuerdo con varios activistas de derechos humanos, todos los ejecutados dentro del reino fueron torturados, casi ninguno tuvo algo parecido a un abogado y varios tuvieron que esperar más de una década para ser sentenciados. Entre los ejecutados había por lo menos uno que fue capturado cuando tenía 13 años, Mustafá Abkar, de Chad, quien junto con otros niños viajó al reino a participar en un programa de entrenamiento para leer el Corán, el cual resultó ser un curso en terrorismo. Asimismo, había más de un discapacitado mental y cuatro chiítas, incluyendo el clérigo. Las autoridades declararon que los ejecutados habían estado vinculados con los ataques terroristas en contra de viviendas, empresas petroleras y dependencias oficiales que tuvieron lugar en 2003 y 2004. Entre los cargos levantados contra al-Nimr, quien fue arrestado en 2012, estaba el de “romper la alianza con el soberano” y el de incitar a la insurrección violenta. Al-Nimr había sido encarcelado y torturado en otras ocasiones por sus críticas a la política discriminatoria y su militancia pacífica en favor de los chiítas del reino. El clérigo siempre se manifestó en contra de la violencia, así como en contra de la escisión de la provincia este del país. Una de sus frases más repetidas era: “El poder de la palabra es mayor que el rugido de las balas”.

En 2013 Arabia Saudita fue elegida para liderar la Comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en buen parte con el apoyo y bendición británica y estadunidense. El reino nunca ha tenido mucho pudor cuando de ejecutar gente se trata, sin embargo el rey Salman, desde su ascenso al poder en enero de 2015 tras la muerte de Abdulah, ha decidido endurecer sus políticas, tanto al aumentar el número de ejecuciones como al financiar y armar yihadistas en Siria e Iraq. Salman se ha mostrado aún más beligerante que sus predecesores al lanzar una intervención bélica en Yemen y
al incrementar y diversificar su acoso
y hostigamiento en contra de Irán y sus intereses. Es claro que al incluir a al-Nimr en esta ejecución masiva estaba enviando un mensaje a Teherán de que no tolerará su influencia entre la población chiíta de la provincia Al Sharqiyah al este del reino, en la cual se encuentra más del 80 por ciento del petróleo saudita. Los chiítas son mayoría en ese enorme y estratégico pedazo de desierto.
Ahora bien, el hecho de que Irán se escandalice por las ejecuciones sauditas resulta un poco hipócrita ya que tan sólo en los primeros seis meses del año 2015 ellos ejecutaron en la horca a 570 prisioneros (un incremento del 40 por ciento con respecto al año anterior) y conducen con cierta regularidad ejecuciones masivas de
criminales acusados de una variedad
de delitos y en particular de actos en contra de dios. De acuerdo con Amnistía Internacional y otras organizaciones, sólo China ejecuta a más personas anualmente que Irán. Mientras que el reino saudita ocupa un pudoroso quinto lugar en la lista de los países con más ejecuciones. Ambos realizan por lo menos algunas de sus ejecuciones en sitios públicos y los dos condenan a un gran número de personas por crímenes no letales, crímenes del pensamiento, consumo y tráfico de drogas. Los dos ejecutan por crímenes que no llegan al umbral de seriedad considerado por las organizaciones internacionales como mínimo para asesinar a alguien. Los dos ejecutan menores de edad. Buena parte de los ejecutados en Arabia Saudita son trabajadores extranjeros.

La impunidad
se desvanece

El reino saudita, debido a su poder económico y tratamiento preferencial por parte de Occidente, siempre se ha sentido por encima de las críticas domésticas y mundiales que recibía por su misoginia criminal, su bárbaro sistema de justicia, su financiamiento del terror, sus cotidianos abusos de los derechos humanos de los trabajadores inmigrantes y su intervencionismo en la política de sus vecinos. Pero la situación de los sauditas ha cambiado en buena medida por la caída de los precios del petróleo que ha comenzado finalmente a impactar a la economía del reino. La situación es tan grave que han debido imponer medidas de austeridad sin precedente, lo cual implicará alzas de precios y recortes en los fastuosos servicios sociales. Resulta paradójico que debido a la baja en el precio del petróleo, que se encuentra ahora alrededor de los 40 dólares por barril, los saudis se han visto obligados a extraer y exportar más petróleo, cerca de 1.5 millones de barriles adicionales al día, con lo cual han contribuido a depreciar el producto que representa el 80 por ciento de sus ingresos.

Además, la presión de organizaciones activistas occidentales ha logrado que se lleven a cabo reformas pálidas pero ominosas para la lógica retrógrada con que rige la casa Saud, como fue permitir que las mujeres votaran y fueran elegidas en los consejos municipales, en las elecciones de diciembre de 2015. Ante el clamor internacional en contra del apoyo que ofrecen los sauditas a organizaciones terroristas en Medio Oriente, los Balcanes, África, el Cáucaso y el este asiático, el reino decidió tomar medidas y crear su propia coalición islámica antiterrorista de 34 naciones (algunas de ellas ni siquiera estaban informadas de que eran miembros de este club selecto) que incluye a otros exportadores de terrorismo como Paquistán y Qatar. Esta medida es sin duda cosmética y de hecho es una manera de cubrir sus intenciones proselitistas armadas en otros países. Pero lo que queda claro es que después de la guerra estadunidense contra el terror los grupos yihadistas se fortalecieron y multiplicaron y muchos de ellos dejaron de ser marionetas manipulables desde Riad.

Nuevas fracturas

Los sauditas junto con Israel reaccionaron con furia al acuerdo antinuclear que firmaron Estados Unidos e Irán y se han propuesto por todos los medios obligar a Washington a retractarse. Los sauditas temen que al retirar el régimen de sanciones que pesa sobre Irán, éstos tendrán manos libres para extender e intensificar su influencia entre los chiítas, especialmente en Bahréin, que colinda con la provincia de Al Sharqiyah y donde la mayoría chiíta se siente oprimida por las autoridades, el poder y el monarca sunita. Para consolar a sus aliados sauditas tras la firma del tratado antinuclear con Irán, el presidente Obama no solamente les ofreció todas las garantías a su disposición sino que les dio como premio de
consolación la venta de un paquete
de armas de 1.29 mil millones de dólares. Semejante ofrecimiento resultó escandaloso ya que cuando se acordó, Arabia Saudita llevaba siete meses bombardeando Yemen, donde han destruido escuelas, hospitales, mercados, campamentos de refugiados y barrios residenciales. Los sauditas decidieron intervenir en el país vecino del sur al lado de una coalición de países sunitas para restablecer el gobierno del Abdu Rabbu Mansour Hadi, quien fue depuesto por el grupo militante chiíta houthi en enero de 2015. Los sauditas denunciaron a Irán y a la milicia chiíta libanesa Hezbolá por su supuesto apoyo a este grupo y lanzaron una guerra que ha costado más de 6 mil vidas, de las cuales 2 mil 500 eran civiles, de acuerdo con datos publicados por la onu. Yemen ya era uno de los países más inestables del planeta antes de esta guerra y el vacío de poder aunado al caos se ha convertido en un caldo de cultivo formidable para una nueva y fortalecida franquicia del Estado Islámico (ei). Los sauditas también participaron gustosamente en los bombardeos en Libia que eventualmente destruyeron el régimen de Muammar Khaddafi, otro estado fracturado en el que ahora proliferan los extremistas y se considera el próximo bastión del EI.

La agenda política de Arabia Saudita siempre tuvo entre sus principales prioridades el cambio de régimen en Irán, Siria y Libia. Si bien derrocar al régimen iraní puede parecer un objetivo fuera de su alcance al menos por ahora, estuvieron a punto de cumplir sus deseos de derrocar al régimen de Bashar el Assad. Desde el inicio de la guerra civil en ese país los sauditas han dado apoyo logístico, económico y armamentista a grupos insurgentes en Siria. De acuerdo con un reportaje de la bbc en octubre de 2015, un oficial saudita confirmó que proveían de armamento moderno de alto poder a grupos como Jaish al Fatah (el Ejército de conquista) y al Ejército Libre Sirio, pero no a Jahbat al Nusra (una filial de al Qaeda). La paradoja es que el Ejército de conquista es una alianza de facciones islamistas que incluye al Frente al Nusra. Uno de los blancos principales en Siria de los bombardeos rusos ha sido precisamente este Ejército.

La alianza
turca saudita

Pero los sauditas no son los únicos que han adoptado la retórica del terror para promover sus intereses, ni son los únicos que se han dedicado a armar yihadistas de línea dura con la esperanza de que éstos se encarguen de hacer el trabajo sucio. Turquía, un miembro de la otan y otro de los aliados de Estados Unidos e Inglaterra, bajo el gobierno de Recep Tayyip Erdogan ha aprovechado la guerra civil en Siria para tratar de matar dos pájaros de un tiro, eliminar el gobierno de Assad y asestar un golpe mortal a la población kurda que aún lucha por su autonomía tras décadas de opresión y violencia por parte del estado turco. Poco antes de que terminara el año, Erdogan viajó a Riad a encontrarse con el Rey Salman. Probablemente en este encuentro en el que trataron “asuntos de seguridad de las dos naciones”, los líderes intentaron renegociar el acuerdo turco saudita, que aparentemente data de 2011 y consiste en que los turcos proveen la logística, los campamentos de entrenamiento y las bases a lo largo de la frontera para los grupos yihadistas que pelean contra el gobierno, mientras que los sauditas ofrecen financiamiento y armas.

Y sin duda hay mucho que reevaluar en este acuerdo. Las cosas no han resultado según con los planes de ninguno de esos dos regímenes, en gran medida debido a la intervención de Rusia en Siria, la cual si bien no ha sido precisamente una campaña exitosa sí ha dado la oportunidad al ejército sirio de recuperar terreno y ánimo. Hasta ahora los bombardeos rusos se han enfocado en destruir las rutas de contrabando que suministran provisiones, recursos y yihadistas a la insurgencia. Los rusos se han propuesto como objetivo detener la insurgencia de una u otra manera y apoyar al gobierno sirio, para que sea “el pueblo sirio el que determine el futuro de este régimen”. Es totalmente legítimo desconfiar de las intenciones del gobierno de Putin así como de su buena voluntad, cuando es claro que su principal interés es conservar su única base militar en el Mediterráneo, en Tartús, así como mantener a uno de sus pocos aliados en la zona.

Salvar a Assad no se antoja como algo particularmente apetecible, pero dadas las condiciones de deterioro y la catástrofe humanitaria que se vive en gran parte de Siria, restablecer el gobierno es sin duda una mejor opción que dejar que el Estado termine de desintegrarse a manos de facciones islamistas o con una ocupación extranjera que imponga a un títere como en Iraq y Afganistán. No hay duda de que la guerra civil es responsabilidad principalmente del gobierno de
Assad, quien prefirió reprimir brutalmente manifestantes (en principio) pacíficos y se dejó llevar por la paranoia al asumir que la Primavera Árabe era una especie de caballo de Troya o una conspiración occidental o sionista. Sin embargo, Assad tenía razón al temer que sus enemigos en Occidente y en la región aprovecharían la turbulencia para buscar la destrucción de su gobierno, y hoy Turquía y Arabia Saudita son las puntas de lanza de esta operación.

La otra guerra
de Erdogan

La lucha contra el terrorismo sirvió como formidable excusa al gobierno de Erdogan para lanzar una renovada y más violenta campaña en contra de los activistas y militantes kurdos que operan de ambos lados de su frontera con Siria e Iraq. Esos mismos kurdos que pelearon con tenacidad para rechazar la expansión del Estado Islámico y se han ganado el respeto y admiración de muchos observadores en el mundo, al lograr lo que no pudieron hacer ni el ejército sirio ni el iraquí con sus numerosos “asesores” estadunidenses y hordas de mercenarios. Los conflictos de intereses entre supuestos aliados crearon una situación imposible ya que por una parte los Estados Unidos apoyaron a la Peshmerga kurda en su lucha contra el ei (mientras Erdogan criticaba vociferante la política estadunidense) y por otra parte, los servicios de inteligencia estadounidenses, la cia y el nsa, comparten información con sus contrapartes turcas, incluso imágenes de drones que espían los movimientos de los kurdos a través de las fronteras, como ha revelado el activista y periodista Glenn Greenwald. Erdogan ha utilizado esta campaña para estimular sentimientos patrióticos y antikurdos.

El derribamiento de un avión ruso que supuestamente entró al espacio aéreo turco por cinco minutos, el 24 de noviembre pasado, parecería una provocación desesperada en contra de Rusia con la que Erdogan esperaba escalar el conflicto y obligar a la otan a involucrarse aún más en la guerra siria para impedir que los rusos sigan su campaña en contra de los insurgentes en la frontera norte de Siria. Dos días más tarde, un tribunal en Estambul condenó por revelar secretos del Estado a dos periodistas del diario de oposición Cumhuriyet. Can Dundar, el editor en jefe del periódico, y Erdem Gul, el jefe de la oficina en Ankara del diario, informaron que la Organización de Inteligencia Nacional Turca estaba enviando armas a grupos islamistas en Siria. El diario mostró fotos y video de camiones que supuestamente llevaban ayuda humanitaria pero estaban cargados con armas, asimismo presentaron pruebas de que tropas y agentes de inteligencia turcos estaban involucrados en operaciones de apoyo, con helicópteros y artillería pesada, al avance del Frente Nusra y otros grupos islamistas en la zona de Kassab, en Siria. Erdogan mismo declaró que los periodistas pagarían caro su atrevimiento y él mismo levantó una denuncia criminal que de proceder implicaría que ambos pasen varias cadenas perpetuas consecutivas en prisión.

En octubre de 2015 dos miembros del parlamento turco, Erem Erdem y Ali
Seker, dieron una conferencia de prensa en la que acusaron a elementos del gobierno de Erdogan de suministrar materiales y equipo para producir gas sarín al frente Nusra y a la organización que eventualmente conformaría el Estado Islámico. Los señalaron como responsables de un ataque en 2013 en Ghouta, en las afueras de la capital, donde perdieron la vida mil 300 personas y por el que fue culpado el gobierno de Damasco. Además, recientemente han surgido acusaciones en contra de Bilal Erdogan, el hijo del presidente turco, quien es socio propietario de la empresa naviera bmz que supuestamente ha estado comprando el petróleo que el Estado Islámico contrabandea hacia Turquía. El crimen organizado, vinculado con algunos políticos turcos, se ha enriquecido con el tráfico humano para entrar y salir de Siria. Existe ahora una ominosa infraestructura que ha transformado la economía de la región y que mantiene del flujo de yihadistas hacia las zonas de conflicto y de civiles desesperados y dispuestos a cualquier cosa con tal de salir de Siria.

Estados Unidos y sus aliados británicos tienen cada día menos razones para seguir justificando o ignorando la brutalidad maniaca y nada sutil de los sauditas, así como el evidente juego doble del gobierno de Ankara. Resulta difícil imaginar que Washington, ya sea Obama en el poco tiempo que le queda o cualquiera de sus sucesores potenciales, se atreva a cambiar su política hacia estos regímenes, los cuales socavan y dañan cualquier intención de pacificar la región o por lo menos impedir que se siga deslizando hacia el caos absoluto. Resulta desesperadamente triste tener que esperar que la ruina económica saudita y el colapso del gobierno de Erdogan sean las únicas esperanzas de que disminuya la violencia en el Medio Oriente.

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