Los Edwards no se acaban nunca

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Una de las novelas más celebradas de Enrique Vila-Matas se titula París no se acaba nunca, y estoy seguro que Jorge Edwards suscribiría encantado tal persuasión, pues París es uno de los territorios literarios por excelencia del Premio Cervantes chileno. ¿Para qué crear lugares imaginarios como Macondo, Santa María o Comala si ya existen ciudades como París? Así, en aquel París tan personal de Jorge Edwards transcurren novelas como El origen del mundo (1996), memorias literarias como Adiós, poeta (1990) y varios de los ensayos compilados en Diálogos sobre un tejado (2003). Por eso no debería extrañarnos que La última hermana atesore otra aventura parisina.
Vaya por delante que el personaje literario de La última hermana se llamaba María Edwards McClure y que realmente arriesgó su vida para salvar bebés judíos recién nacidos de las garras de los nazis, quienes los enviaban con sus madres a las cámaras de gas sin ninguna compasión. El nombre de María
Edwards aparece registrado en todos los memoriales de la Resistencia Francesa y de las víctimas del holocausto, pero muchos detalles de la vida de aquella heroína desconocida son absolutamente desconocidos y por eso Jorge Edwards ha recurrido a las mentiras verdaderas de la novela para fraguar un personaje que no sólo es verosímil, sino sobre todo memorable. De ahí que mi verdadera perplejidad consista en compartir una evidencia más bien vergonzante: a esa mujer que los nazis no consiguieron doblegar ni siquiera sometiéndola a torturas, los prejuicios provincianos de su propia familia sí lograron hacerla añicos.

Debo admitir que la épica chilena de La última hermana me ha parecido tan seductora como la épica parisina, porque hablaba del retorno a los orígenes familiares y nacionales cuando ya nos hemos convertido en otros por causa de la residencia en otros países. Edwards sabe de lo que habla y por eso coloca estos pensamientos en la mente de María: “En esos años de Chile, del Chile de su regreso, de su etapa última, se preguntaba a sí misma, muchas veces, si no era, en el fondo, una perfecta inadaptada, alguien que no había llegado a ser francesa, y había dejado de ser chilena. Es decir, alguien que había hecho un trabajoso, complejo recorrido para no llegar a ninguna parte. Se lo preguntaba ella, y sospechaba que los otros también se lo preguntaban”. ¿Quiénes eran los “otros”? Para que el horror sea perfecto se trataba de su hija, su yerno, sus propios hermanos; es decir, chilenos que no entendían por qué había que arriesgar la vida por niños judíos, amigos homosexuales y ateos por desbravar. ¿Quién era la inadaptada?

Por otro lado, La última hermana es una novela que contiene algunos de los temas predilectos de Jorge Edwards. Por ejemplo, la idea de un linaje que se extingue, una aristocracia en trance de desaparición o alguien que encarna al último representante de una saga familiar. Otro tema que asoma por numerosos libros del autor de La muerte de Montaigne (2011) es la omnipresencia bienhechora de escritores y artistas, porque los personajes literarios de Edwards siempre son amigos de Huidobro, Neruda o Supervielle; compran cuadros de Pablo Picasso y Wilfredo Lam; son medio parientes de Teresa Wilms o Blest Gana; y terminan de vecinos de Marcel Proust o Max Ernst. Por La última hermana desfilan todos estos nombres, además de Ernst Jünger, Colette y T. S. Eliot. También considero que Jorge Edwards ha sabido recrear en el París ocupado por los nazis la atmósfera asfixiante de la dictadura cubana que describió en Persona non grata (1973), similitud que debería llevarnos a hacer hincapié en la índole totalitaria de todas las dictaduras. Por último, La última hermana es otra novela —otra más— compuesta con mimbres del cesto familiar de los Edwards, esa distinguida y numerosa tribu que tanto ha dado de sí por El patio (1952), La mujer imaginaria (1985), Fantasmas de carne y hueso (1993), El inútil de la familia (2004) o El descubrimiento de la pintura (2013), donde uno ha tenido el placer de conocer a esa fastuosa constelación de tíos y tías, primos y primas, hermanos y hermanas que constituyen los Edwards y de donde Jorge ha conjurado escritores, poetas, diletantes, tahúres, polígrafos y ahora una miembro integrante de la Resistencia Francesa torturada por los nazis.

En el primer párrafo de Ana Karenina Tolstoi nos recordaba que existían las familias felices y las familias infelices, pero le faltaron los Edwards, esa familia que tampoco se acaba nunca.

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