“Los escritores han enloquecido”

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Por Guillermo Fadanelli

Esta es la historia de la nada que se ha tornado algo: sufrimiento, alarido, dicha y enfermedad; calles y letreros, esquinas, peanas de piedra, cortinas de metal; y después ese algo, ya sucio, retornará a la nada. Y, entre tanto, posee un nombre, por supuesto, esa nada: el granuja, macilento y necio Willy Fandelli; un pedazo de ladrillo caído de una barda próxima a ser derrumbada; antes de tiempo apareció este tipo; ¿quiere salvarse y ser alguien? Lo parieron en un hospital en la Calzada de Tlalpan, cerca de la avenida Ramos Millán, y cuando el pedazo de ladrillo cayó en los brazos de una enfermera que en las noches abría la pista en el salón California Dancing Club y los domingos se cubría de vapor dentro de una cámara en los Baños Rocío, cuando cayó, digo, en esos brazos, alguien en el hospital confirmó que Fandelli no lloró gran cosa, tiempo habría después para ello y para mucho más; no berreó, más que un par de gotas, sin gritos, acaso el recién nacido musitó un estertor mientras sus ojos estallaban por primera vez, horrorizados: “Ya me chingaron, soy un pedazo de un pedazo de una cosa entre cosas, y estoy sangrando y me cuelga un gusano del ombligo, el gusano que me unía a esa barda anestesiada, al muro lactante. ¿Qué es una cesárea? Tenía que aparecer en escena un cuchillo partiendo la naranja, no podía ser de otra manera, un cuchillo en lugar de un martillo o un bat de beisbol; que me recibieran y me atraparan extendiendo una manopla de beisbol, sí, ello habría estado muy bien; soy Willy Fandelli y soy el producto de un jonrón, de un batazo encabronado que voló la pelota sobre la barda; me habría gustado. ¿Pero un cuchillo? ¿Y el tal gusano bañado en sangre?
“Enfermera, bailadora, piruja al vapor, ¿podría usted cortar ese gusano en pedacitos? Yo le pagaré el favor cuando me convierta en un verdadero ladrillo y usted sea una anciana encorvada y sus huesos, astillados, formen un montón de palillos chinos, de fideos entrelazados, entonces yo la ayudaré.” ¿Y a dónde ha ido a parar esta piedra a lo largo de los años? Ha crecido y estudiado y abandonado todo a la mitad de su curso; no existieron metas ni confines para él; si hubiera un marco de referencia la piedra habría tenido sentido y alguna dirección, pero no, no hay manera de medir el curso de esta piedra.

El fracaso es lo más hermoso que nutre la tierra, él piensa así, Fandelli; las décadas, tres, un poco más, se desgajaron y él no posee todavía un trabajo fijo; no logra encajar en ninguna otra barda, ni volver a la original porque ésta también se ha desgajado; su familia es un cántaro roto; una regadera que chorrea apenas unas cuantas gotas de agua y vida. “¿Te acuerdas, mamá, que me decías débil, y jactancioso, y llorón, y romántico? Un bolero que orina sangre y agua salada, eso lo digo yo. Tus ojos verdes se apagaron, mamá, y el monumento al asco continúa aquí, en la calle de San Jerónimo, en el Centro.” El petimetre se ha conseguido a una enfermera que todo se lo perdona; una hermosa guarrita, perrita, vaporosa que danza con el Ballet Independiente, en un edificio próximo al Colegio de las Vizcaínas, el palacio que fundaron los vascos para venerar a San Ignacio de Loyola, por allí, a una sola cuadra y atravesando el eje Lázaro Cárdenas va la medusa sexual, a ejercitarse ante la mirada de Raúl Flores Canelo y de Manuel Hiram; y ella siempre sonriente y esplendorosa, la enfermera que baila o la bailarina que cura. Y además esta mujer le lleva unos pesos al tipo, al chaquetón ése, y le alumbra la cama. Afortunado tú, Fandelli, plasta vehemente; tocón cubierto por la hojarasca y las bostas; ¿qué mereces? Y no conforme con que la chulita ésa te mime y te oculte entre sus piernas, quieres ser escritor. “No, no, ni madres, escritor es poco, deseo patearle el culo al mundo con mi presencia; ser un artista, y ser odiado.” En fin, lo que desees, ingenuidad no te falta, ni músculos, y tienes cabello negro, no rubio como el de tu madre, sino la melena oscura de tus antepasados paternos. Sólo piensa y da vueltas al lugar de dónde provienes. Echa un vistazo a tu infancia por los alrededores de Calzada de Tlalpan. ¿Recuerdas que acompañabas a tu madre a comprar vasos de vidrio a El Emporio, en la colonia Portales? “Mis hijos han desgraciado mi vajilla, no se conforman con tragar sobre un plato entero. Lo resquebrajan. Son los asesinos de la vajilla, y de los sillones y del yeso en las paredes. ¡Willy, animal! ¿Quién ha garabateado en la pared en medio de la litera? ¡Has hecho unas sumas, burro, rata, y además la suma está mal, 335 más 27 no son 367!” “Y bueno, madre, ¿qué querías? Hoy tampoco mi edad es correcta; 15 más 20 no son 30; los números nunca han sido lo mío.” ¿A quién engañas? ¿Por qué lees y deseas educarte, tú, precisamente tú? Abre bien los ojos y observa otra vez de dónde vienes: Iztaccíhuatl número 13, interior 5, a sólo 30 metros del almacén Sears, vives bajo las faldas de tu madre y de tu abuela que vive dos pisos arriba: departamento número 15. Estas mujeres sí que saben echar a perder a los hombres: alcohólicos y cobardes, enamoradizos
y blandengues, su parentela, su progenie de larvas acurrucadas. “Yo pedía a gritos la salvación.” Él, Fandelli, pedía a gritos ser
salvado y hasta entonces renunciar a la banal trayectoria de ser un profesional. Y Max Stirner martillando en su cabeza: Los grilletes de la realidad son causa continua de las mayores llagas en mi carne. Pero yo me sigo perteneciendo. “¡Sí! ¡Sí! Todo ello en mi cabeza; yo me pertenezco, soplamocos, hijos de puta, yo me pertenezco.”

¿Por qué se expresaba así Willy Fandelli? No se daba cuenta de que el tiempo pasaba y él se convertía en una cosa envilecida. “Es verdad, a los 35 yo me consideraba algo vil; y leía libros, y ensuciaba la nada de donde provenía.” Y no nada más Stirner, siempre anhelaba un poco más; la leche de la olla se consume, la nata se evapora y él lee: Sólo puede llamarse caos a un extravío del que puede surgir un mundo. No se sabe quién le dio a Fandelli libros de Federico Schlegel, ¿un bromista? No saben lo que han hecho con este pobre hombre, no va a curar su vileza ni su ansiedad así, sólo va a destruirse más y a exclamar burradas; déjenlo en paz, él no requiere educarse. Rubén M.
Campos, sacudiendo la melenilla, lamentando su impecune e iluminado con sonrisas de bonhomía dionisiaca empecinado rostro de tolteca, nos ha hablado hasta el
fastidio de su enferma vida sexual, de las noches rojas en que, espoleado por la satiriasis se ha debatido en el tálamo del contubernio oscilando la irritada areola de los pezones de alguna calipigia en brama. ¿Quién ha escrito tal cosa y en ese estilo de champurrado y bisutería romántica? No Willy Fandelli, por supuesto, él no se adapta tampoco a tal descripción y no se llama Rubén; es probable que lo haya escrito Ciro Ceballos hace ya casi cien años; ¿qué es una calipigia?, por lo demás. Estamos en otros tiempos y eso lo demostrarán las caminatas de Fandelli; y sus continuos tropiezos. “Sí, yo comprendo bien el significado de las palabras y quiero masturbarme y toser y vomitar ante las nalgas de una calipigia de mármol; mas no, ¿qué estoy haciendo?, tienen razón, yo no podría escribir así; no recuerdo; es tiempo de hacer una sopa de nopales y utilizar estos diez pesos y comprar un poco de queso, pues pronto vendrá la bailarina y tendrá hambre. Tal vez podamos robar un pollo de una de las rejillas que están en las pollerías en
las calles de López; y en la misma Vizcaínas; pero no, ladrones no somos, ni yo ni la bailarina.”

En las noches se va Fandelli a los antros baratos, y allí ríe porque no se da cuenta de que la leche se consume y la olla se quedará pronto vacía. ¿Qué hace él en esa clase de tugurios, El Víbora, La Corneta, ambos por los rumbos de La Merced? Va a husmear a los espectáculos de sexo en vivo que regentea, dicen, un tal Antonio Valencia: “Hay personas que sólo tienen veinte pesos para divertirse en la noche: esos veinte pesos son míos.” ¡Vaya filosofía del señor Valencia! En las mesas rasguñadas y salpicadas de grasa, allí está Fandelli. Las cervezas tibias a cambio de seis pesos y, a veces, después de coger, las nudistas, con tres o cuatro espontáneos en el ruedo del escenario, tales clientes sentados en sillas a la vista de todos y ya el condón colocado por las manos perfectas y hábiles, y una vez eyaculados, hasta entonces, claro, después del acto de las nudistas aparecía la travesti que imitaba a Rocío Dúrcal y a la Pantoja; ¿todo eso qué significa? ¿Qué encuentra uno allí? ¿Qué tesoro? Desolación y bravatas, perras y perros, y su lengua excitada como un cíngulo fuera de su boca. Te has equivocado de vida, W. ¿Por qué le abrieron la panza a tu madre con un cuchillo? Vamos, sí, Fandelli, sí que naciste chingado. Ya nada podrá quitarte ese olor a taberna y sudor de muerto. ¿Recuerdas que en La Chaqueta, en Lázaro Cárdenas, junto a la calle de Perú, se plantaban tres patanes en la entrada y te cachaban, “no vaya a traer un punta, o un cohete, mijo, aquí no se sabe, es seguridad, para cuidar la piel de las chamacas; no se ponga mamón o no entra, aquí está su cerveza y diviértase. Y si se pone bien verga hasta coge y nadie le pide propina.” “Y ellos mismos, los malandrines cara de pucha que te cachaban en la entrada de La Chaqueta o de La Navaja te bolseaban y te robaban; no hacía falta cuidarse dentro del antro, lo poco que tenías te lo chingaban en la entrada.” “Y no la arme de tos, culero; porque nosotros sí andamos armados y tenemos permiso, diviértase, ya le dijimos, no sea pendejo, le recomiendo a la Tere, la hermana de éste.” “Malditos toltecas residuo de una sangre que no deja de brotar. Ustedes sí que son el cuchillo que le abre el vientre a la madre. Yo sólo me asomé, a la vida, a La Navaja, y ya me jodieron.”

¿Y luego qué cosa sucede con el apellido de lija? Se cultiva; y pasea de la mano de la bailarina. ¿Por qué es tan angosta la calle de Isabel la Católica? Y la de Bolívar tan vulgar, azorada por el ruido, sucia como si chorreara vinagre por las coladeras? No debe importar la anchura, basta el hecho de que haya banquetas para caminar y tipos así, parecidos a W. F. se paseen como si dominaran los rumbos y los sextantes. “Comíamos en la cantina La India, en Bolívar, porque Los Portales de la misma avenida ya no existía y sus bajorrelieves de la historia tarasca desaparecieron, igual que sus mojarras bañadas en aceite, mirándote a los ojos sus ojos de tela hueca, la botana, un plato con seis u ocho mojarras.” “Estamos en el Centro, Fandelli; llévame a ver edificios antiguos, la historia, me gusta que me cuentes historias.” “Hay unas casas gemelas, en Moneda, cerca de Palacio Nacional, las Casas del Mayorazgo de Guerrero, son muy viejas, las casas, una en el oriente y la otra en el poniente, frente a frente, y su solar es del siglo XVI, el arquitecto que las remodeló casi dos siglos después de levantadas se apellidaba Guerrero y Torres, a mí me dan tristeza, las gemelitas, pero vamos. Allí vivió Posada, el dibujante de las calacas.” “Sí, pero eso no me importa, ¿cuántos apellidos llueven todos los días? Yo quiero escuchar historias.” Ella quería una historia y la tenía justo frente a ella; una historia deformada y plagada de vericuetos que no daban a ningún lado; ¿son acaso ciegas las bailarinas? Sí, sólo miran su cuerpo y el movimiento que pasa a su lado y las acaricia. Y la piedra histórica de W. Fandelli insistía: “Pero antes nos pasamos un rato a El Nivel, la cantina, y tomamos tequila.” ¿Ya te vas a emborrachar, Fandelli? Cualquier pretexto es bueno cuando quieres llenarte de vino y comenzar a filosofar como el don señor que nunca serás. “No, a veces me olvido de beber.” “El tezontle de los edificios coloniales, odio esa piedra y su color, viene de la sangre, como la moronga.” “¿Quieres una historia, bailarina, enredo de piel y sonrisas? Mi tío, el hermano de mi madre tuvo una mujer de la que se enamoró hasta la rabia y el toloache, y ella no conocía la mesura, lo dejaba en la casa cuidando a sus cuatro hijos, mientras fornicaba con un vecino, y sólo una pared los distanciaba a ella y al amante, del marido y las crías; él, mi tío, escuchaba los balidos sexuales, subía el volumen de la televisión y los gemidos atravesaban las paredes; entonces él bebía vodka Oso Negro, mi tío, para no escuchar; pero los alaridos de placer e injuria crecían, y los niños lloraban por ver a su padre postrado así; y unas horas después la madre volvía como si nada, y ponía orden, eso sí: “Ya basta de llorar, pendejos escuincles. Y tú, pinche remedo de hombre levántate del suelo”, y el tío echado en el sofá, gimoteando ahora él, su turno para berrear; maldita sea; no hay biberones suficientes para
todos los hombres en el mundo; y él medía uno noventa y dos metros, mi tío; podría haber matado con sus manos, podría haber entrometido las manos hasta el otro departamento a través de la piedra, tan fuerte era, y tomar a los amantes, uno en cada mano, y torcerles el cuello. Pero se suicidó, un día se mató; y los niños se regaron por todos los puntos cardinales. ¿Dónde han quedado esos niños? Ya unos viejos todos, deben ser. ¿Qué te parece mi historia?” “Esa historia es maldita y desagradable, me hace llorar; ¿tú crees que no soy sensible? ¿Cómo puede haber gente así? Y de tu propia familia.”

¿De dónde extraía esa clase de relatos Fandelli? ¿Las manos del tío atravesando la pared para exprimirles la tráquea a unos desgraciados? Cosas que había escuchado en boca de su madre. Y no conforme con estar rodeado de vida moribunda andaba haciéndose el importante, escribía cuentos y los recitaba en voz alta. Qué pretensión. Y editaba una revista y colaboraba en fanzines plagados de purulencia y ofensa, de insulto y risa proveniente del más allá: La Chaira; Hemorroides; El Olor del Silencio; La Pecera de los Ahogados; Pelos de Cola; Fakir; A Sangre Fría; de este modo se titulaban algunos de estos fanzines y tabloides. ¿Por qué él escribía en estas publicaciones de arrabal urbano? Le gustaba ladrar e ir a la contra; ¿de qué? “Bueno, sé de primera mano que los mestizos, los aztecas, los idiotas y los blancos continuarán peleando entre sí; su rencor es inmenso, y se ahogan en la bilis que produce su maldad; nada hay qué hacer; yo digo; en esta parte del planeta el negocio de los seres humanos anda jodido; y me digo también que los conceptos, ideologías y caballos de Troya caminen juntos hacia el carajo; yo, Fandelli, me dedicaré al arte y al placer; y a cocinar. No lo hago mal.” Pues ahora el idiota quiere cocinar, habráse visto al holgazán. “Un pozole, servido a los reyes, y rico en trozos de carne humana; tal como lo describió Fray Bernardino de Sahagún.” Los españoles cambiaron la carne humana por la carne de puerco. “La diferencia, la diferencia… creo yo, tal vez no es mucha. El alma de los puercos tiene su valor.” ¿Quién ha dicho eso? “Nadie, yo no, son ideas que me pasan por la cabeza; los escritores han enloquecido. ¿No es eso lo que andan buscando sus visiones, el desasosiego y la inquina mental?”

Y así pasaron varios años en la calle San Jerónimo, desde 1994, a unos pocos metros del Claustro de Sor Juana. El tal Fandelli, y esa enfermera pálida dedicada a la danza y a llevar unos pesos a casa del búfalo ebrio y furioso. Los visitaban varios amigos de ralea mediocre y sed inmensa, y el W. F. los recibía apuntándoles con una pistola de plástico en la frente. Se espantaban y amedrentaban unos, salían corriendo otros, y sólo aquellos que conocían la broma se reían y entraban al departamento de San Jerónimo 28 departamento 1. Allí paraban todo tipo de alimañas, escritores y músicos, perdidas y extraviados. Ya la pistola de plástico no podía contener a las alimañas. Había que hacerse de un arma real. Y él, Fandelli, no se daba cuenta de que las llaves de la leche y el agua estaban abiertas al máximo y la tubería amenazaba con quedarse seca. Nadie lo rescatará, ni el ejército de los diez guerreros: Dostoiewski; Kafka; Walser; Salinger; Pessoa; Roth; Cioran; Bukowski; Gogol y Cervantes. “¿Cómo hemos podido, niña, soportar la efedrina y los cristales, la cocaína, los odres y barriles de licor y la fanfarronería de los artistas? No se salvarán, marmotas engreídas; nadie lo hará. ¿Creen que poseen un presente envidiable y eterno? De ninguna manera: no tienen nada más que su risa y su juventud ya malbaratada.”
Aborrezco este mundo bestial que te hace sonreír. Odio cada vez más a los hombres y a las mujeres. Es John Keats, niña sucia, el poeta misántropo, lo citaba aquel tipo, Felipe, que vomitó en el piso y limpió con periódico la enorme mancha blanca, ese chico que se sobrepuso a la pistola en la frente: “Tienes razón Willy, deberías balearnos a todos.” “Él limpiaba y gastaba kilos y kilos de papel para eliminar su porquería, en nuestra recámara; y la bola de papel crecía y él embarraba más el piso de barro.” “Recuerdo su mirada de arrepentimiento y sus pupilas de santo: pobrecito.” Y Fandelli sonreía pese a todo, y mantenía arrestos para escribir ficciones e imaginarse siendo otro; pero esta ciudad va a matarlo; lo aniquilarán, la santa sangre y la santa muerte y las jetas de desprecio, las charamuscas agrias y los atorrantes. ¿Ustedes creen que es gratis vivir así, como lo hace él? No, pero dejemos a nuestro héroe de albañal
hacer lo suyo, como el resto de las personas normales. Ya cumplirá cuarenta años, de un momento a otro, y aún le da por inventar sandeces. “Oye, te voy a llevar a conocer mi edificio preferido; está frente a la Alameda Central, y no está. Vamos, caminemos, chica y verás una de las maravillas de la ciudad. Nunca fue construido, por cierto, el edificio, pero yo lo veo, sabes, tengo visiones. Déjame describírtelo y después nos marcharemos del Centro; y adiós al 33, la taberna gay, y a El Pájaro, en la calle Perú ambos; y al Oasis, en República de Cuba, y a Los Rosales, la vecindad adaptada como cabaret, a un lado del Teatro Blanquita. Y adiós a aquel bodegón de baile y ficheras, el Dos Naciones. Que se hundan y sumerjan en el barro y para siempre estas cuevas barriobajeras. Vayamos al edificio que no existe, sí. ¿O quieres más historias de la familia?” “Por supuesto que no.” “Estaba planeado para ser un modesto rascacielos, coronado por un remate en forma de pirámide truncada, en la esquina de Dolores y Avenida Juárez. Los planos están allí, a la mano, son del arquitecto José Luis Cuevas, que los trazó en 1927. El híbrido, la pirámide neoyorquina, la vertical hacia arriba: ¡Doce pisos! El plano es mejor que la casa; es la obra misma; el dibujo; la idea de lo que puede ser. ¿No decía algo muy parecido John Cage? Yo tuve una casa palpitante y la abrieron a punta de cuchillo, sí, la cesárea, y después ya no hubo manera de volver. ¿No es bello lo que no existe? Obsérvalo, no el edificio de La Nacional que se alzó cinco años después. Y voy a mostrarte otro edificio que jamás se construyó, en las calles de Independencia y Luis Moya, el Banco Capitalizador de América, que fraguó en su mente el arquitecto y servidor de los ricos, Juan Segura, en 1945. El primer rascacielos gringo en la Ciudad de México. ¿Lo ves? Son casi veinte pisos; ¿o más? Cuenta, cuenta, uno, dos, tres, cuatro… los hombres modernos otean hacia arriba y cuentan; ¿comprendes?” “No te entiendo Willy, ¿por qué haces esto? Miras hacia lo alto como si en realidad hubiera algo allí; tendremos que consultar a un médico. Voy a pedirle dinero a mi hermana. Y vamos. La efedrina, ¿de dónde sacaste
la efedrina esa?” “¿No te parece hermosa la
ciudad que no pudo ser, que no nació? ¿Que sea el puro proyecto y no la plasta de cemento y fierros real, un proyecto etéreo y no la realidad y la sangre? Tanta mugre y llanto de corderos urbanos, eso es la droga, no quiero médicos y menos el dinero de tu hermana, ya le debemos mucho; en el unomásuno van a pagarme más y cuando lo hagan no iremos al doctor, de ninguna manera, iremos a beber coñac y tú verás como siento a un par de putas en mis piernas.” Los Caifanes; Santa Sangre; Los Olvidados; eso ya no tiene sentido; estamos camino al siguiente siglo y es momento de que este pedazo de ladrillo, el tal Fandelli, abandone el Centro y busque una nueva vida, aún no tiene empleo ni un lugar seguro en su sociedad, mas hay oportunidades para todos, claro, aquí había un lago y si uno no flota ni toma camino, se hunde y se vuelve lodo. Y sanseacabó.

Ahora, a sus cuarenta años, lo vemos tomando café, cruzando la pierna y leyendo un libro, el bulto Fandelli poniéndose serio, a veces en el café Emir, de Bolívar, acompañado de su enfermera bailarina y a veces de una judía de nariz respingada; o en la Cafetería Río, en Donceles, recibiendo el café de mano de las abuelitas. “¿Ya cerraron el café Esla?” “¿El Tupinamba, quiere usted decir? Sí, pero aquí tenemos mejor café. Así se llamaba antes, Tupinamba, el que estaba en Bolívar.” Café La Blanca; Café Popular; el Café Trevi; es todo lo mismo, la cuestión es hacerse disimulado y pasar el rato
y pensar en escribir y crear la gran obra.

“Nadie puede negar que la gran
obra, la mega mierda literaria es una robusta y enhiesta tontería; nadie tiene los intestinos tan grandes. Mejor sigamos editando nuestra revista, pintándole mocos a las grandes obras de la literatura súper universal.” El Fandelli se ha enfrascado ahora en una pelea con un grupo de ebrios a las afueras del cabaret Piel Canela, a unos metros de la Plaza Garibaldi. Ha roto un par de narices, le han desgarrado la camisa, nada más, y se ha echado a correr y a su lado el silbido de dos balas lo rebasaron impactando un parabrisas. Es la una de la mañana y alguien le ha puesto el pie cuando caminaba en Lázaro Cárdenas, un policía judicial o un militar vestido de civil, quién sabe, un borracho armado, un esputo humano que ha salido también a divertirse. Fandelli pega rápido, es fuerte y veloz, no se queja, él pega una, dos, tres veces y luego intenta salvarse. “Ya deja de salir en las noches, ¿qué buscas? ¿Por qué estás ahora tomando tragos con un basurero, recargados ambos en la pared a las afueras de un tugurio, a un lado del Tenampa?” “¿Y por dónde has estacionado el carrito de la basura?” Aquel hombre, su contertulio, su importante compañero de copas, viste aún su uniforme color naranja y las manchas de mugre y sudor se adivinan alrededor de las muñecas y en el cuello, pues las manos, eso sí, están más que limpias. Se ha gastado jabón en lavarse las manos, Fab en polvo, mucho Fab. No, no, jabón Roma, más bien; seis puños de Roma. “Lo dejé por allí, el carro, a la vuelta, cerca de la Nueva Internacional, ese antro; alguien tiró en plena calle, la de Ecuador, un feto envuelto en cartón y yo lo recogí, lloré, la verdad, ¿un fetito? Mejor me vine a poner pedo, aquí está muy barato.” “¿Barata la banqueta, don basurero?; limpiar la banqueta le ha costado a usted la vida.” “No, no estoy hablando de la banqueta; en la cervecería de la Plaza Garibaldi, allí donde nos vimos hace rato y nos conocimos, en el lugar ese en el que apenas si cabe la sinfonola; ya no quiero volver a empujar el carro, está maldito. Yo pensé son cartones, y luego vi la carne y la carita.” Vuelve a tu casa, W. F. que allí te esperan unas piernas tibias, aún son las seis de la mañana y te esperan, no desaproveches la oportunidad, vuelve, vuelve al único lugar que te queda en medio de esas piernas y bajo un techo provisional, no hables con los basureros, no entienden tus desgracias y tú crees entender las suyas. Y allí vuelve nuestro héroe desgarbado, la imagen del fetito en su mente, quiere escapar, Fandelli, pero ya es tarde. La suerte ha sido echada y sus pretensiones de gran escritor se han venido abajo. Ningún estudio le ha servido para maldita la cosa, la prepa, algo de Ingeniería. Sólo letras y locura y el tiempo entre las piedras que no logran detenerlo, al tiempo. Y de repente todo se acabará, y del ejército de los diez guerreros no se verá ni el polvo.

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