Los inicios literarios de Carl Schmitt

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Por Héctor Orestes Aguilar

En el ámbito cultural de lengua española no es común encontrar aproximaciones a la obra de Carl Schmitt (1888-1985) desde una perspectiva literaria. Son ya muy abundantes los estudios, monografías, tesis, ensayos y artículos dedicados a examinar sus contribuciones al Derecho constitucional e internacional y su vigencia es incuestionable. Si a principios de este siglo, cuando terminé mi antología Carl Schmitt, teólogo de la política (Fondo de Cultura Económica, 2001) advertía ya que las obras de Schmitt conocían desde los años noventa del siglo pasado un repunte de lectores provenientes desde la izquierda y el centro liberal, no resulta una sorpresa enterarse que, para jóvenes líderes europeos como Pablo Iglesias, dirigente de la formación política española Podemos, clásicos schmittianos como Teoría del partisano o El concepto de lo político sean lecturas inspiradoras y escoltas de su quehacer militante. ¿Y qué decir del pensamiento conservador en otros países —Estados Unidos, Francia, Italia, la propia Alemania? Allí, Schmitt sigue muy presente como referencia tanto en el estudio del Derecho constitucional como en la teoría política, el Derecho penal, el estudio del
parlamentarismo, de la soberanía,
del estado de excepción, de la dictadura, del mito y de los vínculos entre teología y Derecho. En todas estas materias o temas de estudio los escritos de Carl Schmitt continúan aportando elementos atendibles, en múltiples ocasiones polémicos. Además, lejos estamos del día en que cese el interés por su biografía intelectual y termine el rescate de sus textos inéditos, diarios, apuntes sueltos, conferencias, correspondencias y artículos publicados en lenguas distintas al alemán, como el español. Dudo mucho que, en el próximo decenio, si así se lo propusieran sus estudiosos y editores, pudiésemos contar ya no digamos con
un integral de sus obras reunidas en una
edición crítica, sino al menos con
un arsenal de obras completas, incluyendo una miscelánea como la citada antes. Carl Schmitt continúa siendo, a casi 130 años de su nacimiento, un continente en continua exploración. La reciente aparición de The Oxford Handbook of Carl Schmitt (enero de 2017), con treinta contribuciones originales de muy diversos autores, rinde evidencia del interés interdisciplinario estimulado y demandado por su pensamiento, tan complejo y provocador, repartido entre la política, el Derecho y la cultura.

Espero no escandalizar a nadie al afirmar sin titubeos que Carl Schmitt fue uno de los más prolíficos escritores alemanes del siglo XX. Su abundante producción escrita, privada y pública, comenzó en la Prusia Guillermina y culminó en la Alemania y en la España de la posguerra. Vale decir: atravesó cuatro épocas y, como bien apunta Reinhard Mehring, cuatro sistemas políticos distintos. En su bibliografía podemos contar alrededor de cuarenta títulos y centenas de escritos de muy diversa naturaleza, desde correspondencias hasta opúsculos, artículos, reseñas, ensayos, transcripciones de entrevistas y conferencias, y diarios, los insospechados diarios que vienen siendo rescatados desde 2005 —hasta el momento se han publicado cuatro gruesos volúmenes con ellos— donde hallamos al autor en su estado más “puro”, debatiéndose entre sus pasiones y exhibiendo incertidumbres, ambiciones y carencias. Es muy revelador apreciar la forma en que la escritura vehiculó obsesiones fundamentales para Schmitt y cómo era, al menos en la cotidiana redacción de sus experiencias vitales, un ejercicio casi terapéutico, introspectivo y de autoafirmación.

Nacido en 1888 en Plettenberg, pueblo católico del Sauerland en Renania-Westfalia, a medio camino entre Colonia y Kassel, Schmitt estaba muy enraizado en esa tierra del noroeste alemán, de cierta manera vinculada climáticamente con el sureste continental y, a un tiempo, con el Mar del Norte. Reparo en ello pues su procedencia no es un dato menor y determinaría al menos ciertas de sus conductas literarias. Una de las más importantes, acabo de mencionarlo, fue desarrollar en la redacción de diarios un ejercicio constante de autovigilancia, algo propio de quien se sabe nativo de un enclave intelectualmente aislado; por otra parte, asumir a los escritores —amigos y conocidos— y a la vida literaria compartida con ellos, como plataformas para adquirir reconocimiento intelectual, relaciones políticas y prestigio académico. En un tercer plano, no por ello menos importante, el provenir de aquella región de la Alemania profunda, comarca católica en un país mayoritariamente protestante, lo aproximó a su debido tiempo al temperamento español y a España, para Schmitt una segunda Heimat, “matria” adoptiva donde encontró, después de la Segunda Guerra, interlocutores atentos, respetuosos y aquiescentes, incluso desde la izquierda, quienes lo reconocieron como maestro del pensamiento.

Una evidencia más de su pasión por la escritura y el lenguaje, acaso la más contundente, era que Schmitt estaba convencido, al concluir sus estudios preuniversitarios, de querer estudiar filología para convertirse en maestro de enseñanza media. Convencido de su “locura” por André Steinlein, un tío adinerado que le impulsó a estudiar Derecho, consiguió de otros parientes alojamiento en Berlín para matricularse en la facultad de jurisprudencia de la Real Universidad Friedrich-Wilhelm. Dos semestres allí, uno en la Universidad
de Múnich y tres en la de Estrasburgo —que en aquellas épocas era todavía institución alemana— le alcanzaron a Schmitt para terminar sus estudios y preparar la tesis doctoral Über Schuld und Schuldarten. Eine terminologische Untersuchung (El delito y sus formas. Una investigación terminológica) que ya desde su título retiene un vago eco de las proclividades filológicas de su autor, expresadas también en su frecuente colaboración con la revista literaria dirigida por Wilhelm Schäfe, Die Rheinlande. Monateschrift für deutsche Kunst und Dichtung (Renania. Revista mensual de arte y poesía alemanas), donde, después de doctorarse en 1910, publicó a lo largo de los cuatro años siguientes al menos ocho escritos de breve extensión.

Renania había sido fundada en 1900 por la editorial August Bagel de Düsseldorf y se publicó hasta 1922. Se trataba de un proyecto editorial que impulsaba la especificidad de toda la región geocultural en torno al Rin, desde la parte germano hablante de Suiza hasta más allá del alto Rin, y desde Alsacia hasta Niederhein. En sus páginas colaboraron con frecuencia escritores tan importantes como Hermann Hesse y Robert Walser; autores que no han tenido la recepción merecida más allá del campo cultural alemán como Oskar Maurus Fontana y Walter Hasenclever; poetas renanos que luego serían clásicos expresionistas como René Schickele, y críticos preparando entonces sus primeras armas como Siegfried Kracauer. Carl Schmitt contribuyó a la revista con materiales de muy distinta índole. Tres fueron reseñas: a Die Philosophie des Als Ob (La filosofía del “como si”), de Hans Vaihinger; al celebérrimo Diccionario de filosofía de Fritz Mauthner, de enorme influencia sobre Jorge Luis Borges; y la más interesante de estas notas bibliográficas, sobre Zur Kritik der Zeit (Para una crítica de la época) de Walther Rathenau, quien llegaría a ser el último canciller de la República de Weimar. Otras cinco colaboraciones son acaso más singulares por tratarse de piezas de mayor imaginación y con una intención “estética”: la prosa breve “Der Spiegel” (“El espejo”); una especie de micropieza teatral titulada “Drei Tischgespräche” (“Tres conversaciones de sobremesa”); los artículos “Der Adressat” (“El destinatario”) y “Die Philosophie und Ihre Ergebnisse” (“La filosofía y sus resultados”); y un ensayo, el texto que más ha sido estudiado de todo este conjunto de primeros ejercicios literarios: “Don Quijote y el público”,1 aparecido en el número 12 de Renania, correspondiente al número 10 (Heft 10), de 1912.

De acuerdo a Reinhard Mehring, connotado biógrafo de Schmitt y autor de una utilísima introducción a su lectura, en este análisis cervantino nuestro jurista-escritor adelanta ya algunos elementos de su crítica al romanticismo que después desarrollará como tratado en 1919: Politische Romantik (Romanticismo político, traducido al español hasta el año 2000 por la Universidad Nacional de Quilmes, Argentina).2 Tengo para mí que, sin atender espe-
cíficamente las consideraciones schmi-
tteanas sobre si Don Quijote es más
un político romántico que un romántico
político, estamos ante un muy curioso intento de teorizar la recepción de una obra y su protagonista que han trascendido la literatura misma y su industria crítica para convertirse en un mito público, popular, que, cito a Schmitt:

en ocasiones logra alcanzar en la novela una superioridad verdaderamente filosófica, expone una interesante filosofía del “como si” y declara que es totalmente indiferente si existe o no Dulcinea. Si [El Quijote] hubiera sido capaz de escribir aforismos tan brillantes como Nietzsche, habría dicho: creo en Dulcinea porque no importa si existe.3

Los años inmediatamente posteriores a la publicación de estos pininos literarios y de Romanticismo político en la vida de Schmitt han quedado en las sombras. Sólo puede reconstruirse cabalmente su biografía de nuevo a partir de 1922. Pero hay varios datos extremadamente curiosos, comprobaciones alucinantes de la entraña literaria de nuestro autor, quien dedicó su inteligencia a la interpretación literaria: ahí quedan sus tres estudios sobre “Aurora Boreal”, el deslumbrante poema de Theodor Däubler y Schatenrrise (Siluetas, 1913), libro que publicó bajo el seudónimo de Johannes Negelinus en una editorial de Estrasburgo, donde
reúne doce “medallones” polémicos, satíricos, de otros tantos escritores como Walther Rathenau, Richard Dehmel, Anatole France, Thomas Mann y Fritz Mauthner. Asimismo, Schmitt sostuvo un cuidadoso trato con escritores —la correspondencia con el novelista Ernst Jünger, monumental tomo de 886 páginas más notas, formado en una fuente tipográfica de ocho
puntos, lo evidencia sin reparos. A tal grado llevó Schmitt la vida de un personaje literario que, ya en 1919, la escritora muniquesa de origen judío Alice Berendt, amiga suya, lo tomó como modelo para el protagonista de su novela Der Glückspitz (Un tipo con suerte), transformándolo en el misantrópico Profesor Martin Böckelmann, joven catedrático de biología que vive distraído de los asuntos mundanos, idealizando cualquier forma de vida, dedicado sólo al estudio de las hormigas mientras es engañado por todo su entorno, incluyendo por supuesto a su mujer, con quien acaba de casarse.
Más que parodiar al medio académico, Berendt procedió a retomar la historia del conflictivo primer matrimonio de Schmitt, casado con una supuesta bailarina a quien durante años le escribió bajo el nombre de Cari, y cuyas verdaderas señas de identidad eran Pawla Dorotič, la hija de un hojalatero vienés, quien durante un tiempo se hizo pasar por aristócrata austriaca.

En su casi centenaria vida, Carl Schmitt, fallecido en 1985, además de haber escrito él mismo un esbozo autobiográfico de ficción titulado Der treue Zigeuner (El gitano fiel o El gitano leal, terminado en 1922), volvió a ser novelizado en 2006, esta vez en una lengua en la que jamás imaginó convertirse en
parte de una ficción, el gallego. Fue Manuel Rivas quien lo introdujo con nombre y apellido reales en un inquietante capítulo de su novela Los libros arden mal. Es curioso, pero acaso ine-
vitable, que esta coincidencia llegase a tener lugar: la segunda ciudad europea que más gustaba a Carl Schmitt, y donde se sentía tan bien como en Plettenberg, era Santiago de Compostela, joya arquitectónica de Galicia.

Una versión de este ensayo dedicado a la memoria de Sergio González Rodríguez forma parte de un libro colectivo en proceso sobre literatura y derecho compilado por el maestro Gerardo Laveaga.