Los nombres de los gatos

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No soy un gatófilo por decisión propia, a pesar de haber tenido y tener muchos gatos en mi vida y de ser amigo de varios que lo son con creces. Y no lo soy porque prefiero cuidar seres humanos que animales. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones he sido yo quien termina cuidándolos y encariñándose con ellos. Y me agradan especialmente porque son más independientes que los perros y menos demandantes, aunque también he tenido muchos perros. Más bien diría que soy felinófilo y canófilo por herencia.

En Grecia los gatos abundan. Se encuentran por todas partes. En la Acrópolis, en Delfos, en los conventos de Meteora, en Kalambaka, en Mikonos, en las calles y plazas de Atenas. Exhiben su ciudadanía con la seguridad de quien forma parte imprescindible de la polis. Están acostumbrados al contacto con el hombre y se dejan ver en toda su elegancia. Según cuenta Heródoto, algunas parejas de gatos fueron traídas de contrabando por marinos fenicios desde Egipto —en donde se consideraban seres sagrados—, ya que estaba prohibido su comercio con fines de exportación. Primero para acabar con la plaga de ratas y ratones que amenazaba sus cosechas, dado su prestigio como buenos cazadores, y luego como animales de compañía. Antes eran las comadrejas y los hurones los encargados de cuidar el campo, que fueron fácilmente reemplazados por los felinos ya que eran más dóciles y limpios. Más tarde los propios griegos se encargaron de expandir su presencia en los países mediterráneos. Una leyenda urbana dice que los gatos griegos provienen de Bizancio: en la basílica de Santa Sofía en Constantinopla uno de ellos dio caza a un roedor que estuvo a punto de caer en un cáliz. Desde entonces, hace veinticinco siglos, los felinos obtuvieron el derecho de poblar las iglesias griegas y de ser siempre bien recibidos.

Como bien dice T. S. Eliot en El libro del Viejo Zarigüeya de los gatos pragmáticos ponerles un nombre “es un asunto delicado / no es un simple pasatiempo”. Suelen tener tres nombres distintos: primero el familiar “como Pedro, Augusto, Alonso o Jaime”, aunque también pueden ser más imaginativos, “como Platón, Admeto, Electra, Deméter”. El segundo tiene que ser exclusivo, individual, uno que los distinga de todos los demás; Eliot propone “Mankustrap, Quaxo o Coricopat / Bombalurina, o bien Jellylorum”. Y el tercero es un nombre secreto, inconfesable, que solo cada gato conoce y que está vedado al entendimiento humano: “su inefable, efable / efinefable / profundo e inescrutable nombre único” (traducción de Alberto Girri).

“Mínimo tigre de salón”, como lo describe Pablo Neruda en una de sus odas, el gato griego es omnipresente en Grecia. No le teme a las cámaras de fotografía: dueño de su papel protagónico, posa con desenfado. Tampoco a las caricias que propios y extraños le prodigan.

Nora, nuestra anfitriona en Atenas, sale por las noche a alimentar a al menos doce gatos que viven en los alrededores de su casa. Todos tienen nombre (Parlanchín, Rurris, Tulis, Nostradamus, Thalia, Lola, Rico, Marcos, D’Artagnan, Nikolakis, Aspruklis, Magrula) y siempre la esperan porque saben que a la misma hora aparecerá con una bolsa cargada de croquetas. Son suyos y de sus vecinos: como muchos de los gatos griegos, aunque vivan en las calles, su cuidado es colectivo. Hoy regresó uno a su casa de asfalto luego de haberse sometido a una operación en un hospital veterinario. Hace dos años Pere, esposo de Nora, se encontró en la calle uno recién nacido y lo adoptaron ambos para tenerlo consigo. Hubo que alimentarlo con un biberón para que subsistiera. Se llama Félix y como sobrenombre catalán al que también responde, Gatet. Seguramente ninguno de los otros, los homeless, se acostumbraría a vivir bajo el cobijo de un hogar que no sea el que ha hecho suyo en las calles, ahora entre los andamios que ocupan buena parte de la catedral que está en reconstrucción luego del sismo de 1999 en la Plaza Mitropóleos.

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