Los nuevos nacionalismos

HOY Y MAÑANA EN AMÉRICA DEL NORTE

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Hace un par de semanas, el periódico británico The Guardian publicó un texto excepcional de Rana Dasgupta con el título “El deceso del Estado-nación”.

El argumento general del ensayo era que los estados-nación nacidos de la paz de Westfalia ya no son entidades exitosamente operativas en la globalización y que, en buena medida, el desencanto con las democracias contemporáneas viene de esa disfuncionalidad. En otras palabras, los desafíos internacionales que plantea el mundo contemporáneo no pueden ser resueltos por las limitadas capacidades de un Estado-nación, y exigen un enfoque de cooperación internacional permanente. Lo mismo si hablamos de combate a la evasión fiscal de las empresas transnacionales, políticas contra el terrorismo, el crimen organizado o el cambio climático, ningún país puede derrotar por sí solo adversarios tan poderosos.
Sin acciones concertadas entre varios estados, las poblaciones seguirán recibiendo servicios públicos insatisfactorios y la indignación contra los partidos políticos y liderazgos tradicionales seguirá creciendo. Las promesas de campaña de los candidatos en cualquier elección son casi todas falsas en tanto no existe ya un estado-nación (ni siquiera Estados Unidos, el más poderoso de la Tierra) capaz de cumplirle a su población. Los estados-nación, entidades con un origen histórico, tendrán también un final histórico y habrá necesidad de configurar nuevas entidades políticas para gobernar el mundo. Hasta ahí el argumento del artículo.

Paradójicamente, en la era que más cooperación internacional reclama, la humanidad regresa al cultivo de las pasiones nacionalistas. Lo mismo en países en vías de desarrollo que en las súper potencias militares como Estados Unidos, Rusia o China, la plaga del etnocentrismo y el odio nacionalista contra los extranjeros se extiende masivamente. Más aún, los electorados se pronuncian a favor de los políticos más agresivamente nacionalistas que encuentran. Es una especie de reacción psicológica de defensa frente a la incertidumbre producida por la globalización. La gente experimenta un miedo comprensible y justificable ante la inutilidad del Estado-nación para protegerla del caos. La necesidad de sentir que es posible aferrarse a algo, devuelve popularidad a soluciones estatistas o identitarias demostrablemente fallidas del pasado.

“Sangre y pertenencia” le llama Michael Ignatieff en su libro recientemente traducido al español sobre los violentos nacionalismos contemporáneos. En Quebec o Cataluña, Ucrania, Irlanda del Norte o Washington, el discurso del odio a lo externo gana adeptos cada vez más fanatizados. En muchos casos, incluso llega a proponer el separatismo. La pregunta es qué va a pasar cuando los pueblos adviertan que el nuevo nacionalismo no resolvió ninguno de sus problemas y el Estado-nación no pudo parar el avance tecnológico ni logró producir los bienes y servicios que necesitaban. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, escribió el joven Karl Marx.

Raudel Ávila
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