Los olímpicos y el horror

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Luego de horas atrapado entre una manifestación campesina y un bloqueo de la CNTE, y ya con el agua hasta el aguijón de tanto chubasco y “encharcamiento” citadino (Mancera dixit), el escorpión no escapa al tema cultural de hoy. ¿Cuál de todos?, preguntará el lector: ¿Yunes contra Duarte; los funcionarios de la Secretaría de Cultura insultando a sus críticos; los liberales arguyendo voluntariosos la legitimidad de su conservadurismo; las organizaciones “decentes” en campaña contra el matrimonio igualitario; el arte contemporáneo despreciado por doña moda comercial; las redes sociales dando cuero a intelectuales y periodistas lentos y fuera de forma?

Más sabe el alacrán por viejo, por eso prefiere el trending topic (dirían los
millenials) de los Juegos Olímpicos. Pero como detesta los lugares comunes y el festín emocional explotado por tanto cronista deportivo, se revive mejor en 1968, con 14 años, en las gradas del remodelado Estadio Olímpico Universitario. Allí vio el estreno del tartán y admiró proezas como el salto de longitud de 8.90 metros realizado por Bob Beamon; el triunfo en el maratón de Mamo Wolde, quien derrotó por fin al corredor descalzo Abebe Bikila (acaso por mejor convenir a los fabricantes de zapatos deportivos), así como la primicia del estilo del salto de altura de espaldas (2.24 metros) implantado por Dick Fosbury.

Para quien no haya tenido la fortuna de presenciarlo, el venenoso rescata la imagen más trascendente de aquellos Olímpicos de 1968. En el podio de los 200 metros planos, los afroamericanos Tommie Smith y John Carlos, primer y tercer lugar, levantan la mano enguantada en reivindicación del “poder negro” y contra la discriminación. Incluso el australiano Peter Norman, segundo lugar en el podio, apoyó la acción política. Y los tres lo pagaron caro: los estadunidenses fueron marginados y vilipendiados hasta lograr más o menos su reivindicación treinta años después. El australiano murió de alcoholismo y abandono sin quien se acordara de él. La Olimpiada iniciada con una masacre estudiantil reivindicó así los alcances de la política.

Ya en su nido, el rastrero destaca otra característica irrepetible de aquellos juegos: fueron los últimos amateurs de la historia. Desde entonces, las marcas comerciales, los equipos profesionales y el dinero tomaron por asalto la “máxima justa deportiva”. Y cuatro años después, en Munich 1972: el terrorismo y el horror.

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