Los senadores y la dictadura

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Luego de un mes de debates, dos posposiciones y una votación favorable en comisiones, el Senado rechazó por 43 votos contra 42 el punto de acuerdo sobre la violación de derechos humanos en Cuba.

La forma como se logró ese reñidísimo resultado —ausencia de priistas y perredistas que habían defendido la resolución, cambió, a última hora, por el voto de un panista, intervenciones de la embajada cubana en México y de la embajada mexicana en La Habana…— habla de un arreglo extraparlamentario, concebido para proteger las relaciones entre México y Cuba.

Muchos de los argumentos contrarios al punto de acuerdo que surgieron en el debate —defender la doctrina Estrada, no contentar a Miami, evitar el alineamiento con Estados Unidos…— no fueron decisivos. Esos tópicos que aparecen una y otra vez en los sectores cada vez más reducidos de las izquierdas doctrinarias tienen escasa gravitación sobre los intereses reales de los partidos en materia de política exterior. La irrealidad de ese discurso se vuelve cada día más tangible, por el agotamiento de la otrora incansable maquinaria de legitimación del socialismo cubano.

Lamentar la muerte del opositor Orlando Zapata, exhortar al Presidente a que sugiera al gobierno cubano la liberación de presos políticos o hacer un llamado a los líderes de la isla a que eviten otra muerte por huelga de hambre no son abandonos de la doctrina Estrada —que no tiene que ver con el respeto a la soberanía de otras naciones sino con el reconocimiento de gobiernos no democráticos—, ni injerencias en los asuntos internos de Cuba, ni suscripciones de la política de Washington, ya que todos los senadores mexicanos se oponen al embargo comercial.

El argumento decisivo para no votar el punto de acuerdo fue que el mismo boicotearía la agenda bilateral y revertiría el mejoramiento de las relaciones México-Cuba impulsado por el presidente Calderón y la canciller Espinosa. No deja de ser paradójico que el último recurso que va quedando al gobierno cubano para contener las críticas a la falta de democracia en la isla sea, justo, la amenaza del congelamiento o la ruptura de relaciones, en este caso, con un país latinoamericano de tanto interés para La Habana.

La votación del 15 de abril no fue, sin embargo, un triunfo de la diplomacia cubana. La prensa oficial de la isla, siempre ávida de titulares que afirmen la “solidaridad” con Cuba, no destacó la derrota del punto de acuerdo en el Senado. El debate fue mayoritariamente crítico del sistema político insular, la intervención del embajador cubano en el mismo fue rechazada por los tres grandes partidos y la votación, como decíamos, fue demasiado reñida y claramente arreglada a última hora.

El mensaje que los promotores de la iniciativa querían enviar a la opinión pública mundial, a la comunidad internacional y al propio gobierno de Raúl Castro llegó a su destino. Aún con el arreglo de la víspera, los senadores mexicanos hicieron saber al mundo que, como legisladores de una democracia, rechazan cualquier totalitarismo y piensan que la oposición insular debe ser reconocida como actor legítimo del proceso cubano. Ese mensaje puede ser tan eficaz como un punto de acuerdo mayoritariamente votado.

rafael.rojas@razon.com.mx

fdm

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