Lotte y Zweig /
Desenlace en Brasil

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Por Dionísio da Silva / Traducción
Delia Juárez G.

Perdidos
en Petrópolis

Los buenos siempre vi pasar
severos castigos en el mundo,
Y para mí lo más sorprendente
Los malos vi siempre nadar
Por mar de contentamientos…

Luís Vaz de Camões*

Hace más de treinta años ya. El tiempo pasó y me tardé en percibir que los días me corroían por dentro, obligándome a hacer intercambios en los que siempre era yo quien quedaba en desventaja.

Nuestro destino puede cambiar por la palabra de un amigo que, justamente por venir de un amigo, no nos cuestionamos. Cierto día de 1911, Walter Rathenau me dijo: “Hay que conocer el mundo antes de escribir sobre él”. Me pareció un buen consejo, eran palabras sensatas, razonables. ¿Así debía ser? Sí, pero no. La herramienta intelectual más importante de un escritor es su imaginación, nunca la investigación. ¿La investigación, la reunión de datos, escudriñar la realidad? Nada de eso importa. No por azar Homero era ciego. Un escritor necesita escuchar. Y mientras más contradictorio es lo que escucha, mejor, más fascinante es el desafío para que escriba sobre el tema que eligió. Pero no, yo seguí la recomendación de mi amigo y en 1911 ya estaba en Oriente, más allá del Caribe.

Estuve en el Canal de Panamá un poco antes de que las manos del hombre juntaran los dos océanos. Si hubiera entonces conocido a un famoso poeta brasileño —¡Brasil tiene tantos poetas buenos, ahora olvidados!— habría tenido otra idea de esos dos mares. Castro Alves, contemplando el Atlántico en el horizonte, escribió este hermoso verso: “¿Cuál es el cielo, cuál el océano?”. Y también: “De nave errante, ¿quién el rumbo sabe en tan gran espacio?”, y yo soy esa nave errante, navegando, dejando rostros que aparecerán más temprano o más tarde, pues Brasil, grande como el mar, es también grande como el Sahara, “en que corceles el polvo alzan, galopan, vuelan, mas no dejan trazo”.

Cuando leí las Meditaciones sudamericanas del conde Hermann Keyserking, tuve ganas de conocer esa parte del mundo que según él seguía tal como había sido creado durante el tercer día. Era América del Sur. Muy culto el conde, pero olvidó algunas cositas en los desabridos elogios que le hizo a la nueva tierra. En el tercer día, los hombres y la mujeres aún no habían sido creados, y él lo ignoró. Eso fue en el cuarto día que no tuvo crepúsculo, como dijo San Agustín. Cómo, entonces, fueron contados los días anteriores a la creación del Sol, de la Luna y de las estrellas, es cosa que rebasa mi entendimiento. Le conté a Walter que entonces quería ir a Argentina en dirigible, y le pregunté si dos o tres semanas eran suficientes para verlo todo.
Pero no fui ese año. Llegué 25 años después. Y no llegué en dirigible. Llegué en barco. Y no desembarqué en Buenos Aires, sino en Río de Janeiro. Dios mío, nada es como lo planeamos, encontramos lo que no buscamos y lo que buscamos ni siquiera lo encontramos. Lo más común es encontrarnos lo que nunca procuramos, ya sea la desgracia, ya sea la felicidad. Pero, como sabemos, la felicidad no es indispensable. Y la desgracia pocas veces es inevitable pues se presenta sin aviso, sin planeación, y acierta siempre en el objetivo de quien la lanza sobre el mundo.

Llegué a Río por la noche. Nunca olvidaré el día de llegada, o mejor, la noche, con una vista nocturna deslumbrante de la ciudad que me recibía tan bien. Parecía que allí sería feliz, y Lotte también. Mi amada bajó con un vestido estampado, con un saco negro en las manos, guantes y paraguas. En el barco, se puso unos zapatos negros, cerrados. Para que un hombre garantice la paz conyugal mientras la mujer se viste, es mejor responder favorablemente cuando le pide su opinión, pues al cabo su juicio no tiene la menor importancia, es tan sólo una concesión amistosa que la esposa hace, convencida de que el compañero no sabe nada de eso y que siempre la preferirá desnuda, o encuerada, como dicen los brasileños, que incluso para eso son libidinosos, porque desnudas están las estatuas griegas, las obras de arte, no las mujeres con las que conviven, aunque sea de vez en cuando. Ellas jamás estarán desnudas, sino encueradas, o sea, con el cuero cubriendo su desnudez, porque lo que los encenderá siempre será la piel de la amada que, por intuición, cuida mucho el mayor órgano del cuerpo humano. Se puso el sombrero, negro también, coquetamente ladeado, realzando su chongo, pues aunque el cabello suelto hace sensual a una mujer, con Charlotte no era ese el caso. Era cuando mostraba la parte posterior del cuello que la luz se difundía sobre su rostro, casi siempre entristecido.

Cuando empezamos a tener una relación en la oficina, yo, para entenderla, buscaba en los libros la comprensión que me faltaba, lo que no entendía, los huecos producidos por la diferencia de edad de casi treinta años entre nosotros. ¿Quién entiende a una mujer mejor que ella misma? Por eso comencé a releer Mitsú o cómo el carácter llega a las muchachas, pues si bien amamos en las muchachas la frescura, sabemos que esos encantos son pasajeros, no en ellas, sino en nosotros y que ambos necesitan de carácter, y Charlotte parecía tener tan poco de esa esencia. Frida tenía más, que no me oiga Lotte, pues otra característica de las mujeres es el absolutismo, no permiten la comparación que, irrumpiendo en nuestros corazones, debe ser contenida, expulsada, anulada, evitada o por lo menos escondida de aquella con quien se vive. Colette vivió con un hombre veinticuatro años más joven que ella, lo que hoy equivaldría a unos cuarenta más, y al final de su novela autobiográfica Querido, cuya lectura me dio un consejo para el desenlace, escribió: “‘Adiós, querida, adiós… Eso es todo’, le dirás tú a Charlotte… Ella cerrará la puerta y el silencio pondrá fin a sus palabras desesperadas”. Como el personaje tenía el mismo nombre que mi amada, que en ese momento era apenas una aventura, yo intentaba ver en qué se parecían o en qué eran distintas.

Días después, el 25 de agosto de 1936, cuando nos recibió el presidente Getúlio Vargas, ella vestía una blusa blanca, falda y saco negros, zapatos también negros. Como dicen los brasileños, la cosa estaba negra, pero nadie lo notó, quizá era que las mujeres se vestían así con el pretexto de la elegancia. Mi contemporáneo Freud escribiría un bello y profundo estudio sobre los colores y los cortes de la indumentaria femenina para cada ocasión, siempre indescifrables para todos nosotros.

* * *

¡Cuántas cosas recuerda un hombre el último día de su vida! Me doy cuenta de eso mientras desayuno. Como Lotte todavía no se levanta, hablo conmigo mismo, recordando para unir fragmentos, componer un mosaico para poder entendernos, entender lo que hubo entre nosotros, aunque lo haga el último día de mi vida. Ya no soy austriaco, creo que empecé a ser brasileño el día en que leí en O Globo, el 18 de abril de 1938, dentro de poco harán cuatro años ya, que me naturalizaría brasileño cuando Austria fuera anexada a Alemania.
Lotte duerme. Es lo que más hace últimamente. Experimenta a plazos el sueño eterno. No es recomendable dormir tanto, uno puede acostumbrarse, creer que el sueño es bueno, prolongarlo un poco cada día, y finalmente no despertar más. La vida no es de los dormilones, es de los vigilantes, de los despiertos y también de los insomnes, aquellos que no saben dosificar el descanso, incluso por razones que les son indeseables. ¿Pero si uno no duerme, cómo soñar?

Esta ciudad sin mar me entristece día con día. Cuando vine a ver esta casa, desde la terraza vi el monte lleno de árboles, el Paraíso en el tercer día, ni siquiera me importó el mar, pero ahora, cuánta falta me hace. Si no muriera hoy, si decidiera volver a vivir, volvería al Hotel Paysandu, en la Playa de Flamengo, qué feliz fui allí. Me encanta vivir en hoteles pues odio hacer café, aunque nadie sabe eso, y Lotte tarda tanto en levantarse que además de que preparo yo solo el café, también debo tomarlo solo, teniendo apenas por compañía al pájaro de copete anaranjado, primo del pájaro del espíritu santo, no sé quién le dio ese nombre, debe haber sido un jesuita, eran malvados en todo y hasta los nombres de los pájaros manipularon, no sólo los de las ciudades y los de las personas.

¿Qué hay detrás de un nombre? El rostro de una persona, su vida, su biografía, lo que siente, piensa y dice, el abandono al cual fue sometido por muchos otros nombres.

Hace unos días Lotte me preguntó por qué titulé Impaciencia del corazón a mi novela, si ese corazón es autobiográfico, si ese corazón es el mío. Le contesté, jugando, si lo preguntas es porque tu corazón también está inquieto. Quería ponerle de epígrafe la frase de San Agustín, “Mi corazón estuvo siempre inquieto, pero se calmó al encontrar a Dios”, o algo así, pero tuve miedo de desagradar a mis lectores judíos. Un día Frida me preguntó qué tan importante era Lotte en mi vida y yo le pregunté por qué. Y dijo: “Me apena esa muchacha, ustedes, los filósofos, no piensan en las mujeres que aman, el mismo San Agustín sólo habla de su hijo Adeodato, ni siquiera menciona el nombre de la madre del hijo, sólo habla de Mónica, la abuela del niño, podría al menos decir que se llamaba Melania”. Otro de los misterios de Frida: ¡nunca pensé que le importaran los nombres!

Creo que voy a despertar a Lotte o subir el volumen al radio o dejar al pájaro cantar.

El último día
de mi vida

Se transforma el amante en la cosa amada
Por virtud del tanto imaginar,
Luego no tengo más que desear
Pues en mí tengo la parte deseada
.
Luís Vaz de Camões

Me parece bueno ese sistema de que el lector reciba a domicilio un libro que no pidió. No todos los lectores saben lo que quieren leer, son indecisos, de modo que el Club del Libro de la Editora Guanabara Koogan entrega los títulos que el editor o algunos lectores escogen. No hay riesgo de que distribuyan libros estorbosos o inservibles, pues el señor Koogan es muy cuidadoso al elegir lo que publica.

El escritor es adicto a los libros. No sólo los escribe, los lee, los ama, convive con ellos como si fueran sus amigos. El perro es sumiso; el libro no. Un viejo amigo te ofende o traiciona, el libro no. Puedes abandonarlo en el librero, pero siempre será el mismo, y sólo cambiará si tú cambias antes de leerlo; cada
libro es diferente en cada lectura. El escritor es así: morirá hoy, pero muere pensando en su adicción.

Lotte escribió a su sobrina que yo podría escribir con tranquilidad aquí en Petrópolis, que es una serranía maravillosa. Que sólo necesitaba calma para escribir y la atención de Koogan, mi editor.

¡Lotte! Aquí está su foto en la carpeta del American Foreign Service, cuando nos preparábamos para viajar a Estados Unidos y presentábamos pasaportes británicos y ella declaraba que me acompañaría en un “lecture tour”, presentando como comprobante una carta-invitación de Harold R. Peat. Es del 10 de septiembre de 1940, hace casi dos años. El 5 de mayo Lotte había cumplido 32 y estaba muy lejos de Alemania, felizmente. Encontraría la muerte muy lejos de Kattowitz, su ciudad natal. Esa bebé que nació allá para el mundo, tras la frescura y los esplendores de los verdes años, se prepara ahora para llegar a su final aquí.

La foto engaña, como todas las fotos. Cabello corto, oscuro, con raya en medio, una blusa cerrada de botones grandes. Miró a la cámara, casi sonrió, estaba feliz, venía a Brasil, le brillaban los ojos, no sabía que vendría a morir tan joven en el Paraíso, acompañada de un viejo desgraciado como yo.

Las jóvenes deben ser cuidadosas al escoger a sus maridos. Y si además lo escogen como padre de sus hijos, podrán incluso despreciarlo, ignorarlo y dedicarse sólo a sus retoños, finalmente es para eso que nos quieren. Y si es posible, podrán ejercer el poder de la atracción irresistible que el cuerpo femenino despierta en el hombre que está a su lado.

Conmigo, lo primero es lo secundario, el placer que puedo darle como hombre durará casi toda la vida, sin embargo lo que ella podía darme como mujer no, murió pronto con ese asma maldito que impide besos, cariños y todo lo demás. Hijos, ni siquiera le prometí ni ella los quiso. Charlotte Elizabeth, en el documento Elizabeth Charlotte Altmann Zweig no dejará descendencia.

“¿Qué río es éste por el que pasa el Ganges?”, preguntó un poeta. ¿Qué mujer es ésta que la foto oculta?, pregunto yo. Y los fotógrafos y los estudios fotográficos incluso hablan de revelar. “¡Todavía no están listas las fotos, todavía no están reveladas!” Y nunca lo estarán, en cierto sentido, pues Lotte, como es el caso, nunca fue revelada.

Llegamos a Brasil el 21 de agosto. Mi joven mujer fue obligada a firmar la fecha explicando: “llegué a Brasil el 21 de agosto de 1940, con el propósito de acompañar a mi marido”, añadiendo “mi ocupación en los últimos dos años fue ser ama de casa y actualmente es la misma”.

Dicho en portugués parece menos ofensivo, es natural para una mujer cuidar la casa, como se hace desde las más antiguas civilizaciones, pues las mujeres tienen habilidades prácticas para servir, al parecer nacieron preparadas para eso. Hace unos días leí en un libro chino que los primeros ideogramas para designar a la mujer la presentan inclinada, doblada por la mitad, indicando una pose y dos variaciones: sexo, plegaria y trabajo. Es lo que hacen a lo largo de la vida: servir a los hombres y sus dioses, a veces los hombres y los dioses reunidos en la misma entidad, como hicieron los cristianos con la trinidad. El dios barbado, primero de los judíos y después de los cristianos, ya tenía barba incluso en las civilizaciones más antiguas en que los viejos detentaban el poder, y sólo pasaban a ser imberbes cuando los más jóvenes los sustituían, ya fuera por las epidemias, que diezmaban primero a los más débiles, estando los viejos entre ellos, ya fuera por la guerra. Las diosas aparecen siempre de cara lavada, pues los cosméticos tardaron en llegar, llegaron con la prosperidad y la abundancia. Además, ¿para qué necesita una mujer joven los cosméticos?

Nosotros los hombres somos torpes en los quehaceres que a ellas milenariamente se les dan muy bien. Inventaron la cocina, para cocinar el producto de la caza y los cereales; inventaron el horno para el pan; inventaron la cama para recibirnos mejor; inventaron la higiene, más indispensable para ellas que para nosotros por sangrar cada mes, y salieron poco de casa, pues nosotros atravesábamos ríos y lagunas, nos adentrábamos en los mares, mientras ellas resguardaban las cavernas o cabañas o grutas para que los bebés no murieran o fueran devorados por los depredadores. Y si no volvíamos, salían a buscar a sus compañeros, rescatando el cuerpo o los restos mortales para guardarlos cerca de donde vivían, inventando así también el cementerio. Y quizás haya sido también de ellas la invención de la escuela para trasmitir el patrimonio del saber acumulado, pues de no ser así los hijos tendrían que partir de cero. Entre todos los sentidos femeninos el más importante es la vista, pero una vista diferente a la nuestra que es para ver. En las mujeres su finalidad es otra. De tanto usar la vista para proteger, para vigilar, para cuidar, ejercitaron más el ser vistas, el ser visto. Ya ciegos o muertos, querían tenernos cerca para que nos vieran, una forma de no ser abandonados o ignorados. En lugar del clásico “usted me está viendo”, o el oculto “está usted siendo visto” de los triángulos masónicos, adoptados después por las iglesias y colocados en lo alto de las paredes de los salones de clase, recordando una vigilancia eterna.
Lotte heredó de la condición femenina, aunque más por atavismos que por iniciativa propia, una habilidad para vivir que yo no tengo. ¿No siempre me siento perturbado? Para mí, la vida ha estado siempre llena de ataduras e impedimentos, de confusiones y equívocos.

Lotte duerme. Ahora retoma el último ronquido, oigo el rumor, parece el maullido de una gata pero es tan solo el asma cumpliendo su objetivo de cavar los pulmones de mi amada con un engaño disciplinado, constante, efectivo. Sin embargo mi obediente compañera no morirá de eso, ya que rara vez morimos de lo que sufrimos. La muerte es casi siempre creativa y sorprendente. “No sabes ni el día ni la hora” decía aquel judío como yo, tan diferente a mí, pero yo sí sé el día y la hora. Será hoy por la noche. Éste es el último día de mi vida. Además será el último día de nuestras vidas, pues Lotte también morirá. ¿O será que desista de obedecerme por última vez?



* Los Lusiadas, traducción de Benito
Caldera, Espasa Calpe, Madrid, 2007.
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