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Foto: Especial

El que nació en la Antigua, Guatemala, Luis Cardoza y Aragón (1901-1992) decía que su vida había sido “el amor, la libertad, la poesía”. El orden de estos factores no alteraba el producto. Para tan augusta trinidad cuánto no escribió. Porque escribir para el que vivió entre nosotros era una “manía satánica”. Escribía sobre sus “paseos de sonámbulo” y sobre sus “visiones y las voces” que oía, sin olvidar su tierra que sangraba. Sobre su tierra escribió con pasión y heroísmo. Salió de su casa muy joven, pero nunca la olvidó. Cuando fue necesario ir a esas tierras llegó con lo que tenía, su imaginación poética y política. Guatemala: “Pequeña tal vez un gran diamante: dura y definitiva, con su luz en tropel, hasta ayer maculada de lodo y sangre”.

En otra oportunidad, Cardoza y Aragón señaló que el “humanismo es crítica, es imaginación, es coraje en la intransigencia lúcida”. Y nada mejor que su propia existencia y su obra colosal y señera para demostrar que era crítico, con una imaginación que desbordaba cualquier frontera y con un “coraje en la intransigencia lúdica”. De ahí la subversión del pensamiento y la imaginación creadora, para desafiar al dogma y los dogmáticos, los esquemas y esquemáticos. Y como era costumbre en Cardoza y Aragón, juega con las palabras, como niño con sus canicas. Hace chiras, pelas. Brotan sus aforismos: “El dogma. El esquema. Proseguir en la mar alta de la razón”.

Le disgustaban los “tibios, los indiferentes, los eclécticos, los oportunistas, los acomodaticios,
los conformistas, los atentos al público para el renombre… toda esa vanidad que comprueba una inmensa pequeñez de ánimo”.

En cambio, cómo admiraba a Artaud, a quien conoció en París y vio nuevamente en México: escribió decenas de páginas sobre este hombre al que siempre creyó una hoguera que “vivió en llamas”.

Cardoza indagaba, investigaba, comprendía y entendía, porque nunca dejó de ser un hombre que amaba la libertad, y en estas páginas señala que el cristianismo y el comunismo se encontraban, “a pesar de todo, íntimamente ligados por su propia oposición”.

Por eso nada más edificante que esta “Conjuración de El Brujo”: “No son las simpatías sino las diferencias las que fortalecen las afinidades y los afectos sustantivos”.

Cardoza, más vivo que nunca.

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