Luz de Luna
Opresión,Discriminación y Dulce Justicia

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La ceremonia de los Óscares que tuvo lugar el año pasado fue casi universalmente criticada y ridiculizada porque los nominados eran abrumadoramente blancos, eso dio lugar a protestas, boicots y el hashtag Oscarsowhite. El mensaje definitivamente tuvo repercusión en la Academia por lo que este año nominaron a un número sin precedente de afroamericanos y minorías. Ahora, también es necesario señalar que hubo un gran número de películas importantes con protagonistas y temas raciales, como Fences, Hidden Figures, Loving, I’m Not Your Negro, O. J. An American Story y por supuesto Luz de luna que ganó el Golden Globe y el Óscar a la mejor película. Se puede pensar que esto es un cambio oportunista y cosmético, sin embargo también podemos afirmar que estos actos tienen consecuencias y transforman poco a poco a la sociedad. Por supuesto que en esencia los Óscares son un mecanismo promocional, parte de una maquinaria comercializadora con serios compromisos con agentes, productores, financieros y estudios, por lo que los criterios estéticos y fílmicos muy a menudo pasan a segundo plano. Sin embargo, de cuando en cuando alguna obra maestra logra colarse y presentar una visión artística personal.

Luz de luna parecía una cinta hecha con un recetario del éxito: un retrato de maduración de un joven negro homosexual, de una familia disfuncional, de un gueto de Miami, que padece durante su infancia y adolescencia el acoso brutal de sus compañeros y eventualmente termina en la cárcel donde se reinventa. No obstante, el segundo largometraje de Barry Jenkins (que llega ocho años después de su debut con Medicina para la melancolía) es un trabajo vibrante que rompe con cualquier expectativa. El filme es la adaptación de la obra de teatro de Tarrell Alvin McCraney, In Moonlight Black Boys Look Blue, y está dividido en tres episodios en la vida del protagonista: la infancia, la adolescencia y la edad adulta, interpretados por tres actores diferentes. El primero tiene lugar en los años ochenta y está protagonizado por Little (Alex Hibbert), quien a los diez años es torturado por sus compañeros de la escuela, abandonado por su padre e incapaz de encontrar consuelo en su madre, Paula (Naomi Harris), quien trabaja como enfermera y pasa del uso eventual de crack a perderse en la adicción.

Little huye de unos niños que lo atacan y se esconde en una vivienda abandonada donde se encuentra con Juan (Mahershala Ali), un narcotraficante que reconoce su predicamento y que se convierte en su protector; junto con su novia, Teresa (Janelle Monáe), crean una especie de familia alternativa que lo ayuda a sobrevivir. Juan se convierte en su modelo, en la única figura paterna de su vida, quien le ayuda a creer en sí mismo, le enseña que no tiene nada
de malo ser distinto y que no debe
avergonzarse de su sexualidad. Por
supuesto que esas palabras de aliento no tendrán valor por sí mismas sino hasta que el muchacho las haga suyas. Durante una cena Little les pregunta a Juan y Teresa qué quiere decir faggot (maricón o puto). La secuencia es devastadora ya que refleja todo el dolor contenido en la vida de un niño y pone en evidencia que no hay ni habrá soluciones fáciles ni redenciones hollywoodenses.

La influencia más evidente del trabajo de Jenkins es el cine intimista y sensual de Wong Kar-wai, pero también podemos pensar en la versatilidad de lo impredecible del cine del tailandés Apichatpong Weerasethakul. El trabajo de cámara de James Laxton es esencial para crear una atmósfera única, empleando numerosas tomas con steadicam que siguen a los personajes, así como colores saturados, brillantes e intensos que establecen un contraste entre el abandono urbano y la riqueza emocional de los personajes. La música también funciona por contrapuntos entre hip hop y melodías clásicas.
Estos elementos hacen que el filme se diferencie de un cine social típicamente realista y naturalista. El hecho de que no hay blancos en la pantalla crea un universo particular en el que el mal no proviene del “otro” ni del poder sino que es un fenómeno endémico.

Este es un filme intensamente personal, que muestra con eficiencia
los peligros y la violencia latente en los barrios pobres negros estadunidenses en la era de la epidemia del crack, desde los encarcelamientos masivos (que tan bien explica Ava DuVernay en su excelente documental The 13th), a la violencia policial impune y la desintegración familiar. Juan es el emblema del sobreviviente que tiene cierto poder en las calles pero se sabe vulnerable en un medio profundamente racista. Es un hombre que no tiene interés en convertir a Little en el heredero de su negocio criminal ni trata de abusar de él, sino que por el contrario, le ofrece comida, un techo y respeta su independencia. La imagen emblemática de esta relación de confianza y cariño es aquella en que Juan le enseña a nadar en el mar. Juan sabe que la
madre de Little es una junkie y si bien la confronta, no tiene la autoridad moral para condenarla, ya que él mismo es el proveedor de la droga. En una cena Little le pregunta a Juan si su mamá toma drogas y si él las vende. Sin recriminación alguna queda establecido el círculo vicioso en el que villanos y víctimas intercambian puestos.

En el segundo episodio el tímido
Little se ha convertido en un adolescente silencioso e introvertido, su nombre ha cambiado, ahora le llaman Chiron (Ashton Sanders) pero sigue siendo víctima de los bullies en la secundaria y también de las agresiones cada vez más violentas de
su madre, quien lo responsabiliza de su
soledad y rechaza con ira y miedo
su sexualidad. Una noche en la playa, no por casualidad frente al mismo mar en el que Juan le enseñó a nadar, Little tiene su primera experiencia
sexual con su único amigo de la infancia, Kevin. Sin embargo, poco después Kevin es presionado por los compañeros de la escuela para pegarle a Little.
Cuando por fin decide defenderse, logra romper el ciclo del abuso pero termina en la cárcel.

En el tercer episodio Chiron se ha convertido en el musculoso Black (Trevante Rhodes), ha salido de la cárcel y aparentemente no le va nada mal como vendedor de droga. Sigue siendo un hombre silencioso pero ahora proyecta una mezcla de melancolía y seguridad en sí mismo. Ahora su madre está en un centro de rehabilitación y pueden sentarse frente a frente sin gritos ni rencor. De pronto Kevin (André Holland) lo llama por teléfono y se reúnen en el restaurante donde él trabaja. Esta conversación con sus silencios, miradas, tensión en los rostros y gestos va formando un magnífico mosaico de emociones, donde la intimidad, el cariño, los remordimientos y la comprensión apenas quedan sugeridos pero dan lugar a una poderosa catarsis y a una fabulosa secuencia fílmica. Lo que parecería un relato convencional de miseria, crimen y tragedia es transformado por Jenkins en una historia de cambios y descubrimientos, en un recuento poético y liberador. Sin escapismo, ni espiritualismo ni fantasías frívolas Luz de luna es una historia que sortea las consecuencias habituales de una vida de represión, crimen y angustia, y lo hace sin lugares comunes ni personajes estereotípicos. Este es un filme sin precedente en el cine estadunidense y su triunfo es indudablemente un acto de justicia.

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