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Un grupo de migrantes camina hacia Lima, Perú, por la orilla de la carretera Panamericana el pasado 26 de agosto. Foto: AP
Un grupo de migrantes camina hacia Lima, Perú, por la orilla de la carretera Panamericana el pasado 26 de agosto. Foto: AP

“Me quedé sola con mi esposo. Yo sé que mis hijos van a salir adelante, que están buscando su camino, pero nosotros nos quedamos solos. Están las redes, el Whats App, cuando hay Internet porque es intermitente, pero nunca es igual. Esto le rompe el corazón a cualquiera”. Martha tiene 62 años, su esposo suma 66 y sus dos hijos ya no están en el mismo país, ni siquiera en el mismo huso horario. Uno, el mayor, se fue a Costa Rica. La menor ahora vive en Madrid.

En la casa de los Castillo, en Caracas, se acabaron las celebraciones, ni de cumpleaños, ni de Navidad. Los brindis llegaron asta 2017. “Mi corazón me dice que ellos no van a regresar por mucho tiempo, que no los veré de nuevo en persona. Ése es mi miedo. Pero yo no les digo nada a ellos, porque uno tiene que ser fuerte”, dice Martha, quien ya tiene un primer nieto, que nació costarricense. No lo conoce. “Mi esposo un día me dijo: ‘si yo me muero, ¿tú qué vas a hacer?’. Pues me tocará enterrarlo y quedarme sola”.

Lo que ocurre en la familia Castillo se repite a lo largo y ancho de Venezuela. La Organización Internacional para las Migraciones, adscrita a las Naciones Unidas, estima el éxodo venezolano en 2.3 millones de personas, de las cuales 1.6 millones salieron de las fronteras en apenas los últimos tres años. En una cifra conservadora, la encuestadora Consultores 21 estima que el dato real alcanza 5.5 millones de personas, más del 15 por ciento de la población total del país registrada en el censo de 2011 del Instituto Nacional de Estadísticas (27 millones 227 mil 930).

La disparidad, no obstante, puede tener que ver con los registros migratorios. Muchos de los que se han ido de Venezuela han aprovechado la doble nacionalidad para irse a otros países como nacionales. Colombia calcula en 300 mil los retornados a su país. Y Europa recibe a quienes se fueron hace medio siglo, o sus descendientes.

Es el caso de Luen Peters, hijo de francesa y ahora viviendo en Barcelona desde hace cinco años. Llegó con mil euros y ahora es dueño de una academia de artes marciales. Planea reunirse con su madre, de 76 años, y a quien no ve desde 2013. “Ella está sola. Yo le mando dinero, 50 o 100 euros mensuales, además medicinas, zapatos, comida”, cuenta Luen.

Gráfico: La Razón de México

La mujer nació en Francia, hija de un soldado republicado exiliado durante la Guerra Civil española, y se mudó a Venezuela cuando la Segunda Guerra Mundial le obligó a salvar el pellejo otra vez. “Ahora allá ve las mismas penurias, colas para comprar pan, escasez de medicinas y de comida, servicios públicos deficientes”, relata Peters sobre su madre, quien no conoce a su pareja.

El estudio de Consultores 21, realizado en junio pasado, revela que uno de cada dos venezolanos preferiría irse del país, y el 37 por ciento de las familias tiene al menos un miembro que ha emigrado. Además, ya no se trata de la clase media profesional, sino que es un asunto transversal. El destino más buscado es Colombia, donde el gobierno registra más de un millón de venezolanos. Allí vive, en Medellín, Luis Ernesto González, quien emigró por tierra dejando atrás temporalmente a su esposa y tres hijos para volver a verlos un año después. “A mis hijos les ponían notas de voz que yo grababa y fotos para que no me olvidaran”.

Después de Colombia, Perú se ha convertido en la nación con más venezolanos migrantes. El gobierno de ese país registraba 100 mil venezolanos en diciembre de 2017, pero al cierre de agosto la cifra supera ya los 414 mil. Junto con Ecuador, Chile y Argentina completan los destinos predilectos por facilidad de papeles y el idioma. Según la OIM, 90 por ciento de la migración venezolana de los últimos tres años fue a parar al sur del continente americano, donde se puede llegar por tierra o hasta caminando.

En Lima, vive desde marzo el esposo de Marian Busnego, madre de tres niñas. “Él viajó por tierra, un trayecto de siete días. Se fue a trabajar para reunir el dinero y organizar a dónde vamos a llegar nosotras”. Ella, en Caracas, ha logrado pasaportes, por vías ilegales, y administra las remesas que recibe. “Nosotros hablamos para que las niñas sientan que él sí está, especialmente la más pequeña que tiene solo meses y lo puede olvidar”.

A Quito llegó Jefferson Díaz en 2017. Es uno de los al menos 300 mil venezolanos que viven en Ecuador. Cuando su esposa Esther quedó embarazada decidieron irse. No había pañales. No había vacunas, ni leche en polvo. No había futuro.

“Llegamos en agosto del año pasado y aún no se veía eso de los caminantes. La mayoría se movía en autobuses. Nosotros llegamos en uno y atrás venían al menos 10 más”. Hijo de ecuatoriana, entró con la nacionalidad. Desde allá, manda dinero para su madre, su hermano menor y el hijo mayor de su esposa. “Tratamos de hablar todos los días por Whats App, y me cuentan que no pueden comprar pollo o carne, que el transporte público no sirve, que no encuentran repuestos para el coche, que se les va el agua o la luz”. A Díaz lo que más le pesa es que no sabe cuándo volverá a participar de una tradición “que está en pausa”: reunirse los domingos para compartir una sopa.

  • El Dato: Con la compra de un “lingotico” de 1.5 gramos, por 39 dólares, el presidente Maduro inició el plan de ahorro en oro, parte de su programa para mejorar los ingresos públicos.

También por Whast App, Alexandra Sucre mantiene comunicación con su hermana, ahora en Argentina. “Varias veces por semana hablamos”. Y una idea se repite: “Que nos vayamos para allá, que hay que huir”. Son historias que mantienen similitudes con quienes se han ido a Estados Unidos, México, Panamá o Chile. El destino varía, pero los relatos no tanto. Además, la idea de volver se ha extinguido. Hace dos o tres años, era común escuchar que la emigración era un respiro hasta que cambiaran las cosas en Venezuela. Ahora la noción de que la “revolución bolivariana” se mantendrá como la cubana por más décadas desinfla el ímpetu de muchos.

Mientras el gobierno venezolano habla de “campaña mediática” y afirma que los números son menores, la región carga con ese peso. La Organización Internacional para las Migraciones ha pedido que se elaboren programas de atención a los migrantes, y se han aprobado fondos para mitigar las situaciones en los pasos fronterizos de Venezuela hacia Colombia y Brasil, donde se han instalado refugios y operativos masivos de vacunación.

Los venezolanos han llevado consigo historias de éxito, pero también hay una emigración de la pobreza que incluye enfermedades contagiosas como el sarampión, una de las siete epidemias que azotan al país, debido a la escasez de vacunas y al desinterés del Estado.

Los gobiernos de Colombia, Perú y Ecuador han instaurado nuevas reglas y documentación para quien llega a esos países y junto a Bolivia y Brasil se ha discutido cómo enfrentar el fenómeno. Después de todo, como dijo el director de Migración de Colombia, Christian Kruger: “La migración por hambre no va a parar por un requisito o exigir un documento”.

Gráfico: La Razón de México