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Fuente: amazon.com

Hace poco menos de quince años, mis amigos y anfitriones del Fondo de Cultura Económica en Lima me invitaron a cenar a un restaurante de su gusto, creo que en el distrito de Miraflores. En la puerta de entrada me topé con alguien a quien reconocí de inmediato. Él, al verme de frente, sin razón alguna, me preguntó que quién era yo. Como referencia, le dije que una semana antes un amigo mutuo, Marcos Límenes, me había mostrado una fotografía suya en una lectura de poesía que dio en el Zócalo del Distrito Federal sentado en un amplio sillón que él diseñó. “¡Marcos Límenes!”, se sorprendió, “tenemos que tomarnos una copa”. Le dije que no podía beber porque estaba en temporada de migrañas y el alcohol me las disparaba. Nos sentamos y le pidió a la mesera que me llevara un té de camomilla. Aunque el poeta ya no necesitaba una copa más, tenía muchas encima, pidió algo que no recuerdo bien —quizás un whisky— y me invitó a platicar. Le presenté a mis anfitriones, que sabían muy bien quién era el personaje y que se limitaron a compartir la mesa y escucharlo.

—Sí estuve en esa lectura del Zócalo y a Marcos e Inés los conozco desde hace mucho.

Inés, esposa de Marcos, es la hija del gran poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, entonces vecina mía en Cuernavaca y a cuya hermana había visitado unos días antes.

—En México todos me llaman “maestro” —me presumió.

No quise contarle que, a partir de los dieciocho años, a todos los artistas y escritores en México, en las instituciones culturales, se les trata de “maestros”. Tampoco le dije que yo sí creía que él era un verdadero maestro para varias generaciones de poetas que lo habíamos leído con interés y admiración. Incluso el nombre de una revista hecha por jóvenes en los años setenta estaba inspirada en un poemario suyo: El canto ceremonial contra un oso hormiguero. A él, Antonio Cisneros, lo había conocido brevemente en Querétaro, hacia 1986, en uno de esos encuentros de Poetas del Mundo Latino, y lo había seguido a través de sus libros. Volviendo a ese encuentro en Lima, y después de responderle algunas preguntas y de platicar acerca de Inés y Marcos, me invitó a un programa de radio que tenía entonces, para conversar. Lo hubiera hecho con mucho gusto, pero tuve que rechazar la oferta porque al día siguiente yo tenía que volar a México. Supongo que al rato se aburrió de mí y al fin volteó a ver a quienes me acompañaban y con quienes compartíamos la mesa. También supongo que ya para entonces se había tomado ese mínimo sorbo que distancia una apenas sensatez del principio de un humo que borra la realidad. Mis anfitriones supieron esquivarlo con facilidad.

No quise contarle que, a partir de los dieciocho años, a todos los artistas y escritores se les trata de maestros.

A veces me incomoda que me traten de “maestro” porque no lo soy y porque cuando yo lo utilizo lo hago con la conciencia de que mi interlocutor merece dicho título. Tampoco me gusta que me digan “caballero”, algo cada vez más común en nuestro país. Poco antes de haber conocido a Cisneros, trabajé como funcionario para el gobierno de Tabasco. Fui director de difusión cultural del recién creado Instituto de Cultura del estado. Mi jefa me advirtió que tendría que asumirme como licenciado para ser respetado por quienes tratarían en adelante conmigo. Siempre me incomodó que me llamaran “licenciado Hinojosa” y firmar documentos con ese grado académico, aunque me consolaba a mí mismo diciéndome que lo único que me acreditaba como tal era mi licencia de conducir.

Terminé completa la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM aunque nunca me recibí, a pesar de que estaba muy avanzada mi tesis, porque no quería dedicarme a la docencia ni a la investigación. En ambos campos hubiera sido un desastre. Por lo tanto, mi título real debería ser “bachiller Hinojosa”, aunque de todas todas con el que me siento más a gusto es con el trato de “señor”. Y aunque menos, aceptaría la “c” que se antepone al nombre para decir ciudadano.

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