Matrimonio igualitario: ¿cuál debate?

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Los méritos indudables de la iniciativa presidencial que reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el país no impiden advertir que resultó temporalmente inoportuna. Su envío al Congreso de la Unión, para ser discutida escasos 20 días antes de las elecciones locales en 14 entidades, motivó que su suerte quedara ligada al desenlace comicial.

Y ante votaciones mayoritariamente desfavorables al PRI, no han faltado quienes atribuyen dichas derrotas al hecho de que algunas mayorías rechazan el reconocimiento del matrimonio homosexual.

Entre quienes manifiestan su oposición a estas uniones sobresale la Iglesia católica. Nadie podría decirse sorprendido por ello. Esto ha sucedido, sin excepción, en todos los países en los que los matrimonios entre parejas homosexuales han sido legalmente reconocidos. Pasó en Argentina en 2010 (con la desaprobación del entonces cardenal Bergoglio), en Francia en 2013 y en Irlanda el año pasado. En todas estas sociedades de gran arraigo católico la jerarquía eclesial mostró su condena, pero esto no evitó la legalización de estas uniones.

En México la discusión sobre matrimonios igualitarios destaca por dos rasgos. El primero es el exacerbado rechazo a la postura conservadora. Los defensores de la libertad de expresión, incluso los más radicales, han intentado silenciar la crítica de la jerarquía católica. La identifican equivocadamente como un desafío al Estado laico. Una sociedad que reivindica como esencial a la libertad de expresión no puede suprimir las voces disidentes. Eso es un reflejo del autoritarismo, no de las ideas liberales. Si la Iglesia católica busca convencer a sus seguidores de lo erróneo que resulta el matrimonio entre homosexuales no corresponde a las autoridades impedirlo. Hay quienes están de acuerdo con el reconocimiento de estas uniones; hay quienes no. No hay motivo de alarma: tan sólo expresa nuestra pluralidad.

El segundo rasgo que nos retrata como sociedad es la pobreza de los argumentos del debate público, en este caso los de la Iglesia católica. Los términos vulgares y escatológicos usados en el semanario de la Arquidiócesis de la Ciudad de México muestran una institución ignorante, lejana de la sociedad mexicana y de sus inquietudes actuales. Partiendo del pronunciamiento del Papa Francisco hacia los homosexuales (“¿Quién soy yo para juzgar a los gays?”) se esperaría que la jerarquía mexicana dejara de fomentar actitudes y leyes que deshumanizan a quienes integran las minorías sexuales. Es difícil entender, especialmente para los gays católicos, cómo una religión basada en el amor y la igualdad entre los hombres se coloca del lado de quienes les niegan oportunidades, atención médica y seguridad social. Porque esto es exactamente lo que ganarían los homosexuales mediante el matrimonio igualitario.

Espero que la iniciativa presidencial se apruebe. Me gustaría que su aprobación fuera el resultado de una discusión basada en el significado de la igualdad para una minoría tradicionalmente discriminada. Se trata de convencer, no de vencer amordazando a las voces disidentes ni descalificando moralmente a las minorías. Ojalá diputados y senadores así lo entiendan.

mauricio.ibarra@razon.com.mx
Twitter:
@mauiibarra

Mauricio Ibarra

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Abogado (UAM) y maestro en Economía y Política Internacional (CIDE).
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