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Megalodón. Foto: Especial
Megalodón. Foto: Especial

Esperar de Megalodón algo más de lo que conlleva un blockbuster, en su sentido más básico, no sólo sería un error, sino que resultaría absurdo. Sin embargo, eso no implica que no pueda ser objeto del análisis que requiere una crítica más allá de que vaya a convertirse o no en un éxito de taquilla.

De entrada hay que decir que, contrario a lo que pudiera pensarse —dada la criatura que le da título a la película— no es el suspenso la principal materia prima sino las secuencias de acción que le acercan más a las producciones de monstruos gigantes del llamado cine Kaiju que a esa otra referencia obligada llamada Tiburón. Algo que por otro lado no la exenta de incluir alguna que otra escena homenaje a dicho clásico, dirigido por Steven Spielberg, en 1975.

También tiene ciertos toques de humor involuntario —sin llegar a ser Shaknado—, que están ahí con toda la intención de servir para equilibrar la propuesta y hay que aceptar que en ese sentido funciona.

Por supuesto la premisa del clásico es que un grupo de científicos descubre por error una criatura prehistórica, de 23 metros, en lo más profundo del océano. Éste no es más que el pretexto para un desfile de situaciones en donde los protagonistas —estereotípidos a más no poder— son víctimas de sus propios errores, que van detonando el espectáculo.

El ritmo nunca llega a ser del todo consistente debido a la falta de potencia del score perpetrado por Harry Gregson Williams -The Equalizer 2 (2018)-, pero se sostiene gracias a la convicción de los actores y cierta habilidad técnica sobre todo la solvencia del CGI, al entregar algunas secuencias de tensión bien lograda, sobre todo al inicio, presentando uno que otro efectivo y conveniente sobresalto.

Amén de visiones escatológicas, sangrientas y de salvajismo entre animales, que son de lo mejor, pero son muy escasas y no dejarán satisfechos a los amantes de la serie B que se acerquen.

Por su parte Jason StathamEl Transportador (2002)— vuelve a demostrar lo ensayado que tiene el papel de héroe de acción con filosofía derrotista, ajustándolo a una aventura genérica pero funcional.

El diseño del monstruo, que en este caso se convierte en uno de los principales atractivos, es llamativo pero lo aprovechan apenas.

Así pues, podemos decir que Megalodón, dirigida por Jon TurteltaubPhenomenon (1996)— no niega su naturaleza como producto de fórmula y pasa a cierta mezquindad en cuanto a efectismo, que debería ser su gran oferta.

Evita las complicaciones, no tira toda la mordida y se concentra en cumplir como vehículo de puro y vil entretenimiento. De esos que prácticamente llevan la leyenda “úsese y olvídese, hasta que tenga necesidad de otra tarde de evasión total”.