Memoria con fecha de caducidad

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Una conversación con mi hijo de veinte años me ha instado a pensar el lugar que ocupa la memoria en mis conocimientos, pues él me asegura que muchos jóvenes de su edad no han sido educados para sacar provecho de la memoria. Más bien, todo lo contrario, fueron aleccionados para no recurrir a ella y siempre les dijeron que la memoria y la retentiva eran el refugio de los necios, los dogmáticos y los ignorantes. ¿Será así en realidad?

Cada época tiene sus filias y sus fobias. No creo que en mi primera juventud la educación fuera cerrilmente memorística, aunque reconozco que no existía otra forma de retener las fórmulas físicas, la tabla periódica de los elementos químicos, las capitales del mundo, los accidentes geográficos, las figuras retóricas y los nombres de los autores y los títulos de sus obras. ¡Hasta el alfabeto Morse me tuve que aprender en la secundaria! ¿Tan malo era todo eso? ¿Arrastraré alguna tara dañina por haber tenido que recurrir a la memoria?

A mi hijo le fascina que todavía sea capaz de recitar algunos poemas que aprendí cuando estudiaba en la secundaria, porque mis profesores me obligaron a memorizar dos sonetos de Garcilaso, cuatro de Góngora y tres de Quevedo; cuatro coplas de Jorge Manrique, varias rimas de Bécquer y al menos cinco poemas de César Vallejo, sin contar poesías diversas de José Santos Chocano, Carlos Augusto Salaverry, Rubén Darío, Pablo Neruda y un largo manojo de los Versos sencillos de José Martí. Ya por mi cuenta, por vicio y por puro placer he memorizado el comienzo de la Ilíada, dos capítulos de Rayuela, varios fragmentos de algunos cuentos de Borges y un número indeterminado de poemas de Cernuda, Salinas, Kavafis, Pessoa, Francisco Brines, José Watanabe y Luis Alberto de Cuenca, sin ser consciente del daño que me estaba infligiendo.

¿Y qué ocurre con las letras de las canciones o los diálogos de las películas que me han parecido memorables? Por mi cabeza brujulean cientos de canciones en cuatro idiomas y trozos diversos de películas de Woody Allen, José Luis Cuerda, George Lucas, John Ford, Clint Eastwood, Francis Ford Coppola, Ridley Scott y Stanley Kubrick, por no hablar de la numeración de cuentas corrientes, tarjetas de crédito, pasaportes, pólizas, cédulas de identidad y especialmente números
de teléfonos, porque me los aprendí antes de que se inventaran los celulares. Estoy seguro que si fuera más aficionado al teatro ya me sabría monólogos y fragmentos enteros de mis autores favoritos, aunque admito que por culpa de la edad me cuesta recordar las contraseñas y los passwords que me veo obligado a crear un día sí y otro también. ¿Habré estado exterminando mis neuronas con tanto ejercicio mnemotécnico?

Ignoro si fuera de España los pedagogos también la emprenden a palos contra la memoria, porque mis estudios transcurrieron en el Perú y no me considero perjudicado por tener toda la información inventariada dentro de mi cabeza. Tampoco creo que todas las personas que se educaron conmigo sepan o recuerden al detalle las mismas cosas que yo, pues uno se acuerda mejor de aquello que lo nutre, lo emociona y lo fascina. ¿Por qué me sé los nombres de tantos personajes mitológicos griegos? Porque descubrí los mitos griegos gracias a los cómics de superhéroes y de ahí pasé a los poemas homéricos, y de ahí a las sagas artúricas y de ahí a los bestiarios medievales, y de ahí… Mi memoria es una enorme cadena de gratitudes y recuerdo agradecido cada eslabón. ¿Cómo podría homenajear a mi educación sentimental si no es a través de la memoria?

Estoy resignado a que con algunos de mis contemporáneos desaparezca la última generación que recurrió a la memoria para construir los cimientos de su saber, pero estoy convencido de que el placer consiente gozoso la repetición y que por lo tanto los memoriosos no desaparecerán ni serán expulsados de la república de los humanistas. A mi hijo le encantó la película Fahrenheit 451 (1966) de François Truffaut, basada en la novela de Ray Bradbury, y se conmovió cuando descubrió que los disidentes memorizaban los libros para que no se perdiera la memoria de la literatura. No importa si la escuela contemporánea desdeña la memoria, pues gracias a las epifanías del placer nunca dejarán de relampaguear en la memoria versos, canciones, monólogos e historias, como quien recuerda un primer amor.

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