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Foto: Especial

El teatro cambia de piel cada determinado tiempo, algunas veces por necesidad y otras por devoción al arte. Aunque los espacios se reducen, el público no es masivo y los medios de producción son limitados, los dramaturgos mexicanos continúan la búsqueda por recrear su realidad y escribir las memorias de su tiempo. Verónica Bujeiro (Ciudad de México, 1976) es una de esas voces, reconocida como una de las dramaturgas más interesantes y sólidas de la escena mexicana gracias a su particular forma de abordar los conflictos sociales, culturales y políticos. Buejiro es lingüista, dramaturga y guionista. Además de los tradicionales apoyos y becas en nuestro país como el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes que la autora ha recibido, también ha participado con sus piezas en el Lark Play Development Center en Nueva York, en el Instituto del Teatro de Praga, en la República Checa, y Panorama Sur en Buenos Aires. Es autora de piezas como La inocencia de las bestias, Chato McKensie: Ser cabrón no es cosa fácil y Nada es para siempre, entre otras. Sus más recientes obras, Las filtraciones, que actualmente trabajan los actores de la Compañía Nacional de Teatro, con lecturas dramatizadas abiertas al público en el Foro Casa de la Paz —en codirección con Emma Dib y Lydia Margules—, y Producto farmacéutico para imbéciles, próxima a estrenarse, son una clara muestra de la voz que Bujeiro ha dado al teatro mexicano a través de la farsa, una apuesta distinta en la escena mexicana.

Desde tus primeras piezas y montajes como La inocencia de las bestias (2009), ¿en qué consiste tu apuesta por la dramaturgia y el teatro?

Creo que es la misma vía, han cambiado los temas pero el tratamiento es similar. Estoy muy apegada a la farsa y me voy a morir siendo farsante. Es un estilo en el que me puedo mover con facilidad. Estoy buscando salir de ese tono, pero por ahora, Las filtraciones y Productos farmacéuticos para imbéciles están en ese género.

¿Qué te da la farsa para hablar de México?

A pesar de que nuestra realidad es muy fársica y tiene mucho de absurdo, cada vez a niveles más desconcertantes, diría, donde el sinsentido es cada vez peor, hay pocos autores que acuden a la farsa. Es un género difícil y a veces temido porque conecta con el público como un espejo distorsionado, es más simbólico y hay más elementos para explorar que una simple lectura de la realidad. No quiere decir que el realismo sea plano, sin embargo, en la farsa y en el absurdo hay todo un sistema de símbolos que se crean en una obra. En el trabajo que está realizando la Compañía Nacional de Teatro se abre la conversación al público y la retroalimentación ha sido buena; la gente está desconcertada, como que no entiende todo, porque hay símbolos, pero la retroalimentación es muy buena.

“La farsa me permite hacer un tipo de mezcla entre lo teórico y lo literario, me da mucho juego, además de que yo no puedo vivir sin humor.

¿Cómo inicias el proceso de una farsa, por ejemplo, con las piezas que ahora estás llevando a escena?

En realidad, no es tanto que un autor esté en busca de los temas. Los temas, por la misma experiencia, van surgiendo. Esa obra [Los infiltrados] me costó bastante tiempo, porque yo estaba procesando de qué iba. Ahora es un momento histórico en el que se vuelve a retomar esta narrativa. En la historia de esta obra se representan las princesas y los cuentos de hadas, y se habla de cómo inciden en la vida de una mujer, de cómo queremos ser la imagen y semejanza de ese cuento, de esa clase de estereotipos que están creados de una forma muy didáctica. El vacío que hay ante el hecho de no saber qué hay más allá de esa imagen. En Producto farmacéutico para imbéciles presento la historia de un guardia de museo que se convierte en artista y cuáles son los retos que enfrenta ahora, insertado en un mundo del que no era parte —era parte del museo—, qué tipo de situaciones vive ante los críticos y los compradores de su obra… Es una farsa que se refiere a la interrogante que planteó Duchamp sobre qué es una obra artística. Más allá de atacar o cuestionar qué es arte y qué no, para mí esta pieza abre una discusión sobre qué consideramos arte y por qué necesitamos arte. No habla sobre la crítica o lo críptico o absurdo que puede ser el arte contemporáneo, aunque juega mucho con eso. Más bien cuestiona por qué seguimos consumiendo arte como especie a estas alturas.

¿Qué te aporta la farsa como autora?

Es una cuestión de punto de vista personal. Muchos autores exploran diversos géneros teatrales, yo siempre lo he hecho desde la farsa. Tiene mucho que ver con la manera en que percibo el mundo. La farsa me permite hacer un tipo de mezcla entre lo teórico y lo literario, me da mucho juego, además de que yo no puedo vivir sin humor.

¿Qué representa para ti llevar una obra a escena en un país en el que no tenemos demasiados apoyos culturales?

Es complicado. Si sólo te dedicas a la dramaturgia hay que luchar muchísimo para que tu texto llegue a la escena. En este momento, en México hay un boom de autores-directores que están en una posición bastante privilegiada porque ellos mismos dirigen su material; pero si eres solamente dramaturgo y joven, esa situación es más compleja aún porque todo tiene que ver con un sistema de alianzas. En mi caso, yo siempre hago trabajo de producción que nunca sale en el programa de mano, con el fin de que el texto llegue a la escena. Es una lucha constante, no hay suficientes espacios para representar las obras y es complicado el tema de los apoyos que son necesarios. Se critica mucho que no podemos vivir sin los apoyos gubernamentales, pero es una realidad que en México el público
no sostiene las obras. Hay autores que tienen públi-
co y eso está muy bien, pero otros dramaturgos ven su labor interrumpida porque no hay espacios o no consiguen las alianzas que necesitan. Es un milagro que una obra llegue a escena.

¿Qué momento vive en la actualidad el teatro o la dramaturgia mexicana?

Una época de transición. En cuanto a lo temático y también a los modos de producción. Hay cosas más clásicas, como el teatro que se puede ver en la UNAM, un teatro más cuidado o más prolijo, y otra vía que se orienta a la experimentación.

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