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Harry Kessler llegó a México el martes 10 de noviembre de 1896, tras navegar de la ciudad de Nueva York a la de Nueva Orleans y montarse en varios trenes para alcanzar primero San Antonio y luego la frontera con México y de aquí avanzar hacia la capital del país gobernado ya durante doce años ininterrumpidos por el general Porfirio Díaz. Por la noche, la Compañía de Ópera Italiana estrenó Los puritanos en el Teatro Nacional, la misma puesta en escena de Bellini a la que Kessler se refirió en uno de sus primeros apuntes sobre la “abulia de los nervios” del mexicano.

México era apenas un limitado número de hechos en la rica imaginación histórica de Kessler. Se trataba del típico país colonial, por ejemplo, puesto que aún cuando se ufanaba de su vida independiente seguía sin participar en los procesos económicos que tenían lugar en su territorio. Lo anterior no hizo menos la disposición de Kessler a observar, estudiar y analizar la cosa mexicana a través del filtro azul de su pertenencia al “colectivo nacional europeo” al que él mismo se debía.

Érase una vez en México

Tal cosa hacía Kessler todos los días, dondequiera que se encontrara, pues creía que cada pueblo contaba con un perfil psicológico definido y que valía la pena encontrarlo. Movido tanto por la volkerpsychologie como por sus gustos artísticos, Kessler reparó en la estridente decoración mural de la pulquería El Recreo de Fausto y enseguida visitó la Academia, donde se demoró tanto en los óleos de Luis Juárez, Cristóbal de Villalpando y Miguel Cabrera como en los cuadros de los artistas de la hora —los cuales encontró “inefables”— como El suplicio de Cuauhtémoc de Leandro Izaguirre. Poco le importó consignar la entrega de la Gran Cruz de la orden prusiana del Águila Roja a Díaz y desde luego no se enteró que un día antes de su llegada, luego de tocar puerto en Tampico y al cabo de tres años y medio de residir en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, regresaba a la ciudad el periodista de combate Joaquín Clausell, ex director del diario El Demócrata y coautor de la primera versión de la novela sobre las batallas del ejército federal en Tomóchic. El fin de siglo impregnaba las crónicas urbanas de Amado Nervo y Alberto Leduc, pero de ellas logró evadirse la sigilosa figura de Kessler, incluso al visitar en el panteón de San Fernando el “suntuoso sepulcro” dedicado a Benito Juárez, al lado mismo de las tumbas de los generales Tomás Mejía y Miguel Miramón, sus víctimas, fusilados junto a Maximiliano.

 

“A la Ciudad de México llegó Kessler por la misma ruta que casi dos años antes consignó en sus crónicas el narrador Stephen Crane.”

 

A la Ciudad de México llegó Kessler por la misma ruta que casi dos años antes consignó en sus crónicas el narrador Stephen Crane. Sólo que entre los saldos del pasado inmediato de Kessler no había sino un portentoso diario en formación colmado de diversas impresiones, entre las que destacaban sólo en 1896 la muerte de su admirado Paul Verlaine, el haber visto un suicidio cerca del Reichstag, su trabajo en el archivo de Friedrich Nietszche y la revista Pan, una corta visita a Florencia y al pintor Arnold Böcklin, dos visitas más a París —ambas colmadas de arte moderno—, unos días en Londres, la relectura del Principio de razón suficiente de Schopenhauer antes de zarpar a principios de octubre desde Hamburgo hacia América, y el estudio en alta mar de los Pensamientos de Pascal. Tras desembarcar en la ciudad de Nueva York se hospedó unos días en el Cambridge Hotel, y la calle de Broadway le pareció una visión salida de dos de sus autores predilectos, Edgar Allan Poe y Arthur Rimbaud, y en Chicago se dejó fascinar por la “moderna cultura del vapor y la electricidad”, acaso apenas apreciada por algunos grabados de Max Klinger, aunque digna de Francisco de Goya o, de nuevo, Poe.

Kessler se afilió al Jockey Club, por el tiempo de su estancia en México, y en cuestión de nada formó un retrato político del presidente del país. Se refirió a la formación militar de Díaz y a su manera de emplear los “métodos de crueldad más sofisticados del siglo xix”, a su guerra contra los bandoleros en el campo y contra el “saqueo descarado de los funcionarios del Estado”, a la transformación de una república constitucional en una monarquía absolutista, a los arrestos arbitrarios y a las ejecuciones sumarias amparadas en la Ley Fuga. Visitó las ruinas de Teotihuacán, la “Guiza mexicana”, según anotó el jueves 12 de noviembre en su diario, y el siguiente fin de semana ascendió el Popocatépetl, el martes 17 llegó a Oaxaca (en la que vio la “ciudad de alturas de claridad moderada que Nietszche añoraba en los días de su enfermedad”) y el viernes 20 a Puebla, donde coincidió con Díaz y su comitiva oficial, entregados a un programa que incluía: develar la estatua a Nicolás Bravo, colocar la primera piedra de un monumento a la Independencia nacional, visitar las obras del hospicio y asistir al banquete que la sociedad poblana daba en su honor. Por la tarde, en el transcurso de un juego de pelota, Kessler terminó sentado en un palco ubicado junto al de Díaz. El martes 24 de noviembre Kessler zarpó de Veracruz hacia el litoral de Progreso, en la península de Yucatán, y el jueves llegó a la ciudad de Mérida, en donde confió a su diario uno de sus recurrentes apuntes en clave nietzscheana, en este caso sobre la obligación que tiene el hombre de someter o destruir todo aquello independiente y libre que no le sirva de provecho.

Yucatán fue un potente imán a lo largo de la segunda mitad del siglo xix, gracias a las páginas e imágenes de John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, respectivamente, o a las notas de Desirée Charnay y Ludovic Chambon. Los párrafos que añadió Kessler sobre Uxmal o Chichén Itzá importan porque en ellos registró la presencia y la voz de Teoberto Maler, ex soldado del ejército del emperador Maximiliano transformado en fotógrafo y estudioso de la historia antigua de México, entonces incrustado en el corazón de la selva maya. Maler guió los pasos de Kessler por Yucatán, pero sobre todo le ayudó a descifrar en los vestigios arqueológicos los vestigios de una raza, y con eso se sintió satisfecho.

La imagen del país en la cultura alemana

Kessler zarpó de Progreso hacia Veracruz el domingo 13 de diciembre, al tiempo que Díaz estaba de visita oficial en Guerrero, Tamaulipas. La Navidad de 1896 alcanzó a Kessler en Guadalajara, el Año Nuevo en el puerto de Manzanillo, Colima, y con la fecha del lunes 11 de enero de 1897 registró el último apunte en el Cerro de las Campanas. “De los tres monarcas que han sido ejecutados, Maximiliano es el que merece mayor interés”, anota Kessler en la cuidadosa traducción de José Aníbal Campos:

Tenía más talento que Luis xvi y era más concienzudo que el inglés Carlos; su belleza y su juventud, la virilidad con que supo perseverar a pesar de traiciones y perfidias; la dignidad y la gallardía de sus últimas horas, otorgan a su figura una magia singular, caballeresca y humana; en lo político, jamás ha podido justificarse su destino en lo que atañe al bien de México. En lo externo fracasó ante la consigna vacía de la libertad nacional y políticamente, es decir, en las cosas regidas por el azar, fracasó por el pérfido apoyo que Norteamérica garantizó a sus opositores. Sin embargo, en el fondo sucumbió por intentar gobernar a una raza subdesarrollada con medios europeos, esto es, de forma decente. Su gobierno es el más preclaro y económicamente más próspero que haya tenido México en este siglo y, con la excepción del periodo de la guerra, fue también el menos sangriento. Su fracaso sólo ha puesto de manifiesto la necesidad de gobernar México tal y como lo gobierna hoy Porfirio Díaz. Tras haberlo experimentado todo, Díaz, al final, ha tenido que afanarse en lo mismo que Maximiliano: la pacificación del país por medio de la monarquía. Y ha alcanzado su objetivo, ya que ha tenido la osadía de aplicar aquí el único recurso efectivo: la Ley Fuga.

Kessler empezó a llevar un diario en 1880, a la edad de doce años. Tal vez ahora parezca extraño. En realidad, sin embargo, lo extraño no está en esta temprana vocación de Kessler sino en el hecho de que no interrumpiera el consuetudinario registro de sus días sino hasta su muerte, ocurrida en Francia en 1937. O bien también resulta extraño encontrar en la generación de Kessler otros diarios significados por su amplitud, como el de los hermanos Edmond y Jules Goncourt en Francia y el de Federico Gamboa en México. Kessler confió al diario su viaje a México a finales de 1896 y se diría que el fondo narrativo de origen de Apuntes sobre México salió precisamente de ahí, lo que explicaría que de sus cuadernos desapareciera casi por completo la estancia mexicana de Kessler. La lectura de estos Apuntes sobre México ayuda a entender y reconstruir la forma en que a principios del siglo xx se integró la imagen de México en la cultura alemana, tal y como apunta en el prólogo Héctor Orestes Aguilar.

 

“El ex soldado Kessler confió al diario su viaje a México a finales de 1896 y se diría que el fondo narrativo de origen de Apuntes sobre México salió precisamente de ahí.”

 

Kessler, después de México, aparece en la ciudad de Boston pasando revista a la escuela del paisaje de Estados Unidos, antes de embarcarse rumbo a Londres. El diarista, después de sus Apuntes sobre México, se abstuvo de editarse a sí mismo, lo que en su caso entrañaba una suerte de saqueo.

***

Los actos de su vida pública, o mejor dicho, cuanto Kessler realizó en reserva y al amparo de su prestigiada persona pública fue lo que lo llevó a temer auténticamente por la desaparición o malversación de sus cuadernos empastados en cuero, y lo que a fin de cuentas lo hizo tomar la decisión de depositar, a finales de 1933, una parte importante de su diario en el interior de una caja de seguridad en Mallorca, el sitio que eligió Kessler para escribir sus memorias y observar después el desarrollo de Adolf Hitler en el poder, pero en donde sólo permaneció hasta mediados de 1934.

En esta misma caja de seguridad el diario permaneció cincuenta años, al margen tanto de la historia de su creador, quien siguió adelante con el diario, como del creciente interés por las páginas de Kessler —interés que acusó las primeras señales de existencia en una versión abreviada de los cuadernos conocidos en 1961, impresa en alemán bajo el título de Tagebücher, traducida al inglés y publicada como In the Twenties. The Diaries of Harry Kessler en 1971 y reimpresa en el 2000 como Berlin in Lights, con una introducción de Ian Buruma. W. H. Auden y los suyos no fueron indiferentes a estos diarios, toda vez que remitían a la Alemania que Stephen Spender, Christopher Isherwood y el propio Auden vivieron a fondo en los mil novecientos veinte y treinta. Y aún cuando el nombre de Kessler no aparece en los diarios de Isherwood cuesta trabajo no imaginarlo como una presencia real tras la elaboración de un título como Christopher and His Kind. Después de 1983 fue posible reintegrar el diario de Kessler pero no fue sino hasta este siglo que salieron de la imprenta los nueve volúmenes de un Das Tagebuch en el que habitan infinidad de personajes y escenas de un tiempo en espera de autor.

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