Racismo y ciudadania

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El 9 de agosto de 2014 Michael Brown, un joven afroameriacano, fue asesinado por un policía blanco en el condado de Ferguson en Saint Louis, Missouri. A un año de su muerte cientos de personas salieron a las calles a protestar y recordar este asesinato que desató el enojo, frustración e indignación de la población. Como hace un año, las protestas derivaron en violencia y la policía del condado ha detenido a más de 150 personas. Este indignante asesinato dejó la puerta abierta para la discusión de un tema que sigue vigente en los Estados Unidos y el mundo: el racismo.

El racismo es una práctica repugnante arraigada por siglos. Es la radicalización de las diferencias, la opresión de los otros. Hoy millones de personas son segregadas, intimidadas y asesinadas aún contando con los derechos que sustentan su ciudadanía y su pertenencia a una sociedad, por su color de piel o de ojos, por su lengua o nacionalidad, por sus costumbres o cultura. El desarrollo de la noción de ciudadanía debe ser extendido a más que regulaciones y derechos legales, debe volverse real.

La ciudadanía es una construcción social que desarrolla nuevos derechos y obligaciones que incluyen o excluyen a distintos grupos de ésta. Su historia ha sido la de una lucha de cómo debe definirse y a quién debe incluirse. Ha sido un proceso lento y diferente en cada país, pero en Occidente está relacionao con el desarrollo de los derechos humanos y especialmente con la empatía. Un concepto desarrollado desde el Contrato Social de Rousseau y que encontró cauce en los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789, en donde se crea la concepción en los individuos de que todos somos iguales. A pesar del desarrollo de estos conceptos, Estados Unidos otorgó el derecho al voto a las mujeres afroamericanas hasta 1965.

Aún así, el racismo y la segregación continúan vigentes en Estados Unidos. Eso significa que la construcción de la ciudadanía y de la inclusión a la misma va más de una adquisición de derechos legales, tiene que ver con un énfasis en transformar las prácticas culturales que reproducen la desigualdad y la exclusión social. Lo mismo pasa con el caso de los pueblos indígenas y las diferencias socio-económicas en México, las minorías étnicas en Brasil o la seperación entre ciudadanos de primera y de segunda clase en Inglaterra. La noción de ciudadanía va más allá de derechos y obligaciones, es una transformación social que sólo se puede dar mediante la lucha y el reclamo por la inclusión y la empatía.

@hastaelPeter