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El proyecto del cineasta estadounidense tiene seis nominaciones, una menos que la del mexicano. Foto: Especial

En 1954 Jack Arnold filmó una de las cintas de horror de serie B más populares de la historia: The Creature of the Black Lagoon (El monstruo de La laguna Negra). Este filme de culto que fue lanzado en 3D, cuando esa tecnología estaba moribunda, tuvo dos secuelas: Revenge of the Creature (Arnold, 1955) y The Creature Walk Among Us (Sherwood, 1956). Más tarde se convirtió en objeto de estudio académico y pieza fundamental de los estudios feministas del cine popular. Kay (Julie Adams), la protagonista, es una mujer independiente, brillante, atractiva y segura de sí misma. En todo momento se enfatiza su condición de igualdad con respecto a los demás científicos que viajan en la expedición al Amazonas, tras el descubrimiento de una mano fosilizada con dedos palmeados, para buscar más evidencias de una especie de homínido anfibio. La cinta tenía semejanzas con King Kong (Cooper y Shoedsack, 1933), al establecer que el monstruo desea eróticamente a una mujer y está dispuesto a tomarla. Esta criatura de la Guerra Fría, a diferencia de otros engendros cinematográficos de la era, no es producto de la negligencia o ambición humana, sino un extraño sobreviviente de la evolución. Más que una alegoría política, la criatura representaba una forma de resistencia en contra de la modernidad, representada por Kay y su novio, el ictiólogo, David (Richard Carlson), ambos intelectuales liberales que no creen en el matrimonio ni en tradiciones ni en supersticiones. La trilogía trata del encuentro entre dos mundos pero se enfoca en el deseo tortuoso y perverso que provoca la mujer en el hombre con branquias (Gill Man). En las primeras dos cintas el monstruo, que en esencia es un depredador sexual (lo cual tiene una poderosa resonancia en la era del #MeToo), sucumbe a su desesperada fascinación por las mujeres terrestres. La obsesión de Guillermo del Toro con este ser acuático es antigua y se materializó en Abe, el ictio sapiens de Hellboy (Del Toro, 2004). Finalmente su pasión engendró La forma del agua, una ambiciosa fantasía romántica que tiene lugar en 1963. Elisa (Sally Hawkins), es una mujer muda que trabaja con su amiga, la afroamericana Zelda (Octavia Spencer), en la limpieza del Centro de Investigación Aeroespacial Occam, en Baltimore. El vecino y confidente de Elisa es Giles (Richard Jenkins), un dibujante comercial freelance y gay. Este reparto cubre casi todas las bases de las minorías que eran y son objeto de discriminación: discapacitados, homosexuales, negros y quizá latinos, dado que Elisa Espósito bien podría ser huérfana de republicanos españoles. No por nada la cinta sucede un año antes de la promulgación de la ley de derechos civiles en Estados Unidos.

 

“La riqueza y la debilidad de la cinta radica en su fusión de géneros: del horror al drama amoroso y del thriller a la reflexión social.

 

Elisa y Zelda ven la llegada al Centro del hombre acuático dentro de un tanque. La criatura amazónica es un secreto de Estado que resguarda el jefe de seguridad, Richard Strickland (Michael Shannon), un hombre violento, católico y racista que descarga su frustración torturando a la criatura y acosando sexualmente a sus empleadas. Elisa queda fascinada con el anfibio y le ofrece su compasión, huevos duros y música en la hora del lunch. Eventualmente surge un romance y deseo interespecies, una pasión transgresora y liberadora. Como dice Del Toro: “El agua es como el amor, no tiene forma. Toma la forma de lo que habita”.

En vez de hacer un filme de horror, Del Toro optó por una fábula sentimental y un mosaico cultural de una era sórdida de represión social y paranoia, en la que sus protagonistas se refugian en la música y el cine. Si bien el cineasta retoma el interés de Arnold de presentar personajes femeninos fuertes, cambia la naturaleza del monstruo para convertirlo en un ser sensible y una víctima sudamericana más del complejo militar industrial estadunidense. Elisa, quien se masturba en la tina llena de agua, es a la vez melancólica y determinada. Podemos imaginarla como alguien que no tiene nada que perder y que está dispuesta a seguir su sueño inspirado por el cine hollywoodense al luchar por un anfibio que puede curar heridas y hacer crecer el cabello con el tacto, pero también es capaz de violencia, como arrancarle un dedo a su torturador, en una castración simbólica.

Visualmente el trabajo del cinematógrafo Dan Lausten es un deleite steampunkiano, especialmente al crear imágenes como aquella del departamento inundado que evoca al trabajo de Damien Hirst. El diseño de producción es muy afortunado y esmerado, al punto del fanatismo, en la ambientación y los detalles, que va de la paleta de colores, inclinada hacia una multi tonalidad del verde, a la elección de clips televisivos y fílmicos que ponen en contexto y contraste la tensión social y los deseos escapistas, representados por el exotismo de Carmen Miranda y por los filmes musicales hollywoodenses de los años cuarenta. Las actuaciones de Hawkins y Jenkins como dos solitarios marginados es notable y en buena medida rescatan una cinta que se va hundiendo en contradicciones a partir de la segunda mitad.

El romance entre el ser acuático y Elisa se desarrolla en medio de una intriga internacional. El gobierno estadunidense, representado por Strick-land, quiere matar y disecar al anfibio y espías rusos desean robárselo. La riqueza y la debilidad de la cinta radica en su fusión de géneros: del horror al drama amoroso y del thriller a la reflexión social. No es que los géneros no se puedan mezclar, pero Del Toro se sitúa en una laguna entre la realidad y la fantasía, y ambas parecen perder la coherencia al permitirse licencias en cada uno de sus géneros, debilitando la credibilidad de la trama. El escape en el carro de la lavandería, el departamento convertido en pecera y la matanza de agentes, son algunos de los clichés que hacen tambalear a la narrativa.

En la cinta de Arnold, Kay era una feminista valiente e inteligente que al final debía ser rescatada de las garras palmípedas de la criatura. Aquí Elisa, una feminista rebelde y poco convencional, termina rescatando a la criatura de una sociedad monstruosa y racista para la que ambos son desechables. De esta manera el filme ofrece un mensaje desesperanzado y apropiado para nuestro tiempo.

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