Mujer maravilla inocencia, feminismo y propaganda

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Foto Especial

La promesa de que un filme feminista vendría a estremecer al género de la híper testosterona no podía más que ser recibida con entusiasmo. Los filmes de súper héroes no han perdido su atractivo en taquilla y no van a desaparecer de las carteleras en un futuro próximo pero Mujer maravilla (Wonder Woman) podría cambiar la narrativa misógina y de paso corregir los numerosos errores, torpezas e insensibilidades de las cintas de superheroínas del pasado. Para empezar la dirigiría una mujer y la estelarizaría una actriz semidesconocida con experiencia real en las fuerzas armadas. Se evitaría reducir a la protagonista a un estereotipo sexy al no reclutar a una belleza convencional. El guión sería un alegato antibélico y a la vez tendría numerosas escenas de acción, aventuras y valor. La cinta sería una muy necesaria revalidación feminista tras la derrota
de Hillary Clinton (¿y de Marine LePen
y de Theresa May?) y el triunfo de un estridente misógino en la carrera presidencial estadunidense. Necesaria u oportunista, la cinta era una apuesta de DC Comics para reencaminar su maltrecha división fílmica y su devaluado universo ante el avance de Marvel.

Mujer maravilla, de Patti Jenkins, comienza en la isla de Themyscira, un santuario aislado y perdido en el tiempo y
el espacio, que evoca a la Grecia antigua y donde amazonas racialmente diversas y anatómicamente impecables perfeccionan sus destrezas gimnásticas y bélicas, preparándose siempre para una inevitable confrontación con el mundo de los hombres. Diana (Gal Gadot),
hija de la reina Hipólita (Connie Nielsen) y sobrina de la sensacional general Antiope (Robin Wright), recuerda desde su oficina en el museo del Louvre su infancia en ese paraíso en estrógenos que no padecía de nostalgia alguna por la masculinidad. Todo cambió cuando Diana rescata de las aguas a un espía estadunidense, Steve Trevor (Chris Pine), que huye de las tropas alemanas.
Del otro lado del océano el mundo está ardiendo y es desgarrado por la guerra que prometía “terminar con todas las guerras”, la delirante carnicería de la Primera Guerra Mundial. Y cuando Diana descubre que ese conflicto está teniendo lugar decide acompañar al espía al mundo de los hombres para confrontar al dios de la guerra, Ares, y poner fin a ese conflicto, armada únicamente con su espada mata-dioses, su escudo, sus brazaletes y su lazo de la verdad.

La propuesta tiene una ingenuidad y encanto que da para buenos momentos cómicos y para establecer el poder transgresor de una mujer determinada circa 1918. Diana afirma con gran seguridad que los hombres podrán ser necesarios para la reproducción pero no para el placer, sin embargo esta atrevida propuesta no es explorada ni discutida más adelante. En gran medida el filme intenta capturar la vitalidad de la Mujer Maravilla original, concebida por William Moulton Marson en 1941. Pero la actitud camp se siente hasta cierto punto forzada, especialmente en el contexto de la Gran Guerra. Diana descubre con sorpresa que la guerra no depende de la voluntad de un dios maligno sino de un impulso destructivo del Hombre (y posiblemente la mujer). Por otro lado se diluye la paradoja de que los alemanes cuentan también con su propia “mujer maravilla”, la Doctora Poison (Elena Anaya), quien se dedica a crear gases tóxicos. Diana tiene numerosos momentos icónicos en este filme, tomas que podrán inspirar y excitar y que se deben a la espléndida colaboración entre una directora muy competente y una actriz con una presencia vibrante, pero también debido al hecho de que estas secuencias son centrales a la narrativa y no meras distracciones secundarias.

Este era el filme fenómeno que daría lugar a discusiones, funciones sólo para mujeres, cuestionamientos de los lugares comunes fílmicos y una oportunidad para transformar las representaciones de los géneros en la pantalla.

Lamentablemente a final de cuentas los intereses comerciales lograron imponer la dosis típica de batallas, explosiones e interminables secuencias digitalizadas para regresarnos a la convencionalidad de los filmes de superhéroes, esos artefactos que tienen como único objetivo propiciar una secuela. Este blockbuster espectacular que será visto por millones en todo el planeta se sitúa en una era que como la nuestra está hundida en la ceguera belicista y nacionalismos rabiosos, no obstante en vez de ofrecer una reflexión sobre xenofobia y obsesión militarista criminal se pierde en ilusiones cursis.

Ahora bien, una de las discusiones que provocó el filme tiene que ver con la nacionalidad, pasado y convicciones ideológicas de Gal Gadot, quien es israelí y como casi todos en su país sirvió en el ejército, lo cual la puso en contacto con una población sometida y ocupada. Durante la guerra que lanzó Israel en contra de la franja de Gaza en 2014, Gadot posteó en Facebook una imagen suya y de su hija rezando por “todos los chicos y chicas que están arriesgando sus vidas para proteger a mi país en contra de los actos horribles conducidos por Hamas, quienes se esconden detrás de mujeres y los niños.”
No es de extrañar que Gadot tenga esos sentimientos por su país, por el temor de vivir amenazada por ataques de morteros y fanáticos. Sin embargo es notable que vea estas amenazas fuera de contexto y de la historia de la ocupación. No es ella la primera estrella con simpatías sionistas, basta recordar a Barbara Streisand, John Malkovich, Natalie Portman y Scarlett Johansson. Sin embargo, su papel como diosa pacificadora choca con el hecho de que Gadot, quien conoce el problema de la ocupación de primera mano, crea en el ampliamente desmentido argumento de que Hamas utiliza a la población como escudo humano, o bien no cuestione que Israel emplea lo que numerosas organizaciones de derechos humanos califica como fuerza desproporcionada y que en ese conflicto costó la vida de 547 niños, entre los más de 2 mil 100 muertos en dos meses de bombardeos. En el filme, Diana sufre al ver a los civiles aterrorizados en Bélgica, así como a las mujeres y niños que se esconden entre las ruinas de sus hogares destruidos. ¿Qué sentiría Gal al saber de las mujeres y niños aterrorizados por los misiles, en las familias sepultadas en las ruinas de sus casas, en las ejecuciones sumarias y en la tortura que se lleva a cabo de manera rutinaria en Gaza? No se trata por supuesto de reivindicar o exculpar a Hamas pero sí de exigir cierta congruencia a estos espectáculos mundiales que se convierten en propaganda frívola.

Es imposible perder de vista que el comic de superhéroes fue inventado por grandes artistas judíos como Joe Shuster, Stan Lee, Bob Kane, Jack Kirby, Will Eisner y Bill Finger (por sólo mencionar a algunos clásicos que están entre mis héroes personales), quienes plasmaron en este género la angustia de la marginalidad, del exilio forzado, de la pérdida de la identidad y la sensación de enajenación e incomprensión. ¿Dónde queda la compasión por los pueblos oprimidos, los refugiados y los desposeídos en las obras que han derivado del trabajo de esos maestros? En una extrañísima y muy desafortunada coincidencia, el estreno de este filme tuvo lugar en el cincuenta aniversario de la Guerra de los Seis Días, en la que Israel derrotó a sus vecinos árabes y ocupó la totalidad de Palestina, que dio lugar a la ocupación que creó la situación aparentemente irresoluble del conflicto palestino judío. El problema del feminismo espectacular de la Mujer Maravilla es que no parece consciente de los derechos y humanidad de otros pueblos.

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