El Apocalipsis de nuestro tiempo

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Mientras en el mundo todo está bajo el maligno

(Juan, 1,5.19)

Entre todos los libros que he leído y estudiado acerca de la Segunda Guerra Mundial, el titulado Los dos testigos del Apocalipsis, de Albert Maillet, es quizás el más extraño. Su interpretación apocalíptica del mayor acontecimiento histórico de la era contemporánea es tan delirante como perturbadora.

A Hitler y Mussolini, Maillet los hace fungir como los dos testigos del Apocalipsis, que van del apogeo de su poder a la alegría de las naciones en el momento de su muerte (se regocijarán…porque estos dos profetas eran el tormento de los moradores de la Tierra, Juan, XI, 10); los judíos y los polacos fueron los corderos del sacrificio, mientras que el fariseísmo mundial es la Gran Bestia, que provoca el espanto de las naciones, porque la verdad y la justicia sólo podrán venir del cielo.

El exégeta dice: “Es cierto que esta guerra, debido a su magnitud, ha entrañado una confusión de ideas y de horrores, de las cuales se ha subrayado demasiado el aspecto unilateral, en tanto que en realidad por ambas partes se ha devuelto mal por mal”.

Las atrocidades de los nazis han sido documentadas y el revisionismo trata inútilmente de negar la Shoa (destrucción) sufrida en una escala sin precedentes —salvo el genocidio turco a los armenios— por los judíos europeos. Pero el punto donde el revisionismo toca un punto sensible y verdadero, no es en su endeble negacionismo, sino en pasar la criba a los vencedores y al referirse también a sus crímenes.

Los bombardeos masivos de las ciudades alemanas realizados como una estrategia específica de los Aliados para desmoralizar a la población civil, sin tener un objetivo militar concreto, es sin duda un crimen de guerra, particularmente cuando la derrota germana era previsible y ya no había defensa para esas ciudades. Hubo asesores de Winston Churchill que se opusieron a esta medida sin lograr revocarla, precisamente con este argumento. El bombardeo con bombas de fósforo de Dresde, denominada ciudad abierta por la Cruz Roja es, sin duda, el símbolo indeleble de esto.

Las deportaciones de grupos étnicos como los tártaros de Crimea o los cosacos, por parte de soviéticos e ingleses no podrían haberse defendido en un juicio internacional. Las represalias sangrientas a miles de los vencidos y a los acusados de colaboracionismo en Italia y Francia, quedarán expresadas en sus imágenes terribles como un abuso sobre todo de resistentes de última hora y de las turbas liberadas. La venganza atroz de los checos contra los civiles alemanes de los Sudetes llega a ser insoportable conocerla en sus detalles.

Se trata del dolor y de la piedad.Hay un crimen soviético, entre los muchos que llevó a cabo el Ejército Rojo, que mancha su victoria. Se trata de las violaciones masivas a mujeres alemanas. Es cierto que el ataque alemán a la Unión Soviética fue concebido por Hitler como una estrategia implacable y sus ejércitos luchaban en el frente del Este sin respeto a normas aceptables, pero jamás ha existido nada semejante a la estrategia deliberada de violar cientos de miles de mujeres indefensas.

Un castigo cometido contra inocentes. Niñas, jóvenes, mujeres adultas e incluso ancianas eran violadas por la soldadesca soviética, muchas veces ebria. En algunos lugares se encontraran muchachas alemanas desnudas, colgadas de los pies y abiertas en canal. Esta orgía dantesca no sólo fue tolerada por el alto mando soviético, sino un propagandista comunista apoyado originalmente por Stalin como Ilya Erehnburg se deshonró al hacer llamamientos alentando estas violaciones.

Esta política de violaciones, de tierra arrasada, de crueldades fomentadas —en pueblos recuperados al avance soviético se descubrían niños crucificados en tablas— hicieron que se prolongara la feroz resistencia alemana, incluido el combate de los muchachos fanatizados de las juventudes hitlerianas. Lo que el coronel Claus von Stauffenberg quiso evitar con el atentado a Hitler, se dio de una manera previsible pero no imaginable.

El sufrimiento provocado por ambos bandos a los civiles es, a mi parecer, la huella imborrable de la Segunda Guerra Mundial, que sin duda fue como la Guerra de Treinta años si nos atenemos a que sus raíces se encuentran en la Primera Guerra Mundial. Todo esto vale también para la parte asiática del conflicto.

Por supuesto, la historia militar, particularmente en el juego de las estrategias, sigue siendo de sumo interés y los asesores de alto nivel aprenden de esta historia. Hasta la caída del Muro de Berlín, que dio fin a la guerra fría y hasta ahora, cuando el liderazgo estadounidense ya no puede basarse en su victoria de hace 70 años —al ser la única potencia participante que no pagó costos en su economía—, vivimos las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

Un oscuro místico, Albert Maillet, atinó en comparar la Segunda Guerra Mundial con el Apocalipsis, aunque en momentos su interpretación sea excesiva. ¿Qué nos revela esa historia de mal, de desdicha, de tragedia, de grandes personajes, de heroísmo y de sufrimiento de la gente común y corriente? Cada uno trate de saberlo.

@ger_delaconcha