El palacio y la celda

García Lorca planeaba visitar México antes de ser fusilado
Por:
  • larazon

Foto Especial

Cualquier residencia presidencial, ya sea en la Casa Blanca, el Elíseo, la Casa Rosada o Los Pinos, está llena de fastos. Lujos que deslumbran las miradas de los visitantes. Grandes jardines, fachadas imponentes, salones legendarios, oficinas de ensueño. Los huéspedes de esas mansiones viven ahí sus años inolvidables.

El Palacio de Heliópolis, en Egipto, fue la residencia predilecta del ex presidente Hosni Mubarak. Un recinto propio de Las mil y una noches, construido en medio del desierto a principios del siglo pasado, con una cúpula de sultán al centro y arcos arabescos detenidos por columnas de mármol. Sirvió como ombligo de referencia para la construcción de la ciudad, y durante décadas fungió como el hotel más lujoso de África. Su vestíbulo es una combinación de la ornamentación abigarrada de Luis XIV y el boato impactante de las alfombras persas. Tiene 400 habitaciones, y los precios eran exclusivos para los reyes de Europa y los califatos de la región. Sus muros sufrieron las adversidades de la Segunda Guerra, pero en unos años revivió entre los escombros por la inyección de dólares del joven Mubarak.

Durante los años felices de su presidencia, Mubarak presumió la arquitectura de su palacio y dejó constancia de sus encuentros de alto nivel en el recinto oficial. En sus salones tuvo reuniones privadas con el secretario de Defensa de Estados Unidos Caspar Weinberger, el líder palestino Yasser Arafat, el presidente de Israel Shimon Peres, el reverendo Jesse Jackson, el primer ministro británico John Major.

Pero la época de oro se acabó. El destino de Mubarak dio un giro brutal.

Se le considera el vórtice de la corrupción de su gobierno. Acusado de amasar una fortuna de más de 50 mdd.

Se encuentra bajo custodia policial en la unidad de terapia intensiva de un hospital a orillas del Mar Rojo, ya que sufrió un infarto mientras era interrogado por un fiscal de la justicia egipcia. Ya tiene 82 años el hombre.

Pero la precariedad de su salud no implica misericordia. Sus dos hijos lo esperan, cuando llegue a estar medianamente restablecido, en la cárcel de Tora, al sur de su añorada ciudad de El Cairo.

¿Cómo es la cárcel de Tora? Sin duda, todos los reclusorios del mundo tienen muchas cosas en común: celdas infernales, horarios inflexibles, alimentos vomitivos, guardias cómplices o verdugos. Universos donde impera la soledad, la violencia, el hartazgo. Tormentos donde la televisión o la droga son sólo atenuantes.

Recordemos que hay gente que soporta la cárcel. Aquéllos que, paradójicamente, no pierden la libertad en el cautiverio.

El arquetipo es Nelson Mandela. Un hombre que, después de una lucha encarnizada contra la segregación racial, fue condenado a cadena perpetua. Estuvo en la cárcel 27 años. Realizó trabajos forzados en una cantera de cal, sufrió la discriminación, comió raciones de porquería y apenas recibió una visita familiar cada seis meses. Pero todo eso, lejos de quebrar su espíritu, redobló su esperanza.

Su historia es un ejemplo de tenacidad y templanza. Mandela se recibió de abogado en la cárcel, estudiando cursos por correspondencia en la Universidad de Londres. Fue defensor de sí mismo y de su pueblo. Salió de la cárcel en 1990, cuatro años más tarde fue el primer presidente democráticamente electo de Sudáfrica.

Su política fue el perdón y la reconciliación. En Qunu, la pequeña ciudad en la que vive, la gente sonríe cuando ve a Mandela. En El Cairo, a dos meses de los enfrentamientos, la gente se ríe de Mubarak.

Altar en honor a los caídos durante las protestas en Egipto que terminaron con el régimen de Mubarak.