Guantánamo y la americanización del Apocalipsis

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Las últimas revelaciones de Wikileaks han vuelto a poner el nombre de Guantánamo en los medios internacionales, especialmente porque se prueba con estos cables que junto a verdaderos terroristas Estados Unidos encerró ahí a inocentes: niños, ancianos y enfermos mentales.

Informes de las autoridades estadounidenses señalan que sólo 317 de los 800 presos tenían un perfil de alto riesgo como verdaderos yihadistas, es decir, creyentes en la guerra santa y, por tanto, comprometidos en actividades terroristas como militantes talibanes o de Al Qaeda.

Entre los otros había de todo, pero especialmente gente en desgracia, detenidos casualmente en las zonas de conflicto y sin un perfil para ser considerados una auténtica amenaza en contra de Estados Unidos o de Occidente.

Si las condiciones de extrema dureza en la prisión y la tortura sancionada en los interrogatorios —características de Guantánamo— ya eran cuestionables desde una visión respetuosa de los derechos humanos, el hecho de que los afectados fueran muchas veces inocentes contribuye a reforzar la imagen de infamia de este centro de detención fundado por el presidente George Bush, hijo.

No puede esperarse que unos terroristas despiadados puedan ser tratados como si estuvieran en un centro vacacional. Pero la brutalidad no puede ser respondida con brutalidad.

La política de Bush logró degradar la imagen internacional de Estados Unidos. Después de la euforia producida por el fin de la guerra fría al caer el comunismo soviético, Estados Unidos, líder del mundo libre, respondió al asesinato de miles de personas el 11 de septiembre de 2001, con lo que John Gray en su libro Misa negra llama “la americanización del Apocalipsis”, es decir, una alianza entre la extrema derecha cristiana y los neoconservadores, que hizo concebir de manera fundamentalista la guerra contra el terrorismo islámico.

Los principios democrático-liberales de raigambre jurídica, alimentadores del sueño americano y que sustentaron la participación estadounidense en la Segunda Guerra Mundial contra las fuerzas del Eje nazi, fascista y japonés, fueron sustituidos por una visión apocalíptica de índole religiosa como si se estuviera combatiendo a las hordas del Anticristo.

Por eso Guantánamo es una prisión inquisitorial y, violentando las tradiciones humanitarias de la ideología estadounidense, se acepta la tortura contra los demonios. Y esto no es una metáfora. Ya esta idea apocalíptica había sido enunciada por el subsecretario de Defensa, el teniente general William Boykin quien declaró: “el enemigo es un enemigo espiritual al que solemos llamar principado de las tinieblas”.

William Boykin, quien trabajaba los temas de inteligencia del Pentágono, fue pieza clave en la autorización de las técnicas de estrés extremo —eufemismo para la tortura— aplicadas en Guantánamo y en Abu Graibh.

Recuerdo un programa de televisión de la serie La ley y el orden, Unidad de Víctimas Especiales, donde se trata el tema. La historia es la de una doctora quien es enjuiciada por violar el juramento de Hipócrates al proporcionar asesoría profesional para la tortura de presuntos terroristas.

El alegato de ella no era apocalíptico, sino supuestamente práctico: “Si la tortura de uno puede salvar a muchos, ¿por qué no hacerlo?”. “Por que entonces se abre el abismo en nuestro mundo”, es la respuesta de la fiscal quien logra se condene a la doctora torturadora con el despojo de su título profesional, aunque no consigue encarcelarla.

El tema es sin duda complejo e implica definiciones. El presidente Barack Obama se puso del lado de quienes piensan que avalar la tortura y la violación de derechos humanos “abre el abismo en nuestro mundo”, por eso desde su campaña prometió cerrar Guantánamo. Sin embargo, no ha podido hacerlo por la oposición de la facción republicana en el Congreso y también porque una parte de la opinión pública de Estados Unidos ve bien ese trato a sus enemigos.

Sin un referente tan claro como el de Guantánamo, pero el tema no nos es ajeno si vemos las consecuencias de la guerra al narcotráfico del presidente Felipe Calderón. Ya un grupo de trabajo de la ONU sobre desapariciones forzadas señala que hay en algunas de éstas responsabilidad directa de las autoridades mexicanas.

El Presidente mostró alguna vez públicamente su molestia con los derechos humanos y utilizó en su discurso el término “limpieza”, una palabra que en el mundo contemporáneo se asocia con violaciones masivas de derechos humanos. Se habla de que comandos de la Marina cortan la lengua de los informantes de los cárteles en Tamaulipas. Si hay un enemigo despiadado es el de los criminales organizados en nuestro país, pero el verdadero valor no es abrir el abismo en nuestro mundo combatiendo la brutalidad con brutalidad, sino lograr proteger a los ciudadanos y aplicar la ley, sólo la ley.

Guantánamo es una lección que nadie debe olvidar.