Muerte de Mussolini: El Principio del Fin

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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La madrugada del 28 de abril de 1945, Benito Mussolini y su amante Clara Petacci llegaron a la casa de unos campesinos en el municipio de Azzano.

Ahí permanecieron toda la noche, acechados por los hombres de la resistencia italiana.

Ambos sabían que se trataba de sus últimas horas con vida, pues la resistencia —un movimiento armado de oposición al fascismo y a las tropas de ocupación nazis— buscaban aniquilar al dictador. Él eligió descansar hasta el amanecer; ella no pudo controlar su llanto en toda la noche.

Las primeras horas de aquel día la pareja se sentó a la orilla del viejo colchón y tuvieron su último desayuno: salami y pan. Mussolini admiraba a través de la ventana las montañas cubiertas con nieve, mientras esperaba la llegada de aquel hombre destinado a fusilarlo.

Y así sucedió: a las cuatro de la tarde, un hombre al que todos llamaban “coronel Valerio” —cuyo verdadero nombre era Walter Audisio, un veterano dedicado a aniquilar fascistas—, abrió la puerta de esa habitación.

—Rápido… He venido a rescatarlo­— dijo Audisio de forma sarcástica a Mussolini mientras sostenía su metralleta Sten entre las manos. También obligó a Clara a salir de aquella casa.

Fueron llevados montaña abajo, sin fuerza, intentando mantenerse de pie. En su camino a la muerte fueron vistos por última vez por Lia de María, propietaria de la casa en la que los tenían resguardados; tres mujeres que lavaban en una piedra; un anciano que bajaba la colina cargando paja sobre la espalda y una mujer con su hijo. Nadie los reconoció.

En la carretera, un sedán negro los esperaba. Audisio y los partisanos que habían vigilado a la pareja subieron al auto, todos querían ser testigos del histórico momento en que el dictador dejara de respirar.

Cien metros después, Mussolini y Clara fueron colocados frente a una pared. Ella se aferraba a su amante, lo sostenía del brazo mientras los hombre con rifles y fusiles murmuraban. El gatillo del rifle del coronel se escuchó, pero el arma se encasquilló , al igual que su rifle, pareciese una señal, señal que Audisio ignoró, pues tomó el arma de uno de los partisanos para concluir su misión.

El primer disparo asesinó a Clara, el segundó fue directo contra Benito Mussolini. Tirado a un lado de su amante, el cuerpo del dictador convulsionaba. Audisio se acercó a él para dar su último disparo, pues el arma fue descargada en los cuerpos de la pareja.

Mientras el Duce, como era conocido el Líder del Partido Nacional Fascista, y su amante eran secuestrados, la esposa de Mussolini, Rachele, se encontraba escondida —junto a sus dos hijos— en casa de un camisa negra, simpatizante de su esposo.

A las 16:15 de aquel día 28, los cuerpos del dictador y el de su amante fueron arrojados sobre un camión de mudanzas junto a decenas de cadáveres de la guerra.

A la mañana siguiente fueron exhibidos en el Piazzale Loreto. Era la forma de demostrar que la guerra estaba por terminar.

Mientras tanto, Hitler buscaba soluciones para levantar a su batallón sin armamento y no rendirse ante los rusos. Se negaba a ver a Alemania derrotada por segunda ocasión.

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