Nada que perdonar

Por J. M. Servín

I

Al inicio de la década de 1980 cumplí dieciocho años. Mantengo muy pocos recuerdos de aquella ciudad llamada DF. Cicatrices y testimonios dispersos de un pasado que lucha por no desaparecer de mi memoria. La Ciudad de México hoy no es la misma que alguna vez fue. Tan sólo la arquitectura ha cambiado mucho; la vida nocturna. Como yo mismo a mis 54 años de vida. Mi cuerpo es la urbanización cambiante de la ciudad. Del joven irascible, provocador y pagado de sí mismo hoy queda un escritor enojado con su presente, con todo aquello que no termina de explicarle el pasado.

De noche o de día, calmado e impasible el pulso de la ciudad es el de un gigante iracundo y malherido. Riqueza y miseria, vicios y virtudes, culpa, inocencia, crimen, castigo, excesos frente al hambre y zozobra de tanta gente; de todo ello se alimenta el monstruo a lo largo de su historia reciente de calamidades y abusos, de grandeza efímera y nostalgia por lo que nunca terminó de ser. Es una ciudad que vigila nuestros pasos mientras la vemos transformarse, deformarse, arracimados. En todas sus calles se esconden o cometen crímenes espantosos. ¿Acaso la miseria y el horror no son parte de la genética de los habitantes de la enorme ciudad inabarcable, imposible?
Hay una voz dentro de mí que me exige escribir lo que viví hace ya tantos años. Lo que recuerde, echarlo todo. Una voz ronca y gastada que no quiere consideraciones con mi pasado o apartarme ni un centímetro del desprecio que tengo por esta ciudad que ha tomado tantas vidas para alimentar su insaciable leyenda negra. La ciudad que hizo de mí ése que soy ahora.

II

Mi padre y yo llevábamos toda una vida dando traspiés juntos en un trampolín que amenazaba con arrojarnos al abismo. No era tanto solidaridad o amor filial. A veces, la angustia de no saber a dónde ir no deja más opciones que aferrarse a
lo más cercano, aunque sea un avispero de problemas.

Mi padre había perdido la pierna derecha a causa de la diabetes y tenía que usar una silla de ruedas. Se había cortado un pie, no sé cómo, y no se atendió la herida. No le dijo a nadie. Una noche, días antes de la operación, entré a su recámara y lo encontré recostado en su cama, adolorido y asustado. La fetidez era insoportable, tenía el pie gangrenado y en ese momento se tomaba una pastilla para el dolor que un médico del barrio le había recetado. Mi padre me contó que el médico del dispensario cercano le revisó el pie y le dijo que no era nada serio. ¿Podía creer la versión de mi padre? No del todo. Avisé a mis hermanos mayores. Llegaron al otro día y luego de valorar la herida con gestos de asco y de darle una tremenda regañada al viejo, entre todos lo llevamos casi a rastras a internarse en el Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE, en la colonia del Valle, que parecía estar en una zona de guerra. No había camas disponibles en ese momento.
Tuvimos que llenar infinidad de documentos y esperar horas a que aprobaran el trámite. Finalmente el viejo fue encamado en un pabellón con muchos enfermos más. Ahí nos dimos cuenta que faltaba personal y medicamentos. Era casi imposible hablar con una enfermera o un médico en esa atmósfera opresiva y que en nada ayudaba a levantar la moral de los pacientes, dolidos y en muchos casos, solos, olvidados por sus familiares. Era octubre de 1987.
—Hijos, sáquenme de aquí, está muy feo.

Mi padre vivía deprimido por la muerte de mi madre en 1979 y de mi hermano mayor un año después. Sin trabajo, se había desprendido poco a poco de su taller de joyería al no poder pagar la renta. Vendió casi toda la herramienta y sólo conservó lo indispensable. Bancarrota económica y emocional. Quemó todas su naves y vivía de lo que buenamente le daban sus hijos o de las pequeñas transas con los hampones del barrio, que de vez en cuando le llevaban alhajitas a valuar o a que las fundiera si eran de oro.
No recordaba una ocasión en que Lucio suplicara un favor. O que lo pidiera, simple y llanamente. Pero esa vez en el hospital nos lo había pedido a mi hermano Tamayo y a mí la tarde siguiente de su internamiento, mientras hacíamos la fatigosa guardia familiar.

—Sáquenme de aquí, repitió entre murmullos y a punto del llanto.
El resto de los hermanos se habían ido a su casas a descansar, reorganizarse y a conseguir fondos precisamente para cambiar a mi padre a a un hospital particular. Entre los familiares de los pacientes del mismo piso habíamos acordado prestarnos los pases de visita a escondidas del personal administrativo, a fin de poder estar en parejas con nuestros enfermos. En esos hospitales los trabajadores prefieren hacerse de la vista gorda o acabarían suicidándose por la acumulación de estrés.

Esa misma noche, mi padre fue transferido al Hospital de México, previo diagnóstico de unos cirujanos que mi hermana Rosa María trajo de ahí. En su diagnóstico, no había necesidad de amputar pero era necesario trasladar de urgencia a mi padre al hospital donde ellos laboraban. Una semana después, Lucio había perdido la pierna y mis hermanos la mayor parte de su patrimonio en pagos de hospital y honorarios de los “especialistas” que nunca nos dieron la cara para reclamarles.

Para entonces éramos nueve hermanos de los diez originales. Raúl, el mayor de los hombres, joyero también, pero exitoso y el preferido de mi padre, había muerto siete años atrás en el siniestro cabaret Casino Royale donde se divertía con un primo y otros amigos.

La noche del 4 de junio de 1980, un sábado, si mal no recuerdo, mi padre, mi hermano menor Eduardo, Tamayo, su mujer y yo, fuimos a jugar boliche allá por Insurgentes a la altura de la colonia del Valle. Aun con poco dinero siempre encontrábamos la manera de pasarla bien. Tamayo tenía un Volkswagen verde muy arreglado que Raúl le había vendido a mi hermana Hilda y luego ésta a Tamayo.

Socorro pasó en su bolsa una botella de brandy Don Pedro que nos tomamos con los refrescos que compramos en el boliche. Jugamos varias líneas y achispados, poco después de la medianoche, emprendimos el regreso a casa. A la salida vimos pasar ambulancias y patrullas en dirección sur. Nada anormal. Durazo y sus razzias. En la Ciudad de México siempre ha sido así, por ello el regreso al barrio nos pareció rutinario, al estilo de un comando de guerra que patrulla alerta a las acciones del bando enemigo. Luego de pasar un retén policiaco en la avenida Apatlaco, en el oriente, ya cerca de Infiernavit, mi padre se preguntó en voz alta donde andaría Raúl. Teníamos algunos días sin verlo. Vivía en un departamento en la colonia Nápoles con su esposa y tres hijos pequeños. Durante un tiempo fue nuestro vecino en Infonavit, en Iztacalco, en un departamento cercano a la casa de mi padre, donde estacionaba alguno de sus coches del momento, relucientes, casi siempre del año. Fue de los primeros en México en tener un Pacer que luego cambió por un Mónaco Royal seminuevo a todo lujo, precioso, negro, enorme. Yo lo encontraba muy parecido al Betsabé de “El Avispón Verde”. En mayo de ese año la Asociación de Joyeros de México le había dado un reconocimiento como el mejor joyero del año. Raúl tenía clientela entre gente de la farándula y de la clase media alta. Era muy querido incluso entre sus competidores.

Llegamos a casa, nos despedimos y Tamayo y Socorro se fueron a su departamento, muy cerca de nuestra casa. En ese departamento de interés social pagado desde hacía mucho, vivió mi hermano Raúl con su familia y al cambiarse, se lo dejó a mi hermano como una especie de regalo de bodas.
Poco después de las diez de la mañana sonó el teléfono. Mi padre contestó desde su recámara, aún en pijama. No pude escuchar la conversación, pese a que mi cuarto estaba a un lado. Fue una llamada breve y como todas las de su tipo en horas inusuales, con malos presagios. En cuanto colgó, escuché que mi padre comenzó a cambiarse de ropa casi a tientas y con premura, luego llamó por teléfono a mi hermano Pedro. Salí de mi cuarto para saber qué ocurría.

— Raúl murió anoche.

Mi padre estaba pálido y no quiso darme más detalles de lo ocurrido. Luego llamó por teléfono a Rosa María, la mayor de todos los hermanos. Siempre acudía primero a ellos dos cuando las cosas iban mal.

—Avísale a Taydé —me dijo antes de partir. Y así lo hice.

Llamé a la oficina de mi hermana y en cuanto le di la noticia se soltó a llorar, inconsolable y sólo acertaba a decir “no puede ser, mi hermano, no puede ser” y colgó. Fue una misma reacción familiar en cadena.

Poco a poco me fue invadiendo una fuerte sensación de tristeza y estupor. Me faltaba el aire y me zumbaban los oídos. Por un largo tiempo quedé atrapado en un vacío mental que me impedía reaccionar. Me estaba protegiendo de la terrible novedad del día. Bajé las escaleras y me fui a sentar a la sala. Quería que alguien me abrazara y me diera unas palabras de aliento ante lo que parecía una cadena interminable de tragedias familiares. Justo un año antes mi madre había muerto de una embolia, estuvo internada una semana en un hospital privado y ya no volvió en sí. No pude hablar con ella, despedirla y decirle lo mucho que la quería pese a las chingas que me daba. Era una mujer bromista y muy activa desde la madrugada, dormía poco y tenía la manía de pedir dinero prestado, siempre estábamos endeudados. La mayor parte del día se la pasaba metida en la cocina y entre una comida y otra, en la calle, haciendo “diligencias”, que consistían en visitar conocidos y amistades del barrio para sablearlos, cobrar una tanda, entrar en una o llevar algún guisado como obsequio por tal o cual favor. Era una cocinera experta y su sazón era famoso en el vecindario y más allá. En alguna ocasión un gringo, capataz de mi padre cuando éste trabajó en Estados Unidos, a principios de 1970, como maestro de joyeros en un enorme taller, le propuso a mi madre que montara una fonda en Houston, donde mi padre residía, el gringo pondría el capital y serían socios. Mi madre nunca se animó, le gustaba el dinero pero no vivir lejos de sus hijos y de la ciudad que conocía tan bien. No mister Herfor, se lo agradezco pero tenemos que ir cada año a las fiestas de la Virgen de Zapopan en Guanatos, desde Jiuston nos va a salir muy caro. Su alegría contagiosa y cándida contenía a una mujer que de pronto soltaba el llanto, angustiada, y que a veces nos daba unas felpas de miedo por cualquier motivo. Cuando vivíamos en la calle de Marsella, a principios de los años setenta, diariamente a mediodía la visitaba Floria, amiga de mi madre de muchos años. Metidas en la cocina, se bebían una botella de Don Pedro de medio litro con coca cola y hielo.

Esas “cubitas” eran un ritual cotidiano de chismes, lamentos y consejos para sobrellevar la vida con todo y
maridos que duró muchos años hasta la muerte de mi madre.

“Tanta insistencia para tan poca resistencia”, respondía Floria en cuanto mi mamá le hacía la misma pregunta de todos los días:

—¿Y qué, no nos vamos a tomar nuestra cubita?

Floria bajaba a la tienda de abarrotes y compraba lo de siempre con el dinero que le daba “Teresita”. Se volaba los cambios pero mi madre nunca le reclamó.

Floria tenía pinta de piruja madura, pero no lo era, ni lo fue. Tenía la apariencia de algunas de las mujeres con las que mi madre entabló amistad en nuestro anterior domicilio en la calle de Plomeros, de la colonia Morelos, donde conoció a Floria a través de una mujer que sí era prostituta y que le pedía a mi madre que guisara para ella y sus hijos. El marido de Floria, Tobías, era vendedor de puerta en puerta y con frecuencia lo encontrábamos tirado afuera de la pulquería “La hija de los apaches”, en avenida Cuauhtémoc.
Floria usaba vestidos de terciopelo oscuro entallados con estampados y zapatos de tacón de aguja. Usaba mucho maquillaje y se pintaba los labios de rojo. En casa caminaba de puntitas para no hacer ruido en el piso de mosaico. Mi padre la detestaba y le tenía prohibido a mi madre que la invitara a casa, pero Teresita no hacía caso. Floria se despedía temprano para evitar encontrarse con mi padre. A veces pasaba por ella Tobías, ahogado de borracho y mi madre se ponía muy nerviosa si se les hacía tarde.

Una vez la sorprendí robándose unos cubiertos. Sólo estaban en la cocina ella y mi madre. Yo las observaba detrás de una silla del comedor. Floria aprovechó que mi madre había ido al baño y extrajo los cubiertos de un cajón de la alacena. Los guardó en su bolsa y le dio un trago a su cuba como si nada. Fui a buscar a Tamayo a su recámara para acusarla. Lo encontré echado en la cama leyendo Hermelinda Linda. Le dije lo que había visto.

—Uy pinche vieja, regresa y grítale “Floria no se robe los cubiertos” para que mi mamá oiga. Ahorita te alcanzo.

Así lo hice y Floria se quedó sin habla, parada en el quicio de la puerta de la cocina, dándome la espalda, con la mano derecha recargada en la cadera y apoyada en el pie izquierdo.

—Chamaco, no estés diciendo sandeces —gritó mi madre desde el fondo de la cocina. No supe qué responder pero tampoco le quitaba la vista a la ladrona.

—A ver Floria, ¿de veras se robó unos cubiertos?

—Ay Teresita discúlpeme, es que luego se me suben las copas y me da por hacer estas cosas, tenga —Floria abrió su bolso fingiendo que comenzaría a llorar y le regresó los cubiertos a mi madre. ¿Cuánto podrían darle por eso?

—Pues me va a tener que disculpar pero ahora sí la tengo que correr, ¡imagínese, si se entera mi viejo!

—Ni Dios lo mande Teresita, perdóneme, ya me voy.

Floria se encaminó a la puerta de salida con mi madre detrás, en eso volteó y dijo.

—No tendrá unos diez pesitos que me preste para el camión.

—Uy Floria, si los tuviera mi viejo no cenaría hoy huevos ahogados.

Cuando cerró la puerta, mi madre regresó a la cocina y de camino me dijo:

—Hiciste bien pero procura no andar de chismoso, eso déjaselo a las viejas.

Regresó a la cocina y al poco rato se puso a cantar alguna canción de Lupita Palomera a todo pulmón. Tenía una voz potente y entonada y los vecinos abrían sus ventanas que daban a nuestra zotehuela para oír mejor.

Como con el llanto, tenía explosiones de alegría espontáneas, cantar era una de ellas.

Ya en Iztacalco, la convivencia con “cubitas” mi madre la continuó con la esposa de Raúl y mi hermana Olga, todo un caso, desmadrosa y precoz (en aquel entonces tendría unos dieciocho años, le entraba al frasco como pocos y vivía sin rendirle cuentas a nadie, ni a su marido, un empleado de Banrural un año mayor que ella con aspecto y hábitos de jipi). Casi toda la familia se había cambiado a la misma unidad habitacional gracias a los primeros sorteos que hubo para obtener vivienda de Infonavit. Todo mundo era elegible, incluida gente de lo peor.

III

A quien pude le avisé que los restos de Raúl estaban en la delegación
Benito Juárez. Todos mis hermanos excepto Pedro, quien de inmediato se lanzó a la delegación, soltaron el llanto al saber la noticia. Recordé que de niño acompañé a Rosa María a levantar un acta contra un motociclista que había atropellado a mi hermano Eduardo, el menor, mientras paseábamos por el corredor peatonal del parque López Velarde en la colonia Roma. De la nada salió el cafre para abrirse paso a la avenida Cuauhtémoc y al atropellar
de lado a mi hermano perdió el control de la moto. Nada grave, salvo por la ira de Rosa que se quería comer vivo al motociclista, a quien Guillermo, mi cuñado, levantó del suelo aplicándole una llave china. Rosa paró una patrulla, subieron al motociclista y uno de los policías condujo la moto a la delegación. Del susto y el golpe Eduardo ni hablaba, parecía como si hubiera sido su culpa. Horas después, el motociclista recibió el perdón de mi hermana y lo dejamos en la delegación arreglándose con los policías.

Tamayo llegó por mi padre y a toda prisa partieron en su coche acompañados de Socorro. Eduardo y yo permanecimos en casa, desconcertados y haciéndonos conjeturas. Creíamos que Raúl había sido detenido por borracho o por armar algún pleito. No podíamos creer que estuviera muerto. Así esperamos hasta mediodía.

Según las notas periodísticas, la noche del 4 de junio de 1980, un sujeto bravucón y taimado, de nombre Víctor Rodríguez Becerra, jefe de compras de la Secretaría de Programación y Presupuesto, había estado bebiendo en el Casino Royale con otros tres compañeros de trabajo. Todos ellos escandalosos y prepotentes. Trabajar para el gobierno significa hasta el día de hoy una carta de impunidad. Llegaron pasada la medianoche, al parecer venían de una cantina en Patriotismo y se habían metido al cabaret con la intención de sacarse a alguna de las muchachas que ahí trabajaban como meseras, bailarinas y vedettes. El Casino Royale estaba en Insurgentes esquina con Pensilvania, muy cerca del estadio de futbol donde por entonces jugaba el Atlante como local.

A eso de las tres de la madrugada el cabaret estaba apunto de cerrar. Mi hermano, mi primo y tres amigos estaban por terminar una botella de cogñac en compañía de unas mujeres que conocieron ahí. Estaban muy ebrios, departían en un apartado para clientes especiales. Raúl y sus amigos lo eran en varios lugares de Insurgentes como el Hollywood y el Chester, donde pagaban unas cuentas enormes y repartían generosas propinas.

Para esa hora Rodríguez Becerra estaba muy borracho y discutía y amenazaba a los meseros por la cuenta. De mala gana pagó y entre bravatas abandonó el antro con los amigos detrás y retando a los golpes a los meseros, que momentáneamente habían controlado la situación y se burlaban de él, un tipo de baja estatura y enclenque. Caminaron en dirección sur sobre Insurgentes y al cruzar Eugenia los amigos de Rodríguez Becerra lo abandonaron, ahogados en alcohol. Rodríguez Becerra se quedó solo mentando madres mientras ellos tomaban un taxi con rumbo desconocido.
Rodríguez Becerra caminó hacia su automóvil, un Datsun con abolladuras estacionado en la calle de Detroit, a media calle de Insurgentes y a tres del cabaret.

De la cajuela sacó un tambo repleto de gasolina, y regresó al Casino Royale. Las puertas ya estaban cerradas y los meseros sólo esperaban a que salieran los últimos parroquianos de la noche, entre los que se encontraba mi hermano, sus amigos y las acompañantes.

Rodríguez Becerra roció la alfombra de la escalera de acceso al cabaret con gasolina y le aventó un cerillo encendido. Luego bajó con toda calma hacia la calle. El fuego se propagó de inmediato. Ardieron cortinas, alfombras y mobiliario. Dentro había más de 250 personas. Hubo quien logró escapar por la entrada del cabaret y por un ventanal desde un corredor externo, pese a
que el fuego consumió en pocos minutos el edificio. La salida de emergencia estaba bloqueada con cajas de refrescos y cerveza. Mucha gente fue pisotea
da y golpeada por la turba aterrada. Sólo había dos extinguidores inservibles. Ya en la calle, algunos empleados del cabaret descubrieron a Rodríguez Becerra tambaleándose en la banqueta de enfrente con la mirada perdida en las llamas. Fueron por él, lo agarraron y a punto estuvo de ser linchado por una multitud que se había reunido para ver el incendio. Los mirones que Enrique Metinides fotografió tantas veces a lo largo de su carrera como foto reportero de nota roja.

Mientras los sobrevivientes gritaban por ayuda, llegó la policía y se llevó a al pirómano. El fuego hizo estallar los
ventanales del cabaret. Los bomberos lograron controlar el fuego hasta las 8:30 de la mañana. Mi hermana Taydé pasó por ahí a eso de las 9 am de camino a su trabajo como secretaria en Barranca del Muerto. Iba en su Renault 5 conducido por su pareja Rafael, muralista y maestro de la Esmeralda.

—Mira Rafa, pobre gente.

—No veas eso güera, te vas a poner mal de los nervios y luego no puedes dormir.

Mi cuñado terminaría dando consuelo y apoyo a toda la familia esa misma tarde, mientras Pedro bajaba con mi cuñada Socorro a reconocer el cuerpo en el Servicio Médico Forense de la colonia Doctores. Según testimonios de algunos deudos y de mis propios hermanos, no fueron doce los muertos como lo habían reportado los medios, sino treinta y tres, entre ellos un sobrino del presidente Miguel de la Madrid. El supuesto sobrino fue levantado del forense por unos sujetos en una camioneta de lujo para evitar la autopsia. Existe la versión de que el incendio fue parte de una vendetta contra el familiar del presidente por motivos que hasta hoy se desconocen. Pese a lo que pudiera esperarse, en el forense le entregaron a Pedro las pertenencias de mi hermano completas: una cartera con mil pesos, un anillo de oro, una gruesa cadena de oro tejida con un colmillo de jabalí tallado con la figura de Confucio.

La información oficial reconoció doce personas muertas, entre ellas Raúl, mi primo, dos amigos y las mujeres que estaban con ellos. Un tercer amigo logró salvarse porque momentos antes del incendio había salido a la calle a buscar un taxi para él y una de las mujeres. Excepto a mi hermano, que murió de asfixia y con un fuerte golpe en la cara al parecer por tropezar con uno de los extinguidores, a todos los demás los encontraron amontonados y calcinados en la puerta de emergencia.

El Casino Royale había sido inaugurado en 1954 como La Terraza, un salón de baile familiar que poco a poco se convirtió en un cabaret con ficha. Durante su corta existencia había sido clausurado varias veces por prácticas prostibularias, abusos en los precios y narcomenudeo. Nada que no pudiera arreglarse con una “mordida”. Por aquellos años ahí rondaba el célebre ex luchador y homicida Pancho Valentino para levantar muchachas con la intención de prostituirlas. En 1959 fue reinaugurado como Terraza Casino y años después se convirtió en el Casino Royale, lujoso y espectacular, una vez que se hizo cargo de él Ernesto Valls, “el zar de los cabarets”.

Como cualquier otro antro de su tipo en la ciudad de México, el Casino Royale funcionaba a partir de redes de negocios y contubernios bien estructurados, poderosos y con enormes recursos. Una cadena irrompible de corrupción que incluye autoridades y jueces. Tráfico de mujeres y estupefacientes, falsificación y alteración de documentos oficiales, evasión del fisco, blanqueo de dinero y, de ser necesario, desaparición de personajes indeseables.

Fue en la década de los setenta cuando los empresarios Ernesto Valls y Francisco Soto cambiaron el rostro a la vida nocturna de la capital con la apertura de establecimientos gay y
la presentación, por primera vez, de espectáculos con desnudos femeninos completos.

Al Casino Royale se dio sus escapadas Jim Morrison luego de sus conciertos en el Forum, ubicado en Insurgentes y Ameyalco, en la colonia del Valle, a finales de junio y principios de julio de 1969. Sólo la juventud rockera adinerada tuvo la fortuna de ver en vivo una banda pensada para tocar en estadios. El Casino Royale era un lugar famoso en el ambiente de la noche porque ahí se reunían a mediados y finales de la década de 1970 narcotraficantes como Alberto Sicilia Falcón acompañado de Irma Serrano La Tigresa, su gran amiga y defensora, o el asaltante de bancos Alfredo Ríos Galeana, El más buscado. Según La Tigresa, en su libelo A calzón amarrado, conoció a Sicilia Falcón cuando trataron de asaltarla o secuestrarla en la carretera a Toluca uno sujetos con ametralladora que le dieron alcance y le cerraron el paso a la limusina de La Tigresa. Sicilia bajó de “un carro pequeño acompañado de tres amigos” e hizo frente a los asaltantes-secuestradores, a partir de ahí surgió la tórrida amistad entre el narcotraficante y la farandulera amante de políticos mexicanos, entre ellos Gustavo Díaz Ordaz. La triada de lujo del hampa internacional, políticos, faranduleros y narcotraficantes, en México encuentra el clima adecuado para florecer. En el Casino Royale se corría parrandas el Negro Durazo con varios de sus subalternos, vedettes, delincuentes y narcotraficantes protegidos por él. El comandante de la policía judicial federal, Florentino Ventura, mandaba al cabaret a sus hombres de confianza para recibir cocaína y dinero de Sicilia.
Cuando detuvieron a Sicilia en una operación conjunta entre las policías de México y Estados Unidos, Ventura fue acusado por el narcotraficante de haberlo torturado. Sicilia era el estereotipo del gángster ostentoso. Fumaba puros Montecristo, bebía champaña Dom Perignon, tenía yates, autos de lujo, vestía caro, tenía a sus pies mujeres hermosas y despilfarraba dinero a manos llenas. Era todo un Tony Montana bisexual. Al momento de su detención, el 2 de julio de 1975, le fue decomisada una credencial que lo identificaba como agente especial de la Secretaría de Gobernación. Los cargos: asociación delictuosa, contrabando y acopio de armas, falsificación de documentos y delitos contra la salud en sus modalidades de posesión, transportación, compra-venta, tráfico y suministro de mariguana y cocaína.
Una de las tantas complicidades de Sicilia apuntaba al secretario de esa dependencia, Mario Moya Palencia, quien así vio cortada su postulación a la presidencia del país. Su lugar como candidato único de ese sistema político sin oposición real, corrupto y cómplice de narcotraficantes, fue ocupado por José López Portillo.

La noche del incendio, la marquesina del Casino Royale anunciaba, entre otras, a las vedettes Martha Lasso, Diana Collins y Vanessa Mont, además de treinta y tantas bailarinas.

Cosas de la vida, esa fecha terrible no acompañaban a Raúl mis hermanos Pedro y Tamayo, ni El Mannix, uno de sus mejores amigos. Aquellos porque tenían que presentarse a trabajar muy temprano al otro día. Y El Mannix (se llamaba Guillermo pero nadie le decía así) estaba de “comisión”. Era un judicial que estaba a las órdenes del Negro Durazo. Raúl lo conocía de la colonia Juárez, donde vivimos unos años toda la numerosa familia. Vivía en la calle Marsella, a dos calles donde se ubicaba el edificio donde rentábamos un departamento. Mannix usaba lentes oscuros de gota, chamarras de piel de solapa ancha en color vino o negra, camisas de cuello amplio y picudo, botines de cierre a los lados y pantalón de vestir entallado hasta los muslos y luego una ligera campana. Su pistola escuadra siempre fajada en la espalda.
Pulcro, usaba loción y portaba anillos de oro que mandaba hacer con mi hermano. Moreno bronceado, un ejemplo típico del Nacoxplotation.

En una ocasión El Mannix llegó a una reunión en casa de mis padres en Infonavit Iztacalco, mi hermano y yo jugábamos en la calle y nos acercamos a saludarlo cuando lo vimos estacionarse. Yo acababa de terminar la secundaria, era 1977 y a Eduardo le faltaban dos años para terminarla.
Mannix bajó de su coche y nos dijo:

—Chamacos, son un par de cabroncitos. Que nadie me les haga algo o lo puteo.

Nos extendió la mano a cada uno y las chocamos como si nosotros también fuéramos tiras. Nos daba mucha risa Mannix, siempre estaba de buenas y no se le notaban las papalinas que se ponía en las reuniones de mi familia.

Esa vez fue a la cajuela de su Valiant cuatro puertas color crema, seguido de nosotros. La abrió y vimos una metralleta. Mannix se fijó en nuestra reacción y no dijo nada. Nosotros tampoco. Luego, sacó del bolso interior de su chamarra una bolsita con cocaína, como si nada se dio un pase con la uña larga del dedo meñique derecho y se despidió de nosotros para entrar al edificio. Adentro lo esperaba una de tantas reuniones animadas y escandalosas que duraría hasta bien entrada la madrugada.

Pocos años después del incendio el Casino Royale se convirtió en Rockotitlán, un antro de rock en vivo donde mi hermano llegó a presentarse con su banda en un concurso muy chafa que ahí organizaban. Eduardo tocaba la batería.
Íbamos con cierta frecuencia y nos emborrachábamos a pesar
de los precios abusivos. Aun con dinero, los parroquianos éramos tratados de mal modo. Los meseros y guardianes parecían custodios de reclusorio.

Eduardo y yo nos reventábamos durísimo para evadir la tristeza del recuerdo que había llevado a mi padre a un ensimismamiento que sobrellevaba por las tardes con brandy y café mientras escuchaba la estación de radio El Fonógrafo en su consola alemana que mi madre había comprado en abonos y que no terminó de pagar porque sobrevino su muerte. Los papeles de compra estaban a su nombre. Deuda saldada. Yo solía estar con mi padre buen rato, aprendiendo de su soledad. Al llegar la noche, la calle me esperaba para enfrentar acompañado de otros como yo, otra variante del miedo a vivir.

Vivir significaba eso: violencia, tragedia, no llegar lejos. Pagar con la vida la diversión.

IV

A partir de la muerte de Raúl mi padre cargaba su tristeza pero sobre todo su miedo al futuro que se le restregaba en la cara, casi en silencio salvo por sus desplantes de frustración que nos llevaban a sostener furiosas discusiones por cualquier idiotez. Siempre me quedó la idea de que mi padre a su modo me reprochaba que no fuera como mi hermano mayor, que no fuera como él, mi padre; que no fuera como él pensaba que debía de ser un hijo suyo, es decir, su incondicional, obligado a dejar de ser yo para ser él.

La década de 1980 vivió una intensa ola de crímenes. Igual que hoy. Nada nuevo para los habitantes de la capital. Durazo había impuesto razzias por toda la ciudad y era muy difícil librarlas. El siniestro jefe de la policía capitalina, encumbrado por su amigo y jefe José López Portillo, Arturo Durazo Moreno, es el epítome de la corrupción y el delito flagrante desde las entrañas del poder priista que creíamos superado. Recordemos “La matanza del río Tula” en 1982, donde fueron ejecutados trece narcotraficantes y asaltabancos colombianos y un taxista mexicano, ordenada por el entonces jefe de la policía y ejecutada por su lugarteniente a cargo de la temible DIPD (División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia), Francisco Sahagún Baca, por cierto, compositor de boleros olvidables en sus ratos libres. Se presenta oficialmente la alianza entre narcotráfico y corrupción policiaca. El caso, denunciado por el periodista Manuel Buendía, el más leído del país por sus investigaciones de corrupción y crimen organizado, pone a éste en la mira de sus enemigos quienes lo mandan ejecutar afuera de la
oficina de Buendía en la colonia Juárez el 30 de mayo de 1984. Es el primer narcoasesinato en la historia del país planeado por el entonces titular de la Dirección Federal de Seguridad, José Antonio Zorrilla Pérez. Se dice que cada ciudad tiene la policía que se merece. Saquemos conclusiones. Ese mismo año Elvira Luz Cruz, La fiera del Ajusco, mata a sus cuatro hijos.

1983-1984. Una pareja de empleados domésticos secuestran a la bailarina Nelli Campobello. Muere años después y la inhuman clandestinamente. El móvil: una pequeña fortuna en dinero en efectivo, obras de arte y una residencia.

1985. Es detenido Alfredo Ríos
Galena, ex policía y asaltabancos convertido en el “Enemigo Público Número 1”. Ríos Galeana había sido policía en el Estado de México y aún en la corporación inició su legendaria carrera. Decenas de asaltos con armas de alto poder en el Estado de México y el Distrito Federal, a casas habitación, comercios, instituciones oficiales y por supuesto, bancos, apoyado por una bien entrenada banda de veinte personas que incluía a una de las mujeres de Ríos Galeana. Su arsenal de ataque incluía numerosos disfraces y la complicidad mediante jugosos sobornos de los altos mandos policiacos. Se fuga una y otra vez de diferentes cárceles y reclusorios. En 1986 vuelve a escapar en una acción digna de Hollywood, ahora del Reclusorio Sur. No se vuelve a saber de Ríos Galeana hasta 2005, cuando la policía estadunidense lo recaptura en un suburbio de Los Ángeles, donde el asaltante vive en el anonimato y “renacido”, “convertido al cristianismo”; Ríos Galeana es deportado a México, donde purga una condena en una cárcel de máxima seguridad. Cálculos modestos estiman más de mil millones de pesos como producto de sus robos. Ríos Galeana representa un punto de quiebre en la historia de la delincuencia mexicana y de la Ciudad de México, que ingresa en
la era del narcotráfico, el sicariato y los asesinos seriales como personajes mediáticos.

La tarde del 6 de mayo de 1989, Adolfo de Jesús Constanzo, conocido como El padrino de Matamoros y líder de “Los Narcosatánicos”, cae abatido por su cómplice Álvaro de León Valdéz, El Dubi, cuando la policía les tiende un cerco en el departamento número 19 de Río Sena, en la colonia Cuauhtémoc; momentos antes, durante el feroz tiroteo Constanzo arrojó desde el balcón dólares incendiados al tiempo que gritaba: “¡Tomen, muertos de hambre!”. El Dubi y Sara Aldrete, “sacerdotisa” del clan, son detenidos en el lugar de los hechos.

Yo trabajaba en Banco Somex a unas calles de ahí, sobre Reforma, en el edificio que hoy es de la PGR. Las calles aledañas fueron cercadas por comandos de judiciales y policías uniformados. Al principio se especulaba otro asalto bancario. Una novia me esperaba en Reforma e Insurgentes, muy cerca de donde había estado el hotel Continental, caído en el temblor de 1985. Caminamos de prisa rumbo al Centro y pasamos la tarde bebiendo cerveza de barril en la cervecería Kloster, en la calle de Cuba.

Sobre todo de noche, ser joven, pobre o ambos, te convertía en carnada para los tiburones de la policía. La Ciudad de México no puede entenderse sin su historia negra, sin su rastro de sangre de una herida abierta en millones de habitantes. Nadie se salva del crimen, víctima o victimario. A veces ambos.
Visité tantas veces la delegación de policía de Iztacalco, que poco faltó para que me dieran un calendario. Los cargos: vagancia, consumo de alcohol en la calle, portación de mariguana, agresiones en pandilla y quien sabe qué más.
Cargos que se liberaban con una lana a la patrulla, al jefe de la panel, o al MP; de otro modo, mínimo veinticuatro horas a la sombra en la misma delegación. Una noche nos detuvieron a un grupo de seis amigos, a mi hermano y a mí. Nos subieron a una camioneta de policía y nos llevaron a “pasear” por Infiernavit y las peligrosas colonias vecinas. Hacía parada cada cierto tiempo para subir a uno o dos más. Casi siempre, vagabundos hediondos a mierda, vómito y orines. Otra variante era trepar malvivientes peligrosos para que nos intimidaran. Apretados unos contra otros y tensos, hacíamos lo posible por disimular el miedo a sujetos que a veces nos conocían de vista
y que tenían fama de gandallas y violentos. Casi todos, rateros y adictos al cemento y la mariguana. Nunca tuvimos que enfrentarlos, quizá también tenían miedo de nosotros. Quizá no, en la calle no hay leyes escritas para nada, excepto no meterse en problemas porque los tipos duros viven poco.
Así nos ablandaba la policía antes de darnos baje con lo que trajéramos, dinero sobre todo, pero también chamarras y hasta tenis si no estaban muy gastados. Alguna vez, luego de trasquilarnos, nos soltaron muy lejos, por Viaducto y Fray Servando y caminamos descalzos largas avenidas y calles hasta llegar a Infiernavit. Respiramos tranquilos, ahí sabíamos manejar los horarios del peligro.