National Bird
La política de los drones armados
en Sonia Kennebeck

  • Tamaño de fuente: A  A  A  A  

Una de las cintas más memorables que se estrenaron en el reciente Festival de cine de Tribeca fue National Bird, un agudo documental de la directora alemana radicada en Estados Unidos, Sonia Kennebeck (Sex: Made in Germany, 2013), producido por dos autores y documentalistas extraordinarios: Wim Wenders y Errol Morris. El ave del título no se refiere a la emblemática águila calva, sino a los drones armados, Predator y Reaper, que se han convertido en símbolos ominosos de una faceta de la “guerra contra el terror” que consiste en una cacería humana sin fronteras ni limitaciones que llevan a cabo Estados Unidos y algunos aliados, en una variedad de países, en guerra y en paz, asesinando sospechosos, sin juicio ni proceso legal, con misiles hellfire (explosivos antitanques dirigidos por láser que al impactarse contra cuerpos humanos tienden a convertirlos en jirones).

La cinta no es un análisis exhaustivo ni histórico de la campaña de asesinatos de presuntos terroristas que comenzó en noviembre de 2002. En cambio la cineasta da voz a tres veteranos del programa, quienes participaron en la matanza desde “cabinas” en tierra y bases donde analizaban imágenes y datos. Estos tres
“whistle blowers” o informantes tienen en común una profunda desilusión, ansiedad y tristeza, pero sobre todo un angustioso sentimiento de culpa. Kennebeck no incluye comentarios de académicos, periodistas, historiadores o expertos ni narración en off u opiniones propias, sino que se limita a testimonios de primera mano.

Por un lado está Heather Linebaugh, una joven que se enlistó en la Fuerza Aérea, seducida por las imágenes promocionales de la guerra como videojuego. Heather soñaba salir de su pequeño pueblo de Pensilvania para ver el mundo y defender a su país con la más alta tecnología. En vez de viajar fue asignada al análisis de video transmitido por drones y su trabajo consistía en identificar sospechosos en los monitores para ser ejecutados y después de los ataques debía reconocer víctimas y partes humanas. Heather, quien ahora se gana la vida como mesera y masajista, se retiró por padecer un caso extremo de trastorno de estrés postraumático (TEPT). El ejército decidió ponerla en vigilancia de suicidio pero inicialmente se negó a reconocer su TEPT ya que no consideraba que su labor fuera equivalente a estar en el frente de combate. Además, debido a la naturaleza de su trabajo, tan sólo puede ser atendida por terapeutas que tengan autorización de seguridad militar suficientemente alta, lo cual no es fácil de conseguir y la pone en peligro de ser acusada de traición (por la ley de espionaje de 1917, bajo la cual ya han sido condenadas 12 personas) si es tratada por alguien no autorizado. Heather comenta: “Yo sé que el programa de drones es injusto porque ni siquiera sé a cuanta gente maté”.

Por otro lado está Lisa Ling, quien fuera sargento técnico y se dedicaba a identificar blancos para ser destruidos. Tras dos años de actividad recibió un reconocimiento por haber ayudado a localizar 121 mil blancos insurgentes. Sin embargo, lejos de sentirse orgullosa, Lisa declara: “Perdí mi humanidad por participar en este programa”. Cuando entendió la magnitud e impacto de su trabajo en las vidas de miles de afganos, paquistanos, yemenitas y demás, decidió ir a Afganistán a distribuir semillas y a conocer a algunos sobrevivientes de las bombas de los drones.

Y por último está Daniel, quien a pesar de no creer en la guerra se enlistó porque no tenía dinero para estudiar ni un trabajo decente. Daniel trabajó como analista civil de señales de inteligencia pero cuando se expresó en contra de la guerra fue objeto de una razzia del FBI que levantó cargos en su contra por divulgar información confidencial. Su abogada, Jesselyn Radack, quien lo defiende pro bono (así como a Edward Snowden), describe en cámara la gravedad del caso y el hecho de que para el juicio, Daniel necesita ser representado por abogados especializados que tan sólo para comenzar el proceso cobrarán alrededor de un millón de dólares, por lo que aún librándose de la cárcel quedará en la ruina. Frente a la cámara Daniel es un manojo de nervios que trata de expresarse con extremo cuidado para no complicar más su caso.

Las tomas aéreas de dron sobre suburbios y barrios apacibles estadounidenses que incluye Kennebeck enfatizan que cuando el homicidio a control remoto sancionado por el Estado se vuelve viral, nadie en ningún lugar estará a salvo de ser volado en pedazos desde el cielo. Buena parte del objetivo del filme es que al presentar a estos tres informantes se exhibe el estado de vigilancia e intimidación dominante desde los ataques del 11 de septiembre de 2001. Heather escribió un artículo denunciando el silencio del gobierno al respecto de lo que los drones hacen en realidad en The Guardian (29-12-2013) y eso la puso en el radar del FBI. Así, tanto ella como Daniel viven aterrorizados y profundamente frustrados por la política bélica del gobierno de Obama, que pretende estar llevando a cabo una campaña humanitaria, precisa y con un mínimo de daño colateral, para eliminar líderes que amenazan a los Estados Unidos, algo que ellos saben es falso. Heather no es la primera en revelar que entre los operadores de dron hay numerosos casos de alcoholismo, drogadicción y depresión, así como algunos tienen una actitud deshumanizada y ven sus acciones como parte de un videojuego que produce regocijo con cada “bug splat” (insecto aplastado) como llaman a sus asesinatos.

Kennebeck pone un rostro humano a los “asesinos” y hace visible el sufrimiento emocional y la culpa de quienes creyeron en el mito bélico, pero no por eso pierde de vista a las verdaderas víctimas. De esa manera muestra a sobrevivientes de ataques mutilados y que han perdido familiares, incluyendo a algunos que escaparon con vida del atroz ataque del 21 de febrero de 2010, en la provincia de Oruzgán, Afganistán, en el que drones y helicópteros asesinaron a 23 inocentes. Los testimonios de estos tres valerosos veteranos demuestran que la ilusión de que los drones salvan vidas es una falacia grotesca. Asesinar no es nunca una actividad humanitaria, y ésta es una política peligrosa, porque desde las alturas todos parecemos hormigas fáciles de aplastar.

Latest posts by Naief Yehya (see all)

Compartir