Navidad en la Costa Chica

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Arribé a Ayutla, Guerrero, mi pueblo natal, el 24 en la tarde, y omito el calificativo de Los Libres porque como bien decía mi padre y legalmente así es, el municipio es con el calificativo y la cabecera es sólo el nombre sin el mismo.

De Tierra Colorada a las Mesas hubo cinco retenes de la Policía Comunitaria, en cada uno de ellos sus integrantes pidieron una cuota voluntaria, el sexto y último retén es del Ejército. Cada contingente tiene como casi único distintivo unas pálidas playeras que aluden al nombre de su “corporación”. Rostros amables, delgados jóvenes y adultos, rifles al hombro o en la mano vigilan el paso de automóviles que circulan en la carretera federal libre que conecta la Costa Chica con el Centro. Camino que une regiones, orografía que protege y aisla.

Una de las funciones mínimas que los liberales consignan al Estado es proporcionar seguridad a sus habitantes. Sin embargo, la estampa que ofrece la Comunitaria a los que transitan por ese tramo de la nación es más la derrota de las instituciones y la asunción de los ciudadanos de la integridad física de sus vecinos. Los habitantes de esa zona decidieron que estaban mejor cuidándose entre ellos a confiar en un gobierno que no ejerce cabalmente una atribución soberana e indelegable.

En la cabecera municipal existen voces que señalan corrupción y pérdida de eficacia de la Comunitaria en el combate de la inseguridad, pero sigue siendo ampliamente reconocida su labor en las localidades del municipio y de otros. Temerosas las comunidades rurales esperan el inicio del desarme anunciado por el nuevo gobierno estatal.

¿Qué hará la Policía Comunitaria ante lo anunciado? ¿Depondrá sin resistencia las armas? ¿Qué esquema ofrecerá el gobierno para que la inseguridad pública no vuelva a imponerse? ¿Cuál es la respuesta ante el miedo de que regresen los que mal cuidaban?

El discurso de las instituciones y el orden sin que éstas sean saneadas, sin reconocer la profunda corrupción, complicidad e incapacidad de las fuerzas, principalmente, municipales y federales, sólo regresará la desesperanza a esas comunidades.

En el sexenio anterior tres fueron los ejes contra la inseguridad: combate frontal a la delincuencia, transformación institucional y restauración del tejido social. Después del tradicional repudio al gobierno pasado, comienza a reconocerse que el cambio es posible si el combate contra los que delinquen es firme y sin claudicaciones; si las instituciones de seguridad son sometidas a una profunda transformación que persiga eficacia e integridad, y sobre todo que mejore sustancialmente al capital humano; si además esas dos líneas son acompañadas de construcción de comunidad, de creación de oportunidades, de ataque a la pobreza, entonces se da una respuesta integral a un fenómeno complejo.

Existen soluciones, depende de los tomadores de decisión u otra vez la ciudadanía decidirá, resolverá y exhibirá al Estado, aunque este 28 se encomienden a San Judas Tadeo.

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Obdulio Ávila
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