Desempleo causa mas delincuencia

Lleva GDF ópera a balcones de la capital
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Por Karla Ponce

Hace tres años no sólo la presidencia cambiaba de color, también lo hacía la vida de Manuel. Oriundo de Iztapalapa, encontró en la Central de Abasto el camino para crecer: a los 12 doce años inició como diablero, pero 15 años después consiguió el traspaso de un local que convirtió en verdulería.

Involucró a toda su familia. Cuñados, hermanos y primos fungían como despachadores, incluso choferes de camiones o cargadores. ¿El resultado?

Tres locales conformaban su imperio de verduras, frutas y semillas.

Un negocio que transformó su vida. “Compre un departamento, un coche, dos camiones”. Situación que también lo hizo vulnerable a los secuestros.

Fue una mañana del mes de agosto cuando de camino al trabajo lo interceptaron tres hombres en un alto de la avenida Rojo Gómez. Bajo amenazas lo sacaron del auto que conducía y lo subieron a una camioneta.

No supo que pasaba hasta que le pidieron los datos de su esposa para solicitar un rescate. “No comprendía por qué me insultaban y amenazaban si todo era producto de más de 15 horas de trabajo diario”.

Cinco días estuvo encerrado. ¿Dónde? No sabe. ¿Quién lo acompañaba? Lo desconoce. ¿Cómo sobrevivió? “Lo único que me salvó fue la fe”, dice convencido, mientras su esposa indica que pagaron más de un millón de pesos para que no lo mataran.

Un domingo en la madrugada lo abandonaron en un lote baldío.

Experiencia que rogó no se volviera a repetir, pero no fue así.

Tan sólo dos años después fue nuevamente secuestrado con el mismo modus operandi. Sólo que la violencia fue mayor. “Amenazaban con violarme, cortarme los dedos, castrarme. Lo menos malo era matarme”.

Su familia vendió sus locales, camiones y autos para reunir la cantidad solicitada. ¿La suma? “No quise saberla porque la vida no tiene precio”.

Después de casi 20 días lo entregaron en la puerta de su casa por lo que después de ser liberado vendió la propiedad.

¿Las secuelas? Una pierna rota, la columna desviada, ninguna persona procesada, pero además un trauma psicológico que no le permite salir de noche ni de madrugada, mucho menos manejar. Pero el costo más grande es que no desea volver a poner un negocio propio. “¿Para qué me vuelvan a secuestrar?”, dice en tono de molestia mientras se levanta para abandonar la breve conversación.

Costo de la inseguridad. Cifras del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad (ICESI) revelan que los delitos siguen en ascenso.

En materia de secuestros hace dos años se contabilizaron 436 casos registrados en agencias del ministerio público del país, pero en 2008 el número se elevó a 825. Los robos pasaron de 610 mil 710 a 646 mil 549, en el mismo lapso. En 2009 la situación se ha agravado.

Especialistas en fenómenos sociales coinciden que la falta de oportunidades para conseguir un empleo lleva a las personas a tener que delinquir para obtener recursos.

Problemática que de acuerdo con el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) genera un deterioro en el estado de derecho, lo que además inhibe la inversión, genera pérdida de competitividad y reduce la generación de empleos.

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