Le pega tambien a los ambulantes

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Por Karla Ponce

La informalidad es uno de los caminos adoptados por algunos empresarios para ahorrar costos que les permitan no sucumbir ante la crisis. Sin embargo, este rubro también ha sido golpeado.

Mauricia Jiménez por más de una década se dedicó a la elaboración y venta de tamales afuera del metro Constitución de 1917, con las ganancias del negocio pagó las carreras profesionales de dos de sus cuatro hijos además de liquidar su casa, pero el negocio desde hace un año dejó de ser bondadoso.

“Todo comenzó a subir, primero fue el gas, luego la carne, después la masa, incluso los tomates y jitomates”, relata. Y aunque mantuvo los precios por varios meses llegó el momento de hacer ajustes: cada pieza de tamal 8 pesos, con bolillo nueve y los atoles a seis.

“Ya casi nadie me compraba”. Razón por la que decidió ajustar el tamaño de tamal y hacerlo más pequeño para reducir los precios, pero tampoco funcionó.

Ahora se dedica a cuidar a sus nietos y sólo hace tamales bajo pedido para no terminar perdiendo dinero o comiendo toda la semana los sobrantes.

Carlos Arellano es un taquero recocido en el Barrio Santa Bárbara en Iztapalapa, “el cuñado” como le dicen, decidió cerrar su puesto debido a que la carne de res además de cerdo está cada vez más cara y los “clientes no aguantan el aumento de precios”.

Para este emprendedor ha sido imposible continuar operaciones debido a que entre mordidas y costos en insumos, las ganancias que dejan los pocos clientes del puesto se van “como agua”.

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