Neurocirugía en la biblioteca

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Hoy estamos reducidos a vivir en una sociedad tan mal organizada que sólo se puede aullar impunemente en el asilo de locos. De esa manera nos está prohibido el único método que tenemos para desembarazarnos del horror que nos producen los demás y del horror de nosotros mismos. ¡Si por lo menos hubiera libros de consuelo!

Esta idea la encontré en una edición de Tusquets, en una antología de Emil Cioran confeccionada por su traductora al español, Esther Seligson. El título del libro es: Contra la historia. Pero digo “la idea” porque mi redacción del texto no es literal. Nunca he podido recuperar esa edición, tan querida, desde que le presté el libro a uno de mis mejores amigos, el inventor y neurocirujano Enrique De Font Reaulx: él sabe que tiene el libro, y no ignoro que jamás me lo devolverá. Esta nota es un segundo regalo: admiro a todo aquel que defiende los obsequios arbitrarios de la vida, y que no se deja intimidar por los chantajes de un ensayista. Por lo demás, llegué a tener el ejemplar en cuestión mediante mi robo cínico a la biblioteca de mi padre, hace veinticinco años. Hace un tiempo tuve en casa otro ejemplar del mismo libro. La gran poeta María Baranda me lo prestó gentilmente. Los psiquiatras forenses hablaban en el siglo XIX del impulso irresistible del crimen: yo logré resistir el impulso de robar ese ejemplar, y hoy se encuentra a salvo entre los libros de María.

El amor de los neurocirujanos por la literatura no debe subestimarse, así como la audacia de sus métodos para conseguir el preciado material de la lectura. Materialista al fin, porque trabaja diariamente con el tejido vivo y tangible más delicado de nuestra existencia, el neurocirujano ama la forma física y la experiencia sensorial del libro como objeto, porque esta consistencia accesible a la operación manual es lo que aproxima al libro y al cerebro, en cuanto objetivos de un abordaje neuroquirúrgico tradicional, a cielo abierto.

En el invierno del año 2004, cuando terminaba una fiesta de graduación celebrada en la azotea de mi edificio, la conversación derivó hacia el fetichismo de los médicos hacia la literatura y las artes (equivalente, en muchos aspectos, al fetichismo de muchos artistas y escritores dirigido a la ciencia), y mi amigo Iván, joven investigador clínico y neurocirujano, se quedó mirando mi biblioteca unos minutos. Lo llamábamos el tal Iván, para fastidiarlo porque eran los tiempos de la guerra de Estados Unidos contra el régimen talibán.

—Mira Jesús, tienes algunos libros muy interesantes, pero no sé cuál elegir —me dijo de pronto. Seguramente advirtió mi gesto de sorpresa—. De una vez te digo que yo siempre robo un libro de cada hogar que visito. Así que de una vez escoge un ejemplar, pero que sea muy bueno, porque no me gusta leer idioteces.

La convivencia de una década con mis colegas neurocirujanos me indicó que la altanería del talibán era una forma perturbada y sincera de halago. Iván fue mi alumno en la maestría en Ciencias Médicas; se trataba de su graduación. Había pocas salidas elegantes que conservaran el humor de la noche.

Tomé tres libros: Los reyes, de Julio Cortázar, en una edición de editorial Alfaguara, El apando, de José Revueltas, en una edición de Joaquín Mortiz, y León, el africano, de Amin Maalouf, en una edición de Alianza Editorial. Los dispuse en la mesa frente a sus ojos, como una baraja de cartas.
—Sólo te puedes llevar uno de los tres —le dije. El obsequio se convirtió en examen.

Los observó cuidadosamente, miró la portada, leyó la cuarta de forros, los hojeó un poco, y al concluir el proceso de inspección y toma de decisiones, se alzó con el ejemplar de Julio Cortázar en la mano y un gesto triunfal.
Adopté el semblante más severo que pude; enfaticé mi desaprobación con la mímica de los ojos cerrados, el rostro serio y el movimiento oscilatorio de la cabeza, de derecha a izquierda, lentamente, de izquierda a derecha.

—Equivocaste el diagnóstico —le reproché—. O tenemos conceptos diferentes de lo que significa un libro. La obra de teatro de Cortázar me encanta, pero puedes conseguirla en una librería de México, París, Argentina, España. Pero este ejemplar de El apando, de José Revueltas, es una primera edición del libro, y mira: se encuentra subrayado, tiene muchas notas rigurosamente ilegibles al margen, con la tinta negra de una pluma fuente. Es la tinta de mi padre, quien conoció a José Revueltas cuando ambos cumplían su condena en la cárcel de Lecumberri. Las notas al margen y todas las marcas son el proyecto del guión que escribió mi padre para la película que dirigió Felipe
Cazals en 1976. Este ejemplar no se puede encontrar en ninguna librería del mundo.

El talibán me miró a los ojos, decepcionado. Después sonrió al sujetar el robo de Cortázar entre las manos, satisfecho de una decisión leal a sus convicciones. Me quedé pensando en cómo los libros dejan de ser objetos genéricos para transformarse en objetos personales mediante la lectura; el diseño editorial, propuesto por los hacedores de libros, es completado por la operación quirúrgica del lector, mediante la coordinación entre la mano y el ojo realizada a lo largo de historias solitarias o transgeneracionales: desde la cárcel mexicana inaugurada con el siglo XX, hasta el taller individual de cada biblioteca. O como lo prefieren los lectores (cirujanos tradicionales del libro): durante la experiencia a cielo abierto.

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